Germán Retana, profesor de liderazgo de INCAE Business School.
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Describir una organización con mística es complejo. Su fuerza es casi inexplicable. Las conductas y las relaciones de sus miembros se rigen por principios elevados que ellos comparten; hay algo especial, intangible y supremo que los distingue de los de otras empresas. Los unen el deseo y el compromiso de construir un legado de alto valor; ven mucho más allá del interés económico.

“Lo que hago aquí es importante, mis más preciados valores se ven reflejados en las acciones que impulsa mi empresa”, diría alguien con “mística” en su trabajo. Seguramente, esta persona observa que sus dirigentes son personas técnica y moralmente congruentes, capaces de articular lo que dicen con lo que hacen. Es imposible inspirar al equipo cuando la agenda de quienes lo dirigen está, esencialmente, en función de la consecución de sus propios intereses, los cuales, tristemente, son obtenidos con base en el trabajo -excesivo a veces- y en la salud mental de los colaboradores.

La autenticidad de las intenciones, en una organización con mística, ni siquiera es motivo de conversación, fluye genuinamente. Por el contrario, cuando no es así, el personal está a la defensiva, pues desagradar a quien manda es el camino hacia la puerta de salida. Si eso sucede, decrece la motivación, aumenta la tensión, los errores se vuelven frecuentes, y la cacería de culpables sustituye al que otrora fuera amor por los fines de la empresa. Los mal llamados líderes no inspiran, solo son obedecidos por temor a sus represalias.

En los equipos con mística hay algo más que pasión, es casi una locura por superar metas, agregar valor en el entorno y construir el para qué se existe: la misión. La cohesión interna se origina en principios alineados, en la transparencia, en el trato equitativo y en la ausencia de prevenciones: cómo y a quién hablarle. Hay tal éxtasis, al sentirse relevantes, que contagian incluso a los clientes. La admiración por líderes, compañeros y equipo se siente en el ambiente.

Las empresas con mística piensan constantemente en su causa, en la razón superior que aspiran a alcanzar; esa que propiciará una comunidad, un país o un mundo mejor. Sus discursos sobrepasan el ego de quienes las dirigen. Están tan concentradas en marcar la gran diferencia en su entorno que no tienen tiempo ni voluntad para juegos políticos internos. Su lenguaje es siempre proactivo, constructivo, sin juicios de valor, sin caer en la defensa de lo indefendible.

La sensación de plenitud, durante la jornada laboral; la conexión con los otros miembros y con los principios supremos crean una atmósfera de disfrute, de confianza en las buenas intenciones, y de capacidad para afrontar desafíos y superar metas. Esas buenas intenciones surgen cuando las decisiones de los de arriba son justas, responsables y están basadas en el más absoluto respeto a la dignidad de las personas; no en caprichos, resentimientos, ni en el interés de tener cerca solo a colaboradores obedientes, sumisos y no pensantes.

Otra condición vital para trabajar con mística es la realización integral. Los líderes “místicos” dan ejemplo de crecimiento -espiritual incluso- impulsan a otros a desarrollarlo, procuran que se empoderen y actúen como dueños de sí mismos y de la empresa. Por todo eso, al final del día, rumbo a casa, sus compañeros van pensando en lo mucho que desean hacer y lograr al día siguiente. Es entonces cuando se cumple la máxima de Confucio: “Encuentra un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar el resto de tu vida”.

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