Gustavo Beliz
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En 1976, cada chino ganaba 160 dólares al año en promedio. Cuarenta años después el ingreso anual es de 4,000 dólares: se multiplicó por 25. La pregunta para América Latina es inmediata: ¿cómo lo hicieron?

Otros datos impactantes del desarrollo de China: la migración del campo a las ciudades llevó a construir 100 ciudades con capacidad para albergar al menos a un millón de habitantes. En las últimas cuatro décadas, 600 millones de chinos salieron de la pobreza. En ese tiempo se crearon 1,000 nuevas universidades y la inversión en investigación y desarrollo pasó de 0.3% del PIB a más de 2%, y se espera que en 2020 supere al promedio de los países de la OCDE, casi cinco veces más que América Latina y el Caribe.

La edición 40 de la Revista Integración & Comercio, “Made in CHI-LAT. Claves para renovar la convergencia entre Latinoamérica y China”, toma al crecimiento exponencial chino como punto de partida, analiza en profundidad cuáles fueron las características del vínculo de la región con el gigante asiático en los últimos años y, lo más importante, se pregunta cómo crear una agenda regional que fomente la cooperación a la luz de las transformaciones globales.

La tarea es esencial para la integración. Tras sostener precios elevados de las materias primas y una política de inversión activa en la región, la economía china crece a menor velocidad, muestra mayor volatilidad financiera y traslada el foco de la producción al consumo.

CONSECUENCIAS

¿Cómo impactará esta metamorfosis del modelo económico chino en la región?

En la última década, China se convirtió en uno de los principales socios para América Latina: diecisiete países alcanzaron al menos US$1,000 millones de intercambio comercial bilateral. Sin embargo, más del 50% de las exportaciones se concentra en apenas cuatro productos: soya, hierro, cobre y petróleo crudo. También el grueso de las inversiones chinas en la región, que superan US$120,000 millones, se focalizan en infraestructura o transporte que complementa la actividad primaria. ¿Continuará la demanda de alimentos y recursos naturales?

El desafío es acelerar la transferencia de tecnología, agregar valor a las exportaciones y alcanzar la meta de US$500,000 millones de intercambio fijada para 2024. Solo cerrando la brecha tecnológica podremos superar la etapa del mero intercambio de bienes primarios por productos industriales y apuntalar la diversificación exportadora.

La tarea tiene también un correlato en materia de inclusión social: incrementar la complejidad de la estructura productiva y exportadora es la mejor vía para reducir la pobreza.

AGENDA COMÚN 

Una agenda común, como el Plan 1+3+6: 1 plan, 3 motores (comercio, inversión, cooperación financiera), 6 sectores (energía, infraestructura, agricultura, industria, TIC, innovación), la cooperación financiera (como el Fondo Chino de Cofinanciamiento del BID de US$2,000 millones), o proyectos de infraestructura compartidos como el Corredor Ferroviario Bioceánico Paranaguá-Antofagasta, son solo algunas muestras de avances recientes.

Iniciativas como el diálogo Mercosur-China, desde donde incluso se realizaron propuestas para profundizar la relación comercial, van en este sentido. Los nuevos acuerdos comerciales están dejando atrás viejos dogmas y permitiendo negociaciones hechas a medida, con mayor flexibilidad y amplitud de temas, como lo muestra el reciente acuerdo de China con Australia. Un enfoque regional permitiría consensuar intereses y equilibrar la disparidad en el poder de negociación.

Las sinergias se multiplican y el beneficio mutuo es mayor cuando se trabaja para un desarrollo que tenga a la innovación y a la diversificación como verdaderos protagonistas.

*Esta columna fue originalmente publicada en el blog “Más allá de las fronteras”, del Banco Interamericano de Desarrollo BID.

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