Noel Ramírez Sánchez
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Estimado lector, como ya estamos en el mes de julio, le recuerdo la invitación para que el jueves 21, en Hispamer, a las 6:30 p.m. asista a la presentación de nuestro último libro, “Reflexiones para la alta dirección empresarial”.  Lo espero.

Cuando estudiaba leyes, lo más importante que aprendí fue la diferencia entre el ser y el deber ser, y que las cosas no siempre son como deben ser.  Cuando estudié economía lo más importante que aprendí fue que no hay nada más temeroso que un millón de dólares, hasta que un amigo me dijo que yo estaba equivocado, ya que dos millones eran dos veces más temerosos.  Y finalmente, cuando tomaba cursos de banca y finanzas con James Tobin, Martin Whitman y Martin Shubik, lo más importante que aprendí fue la diferencia entre la inversión y la especulación.  Pero le quiero confesar un pecado que cometí cuando estaba en mi tercer año en la universidad de Yale, ya que la escuela había invitado al profesor Charles Kindleberger, otra de las autoridades mundiales en esta materia, para que nos brindara una conferencia sobre su libro “Manias, panics, and crashes”, y aunque asistí a toda la conferencia, en aquel momento no tuve la capacidad de internalizar la gran lección que él nos estaba brindando sobre las famosas “burbujas especulativas”.

La especulación no es ilegal ni inmoral y usted está en todo su derecho de dedicar toda su vida a actividades especulativas, si así lo desea, pero el mayor error que puede cometer es creer que está invirtiendo, cuando en realidad está especulando. Según Ben Graham, una inversión es una operación que después de un análisis racional y detallado promete la seguridad de recuperar el principal invertido y un retorno adecuado.  Naturalmente que ninguna inversión es cien por ciento segura, pero según el mismo Graham, las operaciones que no cumplen con estos dos requisitos son especulativas. Por otro lado, recordemos que el rendimiento total de una inversión está compuesto por dos elementos, el valor presente del flujo de beneficios (normalmente dividendos) que recibimos a lo largo de la vida del proyecto y el valor presente del cambio en el precio del mismo.  

Sin embargo, mientras nuestra decisión esté basada principalmente en este último criterio y especialmente si el incremento en el precio no tiene sustento en el valor de la utilidades retenidas que se puedan agregar al capital original, la decisión, más que una inversión será una mera especulación; ya que en este caso en lugar de basarnos en el “valor intrínseco” del proyecto o del activo, nos estaríamos basando en la “sicología del mercado” y eso es especulación.  

Por ejemplo, si compro una casa simplemente porque el precio ha venido subiendo y creo que seguirá subiendo, no estoy invirtiendo, estoy especulando!  En cambio, si la compro porque he analizado los alquileres que puedo obtener y basándome en ellos he determinado que el precio que debo pagar es razonable, entonces yo estaré invirtiendo.

Posiblemente usted crea que la diferencia es muy sutil o innecesaria, pero cuando usted invierta estará en el camino correcto para crear riqueza para usted y para los suyos; en cambio, cuando usted especule, puede ser que ocasionalmente le vaya muy bien, pero eventualmente corre el riesgo de perderlo todo.   Además, si usted cree que está invirtiendo cuando realmente está especulando, usted estará subestimando el riesgo que está corriendo y por lo tanto, al utilizar una tasa de descuento menor que la debería estar utilizando, usted estará sobreestimando el valor presente de los beneficios que espera obtener.  En consecuencia, usted estará tomando una mala decisión, independientemente de los resultados que pueda obtener.

Como usted sabe, a lo largo de la historia se han presentado muchos episodios de “burbujas especulativas” que al final se desinflan de forma estrepitosa.  La última de estas burbujas fue la “burbuja inmobiliaria” de comienzos de este siglo.  Sin embargo, posiblemente la más conocida es la “burbuja de los tulipanes”, que se dio en Holanda en el siglo XVII, entre 1636, cuando un tulipán tenía un precio de 200 euros y en 1637, cuando el mismo tulipán llegó a tener un precio de 2,000 euros y hubo personas que entregaron sus casas y haciendas, solo para comprar un ramo de ellos con la esperanza que los venderían más caros a personas y familias que los deseaban por razones de estatus o para estar a la moda, hasta que llego el día en que la oferta fue mayor que la demanda y desapareció esa persona que estaba dispuesta comprarlos por un mayor precio.  

Por esa razón a mí me pone nervioso todo aquello que está de moda por razones de marca, estatus, escasez o simplemente por locura de la gente, la cual es la variable más difícil de medir, ya que como decía Isaac Newton, “soy capaz de calcular los movimientos de los astros, pero no la locura de la gente”.

Si le interesa este tema, le recomiendo leer “Irrational exuberance”, de Robert Shiller y “The clash of the cultures: investment vs speculation”, de John Bogle. Ya saben que los espero el 21, en Hispamer.

nramirezs50@hotmail.com

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