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La forma en que el sector agrícola se ajusta al cambio climático ha inquietado a economistas por mucho tiempo, y es de suma importancia para las políticas públicas, especialmente en países como Nicaragua, que es eminentemente agropecuario.

Como el cambio climático se refiere al cambio en las condiciones promedio del tiempo o en la variación temporal meteorológica de las condiciones promedio, el gran reto es anticipar cómo los agricultores responden a este tipo de fenómenos en el largo plazo. Las indagaciones más recientes comparan cómo responde en el tiempo una región agrícola particular, bajo condiciones variables de temperatura y precipitaciones pluviales.

Para hacer esto es necesario corregir por otros factores que no cambian en el tiempo, pero que pudieran estar correlacionados con el clima promedio. Por ejemplo, si en respuesta a una sequía prolongada, al inicio de esta los agricultores responden instalando sistemas de riesgo que utilicen mantos acuíferos, entonces el impacto del cambio climático a largo plazo sería subestimado, porque los reservorios de agua se agotarían. Lo contrario ocurre cuando los agricultores se pueden ajustar en el largo plazo con métodos que no están disponibles de forma inmediata.

En un interesante trabajo, dos científicos de las Universidades Stanford y Tufts, Marshall Burke y Kyle Emerick*, estiman el impacto del cambio climático sobre la productividad agrícola con datos de los Estados Unidos. Utilizando variaciones en los cambios de temperaturas y en las precipitaciones por más de 20 años, Burke y Emerick cuantifican si los ajustes en la productividad agrícola en el largo plazo exceden el ajuste en el corto plazo. Su modelo también les permite estimar la respuesta de los agricultores a cambios prolongados en el clima, hacer proyecciones sobre el impacto de cambios climáticos futuros en la productividad y revisar si el impacto en la agricultura, de cambios súbitos del clima, es de hecho mitigado en el largo plazo.

Los resultados del estudio indican que cultivos como soya y maíz, son afectados sustancialmente por cambios sostenidos del clima. Un solo día con un grado centígrado por encima de la temperatura óptima, reduce el rendimiento agrícola en 0.5%. Con estas estimaciones, señalan, los rendimientos en maíz podrían llegar a ser en promedio 15% menores en el 2050. Durante la sequía de 2013 en el Centro Oeste de Estados Unidos, en que los rendimientos de maíz se redujeron en un porcentaje cercano al 15%, resultó en una pérdida de productividad de entre 15% y 25%, lo cual resalta las graves consecuencias de una situación como esa.

Lo que más llama la atención es que dicho efecto, es neto de cualquier adaptación que hayan hecho los agricultores durante esos 20 años. Pareciera que los cambios hechos por los agricultores de maíz durante ese tiempo, no balancean el impacto del cambio climático. El aumento de las temperaturas ha afectado los rendimientos de estos agricultores, sin que, para contrarrestarlo, tomasen acciones que hayan alterado de forma significativa esos cultivos.

Los autores explican que lo anterior podría deberse a que no hay muchos mecanismos al alcance de los agricultores, que les permitan ajustarse; aunque también podría ser, y esto nos parece más razonable, que los agricultores no reconocen, que el clima está cambiando de forma permanente y que necesitan hacer cambios en sus prácticas agrícolas de forma inmediata.

Aunque los autores no encuentran evidencia de que la respuesta de los agricultores dependa de variables regionales específicas, nos parece razonable pensar, y hay evidencia sustancial, que la capacidad de reconocer cambios en el clima varía de una región a otra, y depende de variables como aumentos prolongados de temperaturas en el pasado, volatilidad en la temperatura promedio o el nivel de educación de los agricultores.

Con base en lo anterior, es claro que hay espacio para que a través de las políticas públicas, en conjunto con la iniciativa privada, se adopten acciones que puedan atenuar el efecto del cambio climático sobre los rendimientos agrícolas, tales como: Incentivar la adopción de sistemas de riego eficientes, buscar soluciones que reduzcan el costo de energía para regar, utilizar transgénicos que aumenten la productividad de los cultivos, crear y fortalecer programas de asistencia técnica para mejorar los rendimientos agrícolas y utilizar adecuadamente los sistemas de riego, crear reservorios de agua e infiltrar aguas a los mantos acuíferos.

*El autor es economista.

*Burke, Marshall and Kyle Emerick. 2016. “Adaptation to Climate Change: Evidence from US Agriculture”. American Economic Journal: Economic Policy 8 (3): 106-140.

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