Noel Ramírez Sánchez
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Estimado lector, como usted sabe, el objetivo fundamental de las finanzas corporativas es saber cómo crear valor para la empresa y especialmente para los accionistas y uno de los temas más apasionantes vinculados a este objetivo es la determinación de la tasa de descuento, que debemos utilizar para traer a valor presente el flujo de beneficios futuros que determinarán el valor de nuestra inversión, valor, que luego compararemos con su precio de mercado y así decidiremos si debemos comprar, vender o conservar el activo productivo que estamos evaluando.Noel Ramírez.

Recordemos que para crear valor, necesitamos que el valor presente del flujo de beneficios futuros sea mayor que el costo de nuestra inversión, lo cual significa que el rendimiento de la misma sea mayor que el costo del capital invertido, ya sea como empresa (deuda más capital accionario) o como socios inversionistas (capital accionario).  Como usted sabe, si el rendimiento de la inversión o su tasa interna de retorno, es igual al costo del capital invertido, o su tasa de descuento, no estamos creando valor y si es menor, más bien lo estamos destruyendo.

¿Pero cómo determinamos nuestro costo de capital o tasa de descuento?

La forma más común de hacerlo es utilizando el concepto del costo de oportunidad de forma simplista, que nos lleva subestimarlo, ya que subestimamos el riesgo que conlleva la nueva inversión que estamos considerando.  Por ejemplo, si poseemos un certificado de depósito que nos genera un 5 por ciento de interés anual y la nueva inversión tiene una tasa interna de retorno, es decir rendimiento, superior al 5 por ciento, podríamos concluir que vale la pena cancelar el certificado y realizar la nueva inversión.  En este caso estaríamos cometiendo un error, ya que estaríamos suponiendo que la nueva inversión tiene el mismo nivel de riesgo que el certificado de depósito, lo cual no es necesariamente cierto.

Para superar este problema debemos recurrir a calcular el costo promedio ponderando del capital a ser invertido y que está compuesto de la deuda que devenga intereses, cuyo costo es la tasa de interés que pagamos al banco menos el escudo fiscal, ya que los intereses son deducibles como un costo al determinar el ingreso gravable, y el costo del capital accionario, del cual hablaremos a continuación.  Pero antes veamos un ejemplo: si la inversión será financiada en un 50 por ciento por deuda y un 50 por ciento por capital accionario y el costo de la deuda después del escudo fiscal es del 10 por ciento y el costo del capital accionario, o sea la tasa de rendimiento que exige el inversionista por realizar dicha inversión, es del 20 por ciento, entonces el costo del capital invertido (deuda más recursos propios), o sea la tasa de descuento que debemos utilizar para valorar la inversión en la empresa como un todo y no solo la participación del capital accionario, sería una tasa del 15 por ciento.  

Pero no debemos olvidar un pequeño gran detalle y es que en este caso el flujo neto de beneficios que traeremos a valor presente debemos calcularlo antes del pago de los intereses que es la retribución a la deuda invertida y que es parte del capital invertido.

¿Y como calculamos el costo del capital accionario, es decir, la tasa de rendimiento que el inversionista exige para realizar la inversión?  ¿Cómo calculamos ese 20 por ciento?

La teoría financiera y las escuelas de negocios de las universidades más famosas del mundo nos ofrecen el llamado “modelo de precios de bienes de capital”, conocido por sus siglas en inglés como “capm”.  Según este modelo, el costo del capital accionario o de los fondos propios, es igual al rendimiento de una inversión libre de riesgo más el premio que demanda el inversionista por el riesgo que está asumiendo por realizar esa inversión y el cual no puede eliminar por medio de la diversificación de su cartera de inversiones y que por lo tanto le llaman riesgo sistémico.  

Este concepto fue desarrollado por el profesor William Sharpe,  Premio Nobel de Economía y si usted desea profundizar en este tema le recomiendo leer cualquier libro de finanzas corporativas, donde con toda seguridad se aborda este tema con más detalle.  

Pero en todo caso, lo que esto significa es que si usted considera que el rendimiento de una inversión libre de riesgo, por ejemplo un bono de largo plazo del gobierno de los Estados Unidos, es el 5 por ciento y que el premio que usted demanda por realizar la inversión es del 15 por ciento, entonces el rendimiento que usted demandara por invertir sus propios recursos será el 20 por ciento.

Hasta aquí todo es muy sencillo y la mayoría estamos familiarizados con este tema.  Sin embargo, mi objetivo es forzarlo, cuando vaya a realizar una inversión o a valorar un activo productivo, a pensar en los factores que le ayudaran a determinar el premio que debe demandar para realizar la inversión.  Ese premio dependerá del país y la industria en la que va invertir, de los socios y la dirección superior y de su propia posición en el sentido de que si será un accionista mayoritario o simplemente uno minoritario y sin mayor control.  

Pero al final, lo importante es tener presente que a mayor riesgo mayor premio.  Sin embargo, si el riesgo ya lo ha incorporado en el flujo de beneficios, reduciéndolo proporcionalmente, ya no tiene que afectar el premio que usted exige en su tasa de rendimiento, ya que lo estaría computando dos veces.  

Además, para reducir el riesgo nunca olvide el principio del “margen de seguridad” creado por Ben Graham y utilizado por Warren Buffet.  Cuando necesite discutir estos temas lleve consigo este artículo publicado por El Nuevo Diario y no se olvide pasar por Hispamer y adquirir un ejemplar de “Reflexiones para la Alta Dirección empresarial”. 

nramirezs50@hotmail.com 

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