Noel Ramírez Sánchez / Doctor en Derecho y Economía
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Estimado lector, como ya lo hemos mencionado, el precio más importante de la economía nacional, no es el precio del “gallo pinto”, el precio de la tortilla o el precio del petróleo, es el precio de la moneda extranjera en relación a la moneda local, es decir, la tasa de cambio.
Cuando Corea del Sur, que es una economía pequeña y abierta, dependía básicamente de la ayuda de los Estados Unidos, su estrategia de crecimiento económico era proteger la producción nacional frente a la competencia internacional, independientemente de lo ineficiente que fuera la producción nacional o de las distorsiones de precio que existieran a nivel local y ello era posible debido a la ayuda masiva que recibía de norteamérica.  Noel Ramírez.

En consecuencia, sus políticas económicas estaban caracterizadas por altos aranceles a las importaciones de todo tipo y una tasa de cambio “sobrevaluada”, es decir, por una tasa de cambio que abarataba artificialmente las importaciones, pero que encarecía las exportaciones en el mercado internacional.  Por eso, en esa época, Corea del Sur no era una economía desarrollada ni era una potencia exportadora, ni era uno de los “tigres asiáticos” y la inversión extranjera directa era prácticamente inexistente, ya que lo único que ofrecía a los inversionistas era un mercado local protegido, pero sumamente limitado.

Sin embargo, cuando Estados Unidos les anuncio que la ayuda externa desaparecería, la situación cambió radicalmente, ya que se dieron cuenta que no podrían mantener el statu quo y si querían crecer, incluso a tasa mayores, necesitaban cambiar las “reglas del juego”, ya que la inversión privada y el crecimiento económico no se promueven con simples declaraciones de solidaridad y patriotismo, por muy sentidos que estos sean o por el simple hecho de declarar que debemos crecer más.  

Pero ahora, para crecer Corea del Sur necesitaba sustituir la ayuda norteamericana con inversión privada nacional, la cual era limitada y especialmente con inversión extranjera directa, pero no bastaba con ofrecerles a los inversionistas un mercado doméstico muy reducido, por protegido que este fuese.

En consecuencia, la inversión privada nacional o extranjera llegaría masivamente a Corea del Sur si era segura y era rentable.  Y para ser rentable a la escala que Corea la necesitaba para sustituir la ayuda externa, esta inversión tenía que ser rentable no solo a nivel del mercado local, sino que tenía que ser rentable a nivel del mercado internacional, que en ese momento era prácticamente ilimitado.

Para conseguir este objetivo, el gobierno de Corea del Sur mantuvo la estabilidad monetaria, promovió las tasas de interés reales positivas, es decir, tasas nominales mayores que las tasas “esperadas” de inflación y así promover el ahorro nacional y el uso eficiente de los recursos; pero fundamentalmente, redujo los aranceles proteccionistas y estableció una política cambiaria que garantizara una “tasa de cambio real competitiva”, donde el ajuste cambiario compensara la diferencia entre la inflación de Corea del Sur y la de sus socios en el mercado internacional. 

Además, promovió la inversión en educación e infraestructura para abaratar los costos de producción y para que la competitividad internacional de la producción nacional no dependiera solamente de la política arancelaria y cambiaria, pues se podía poner en peligro la viabilidad política de las reformas económicas.

Naturalmente que esto no fue todo lo que hizo Corea del Sur para pasar de ser una economía subdesarrollada a ser una de las economías más fuertes de la economía mundial.  También se produjo una excelente relación entre el gobierno y el sector privado, pero este es un tema para ser analizado en otra oportunidad.

Lo que es tema de estas reflexiones es el hecho que Corea del Sur para realizar su enorme transformación y convertirse en una gran economía exportadora, no renunció a su política cambiaria, no se dolarizó, pero tampoco dependió únicamente de su política cambiaria para alcanzar su objetivo, ya que ello hubiese transformado a la política cambiaria en un objetivo de política nacional y eso nunca ha sido conveniente ni económica ni políticamente. Cuando uno renuncia a un instrumento de política económica, la dependencia en los restantes instrumentos se vuelve excesiva y políticamente peligrosa.

Por lo tanto, a nuestro juicio, no es conveniente renunciar a la política cambiaria y la dolarización no es la panacea que algunos creen que es, especialmente si la economía nacional no es una economía de servicios y sus exportaciones son fundamentalmente bienes y especialmente materias primas.  

Afortunadamente, en la actualidad la gran mayoría de las economías van en esta dirección y si requieren de ajustes, estos son realmente “ajustes” en la misma dirección. 

nramirezs50@hotmail.com

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