Germán Retana
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Cuanto más superficiales sean los vínculos de los miembros de una empresa, tanto más serán sus  problemas, tensiones y decepciones. En cambio, si el ligamen es profundo, ata sus conciencias, expectativas y valores; además, los desafíos no son asuntos internos sino otros relacionados con el entorno y la estrategia.

Hay organizaciones que solo aparentan serlo, para proteger su imagen externa;  por dentro  están plagadas de juegos de poder, carcomidas por intereses personales en conflicto con la misión que fuera anunciada con bombos y platillos,  han adoptado una cultura de miedo a la discrepancia con quienes detentan el monopolio de la “verdad”. Consecuentemente,  su sentido de cohesión es frágil. La razón para permanecer en ellas es meramente utilitaria, cada cual rescata a su favor lo que le interesa;  los que  controlan recursos manipulan a quienes los necesitan.

Estas empresas pueden llamarse “transaccionales“, su desempeño depende, precisamente, de un mercado interno -disfrazado a veces­­- de bienes, beneficios, privilegios o protecciones entre sus miembros. Nadie parece preocuparse por el cumplimiento de la misión,  la visión o  los valores, eso es me­­ro romanticismo. Allí, como dice el refrán,  “Primero son mis dientes que mis parientes”.

El egoísmo de unos pocos diluye el sentido de pertenencia de muchos. La pereza, el desánimo y el alejamiento se impregnan en quienes ya no se sienten inspirados al reparar en que la naturaleza de la empresa cambia de manera demagógica. Cuando solo se persigue el interés personal en la organización, se pierde paulatinamente el interés en ella. El obtener le gana el pulso al lograr, el egoísmo es su socio.

En cambio, en las organizaciones verdaderas, los grandes propósitos, los principios más altruistas y los valores ligan a sus miembros en un modo leal, proactivo y productivo. La pasión por la razón de ser de la empresa está por encima de las diferencias personales. Es tan elevado el vuelo de la conciencia de sus miembros  que minimizan las diferencias de criterio por dinero, banalidades o cuotas de poder. Compartir el éxito, ser justos al otorgar oportunidades y beneficios, así como quemar las dobles agendas caracteriza a las empresas con alto sentido de pertenencia, del cual se enorgullecen a sus miembros.

En las organizaciones auténticas se trabaja por convicción, la excelencia se imprime en cada detalle; en las otras prevalecen convenientemente la obediencia y la hipocresía. “El egoísmo verdaderamente inteligente consiste en procurar que los demás estén bien, para que de este modo, uno esté algo mejor”, afirma Óscar Wilde.

En las empresas con cultura “transaccional” ese egoísmo es la razón principal de sus crisis. En las “intencionales” la sostenibilidad y el éxito a largo plazo derivan de la lealtad a sus más elevados principios. Claro que hay intereses individuales, pero supeditados  a los colectivos.

¿Cómo describe usted la cultura de su organización?

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