Noel Ramírez Sánchez
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El “mal holandés” no es un virus mortal, pero cuando se presenta te puede hacer mucho daño. “El mal holandés” consiste en sufrir las consecuencias de una moneda “sobrevaluada”, es decir, cara en relación con el precio de la divisa o moneda extranjera, pero de una forma crónica y el malestar desaparece cuando desaparecen las causas y casi siempre con una crisis económica que nos lleva a una crisis cambiaria.

La causa fundamental de “el mal holandés” es una entrada masiva de divisas por un período relativamente prolongado.  Esta entrada masiva de divisas puede deberse a varias razones.  La causa más común ha sido la existencia de petróleo, especialmente en países que son altamente dependientes de su exportación.  Precisamente, por esta razón, en 1988 el Banco Mundial publicó el libro “Oil windfalls: Blessings or curse?”; preguntándose que si el tener petróleo era una bendición o una maldición.  Sin embargo, esta no es la única causa.

Otra causa, posiblemente menos estructural y por lo tanto más coyuntural, ha sido los movimientos de capital, especialmente los llamados capitales “golondrinas”, porque llegan atraídos por tasas de interés excesivamente elevadas y se van cuando consideran que la situación es insostenible, que la crisis cambiaria es inminente y que las altas tasas de interés que los lograron atraer, pronto desaparecerán.  A los que les interese profundizar en estos temas les recomiendo el libro de Rudiger Dornbusch, “Exchange rates and inflation”, y la obra del chileno Sebastián Edwards, “Real exchange rates, devaluation, and adjustment”, quien nos visitó en una oportunidad cuando estuvimos al frente del Banco Central y quien siempre ha tendido un enfoque práctico y sencillo, que hasta nosotros hemos podido comprender.

Las dos causas mencionadas son las más conocidas y sus consecuencias han sido las más estudiadas. Sin embargo, a nuestro juicio, existen otras situaciones que también nos pueden llevar a experimentar las mismas consecuencias. Por ejemplo, una entrada masiva de remesas, la realización de proyectos “faraónicos”, que fuesen financiados en su totalidad con recursos externos, e incluso la dolarización de la economía nacional.

¿Y cuáles son las consecuencias de “el mal holandés”?

Primero:  la entrada masiva de divisas que al ser “monetizadas”, es decir, cambiadas por moneda local, provocará un enorme crecimiento en la liquidez, o sea, en la cantidad de dinero en circulación.  Naturalmente que también provocarán un enorme incremento en las reservas internacionales.  

Segundo: este enorme crecimiento en el dinero en circulación provocará un enorme crecimiento en la demanda interna, mejorando la capacidad de compra en general. ¡Hasta aquí, todo va muy bien!

Tercero:  este enorme crecimiento en la demanda interna se dividirá en un crecimiento en la demanda por bienes y servicios “transables”, es decir, que se pueden importar o exportar, y por bienes y servicios “no transables”, o sea, que al menos por ahora, no se pueden importar, por ejemplo, la propiedad inmueble y la gran mayoría de los servicios.  El turismo es un caso interesante, ya que lo podemos exportar, pero en el corto plazo no lo podemos importar.

Cuarto: el crecimiento en la demanda por los bienes importados se podrá satisfacer con más importaciones, sin afectar mucho el precio de las mismas y las importaciones se financiarán con parte de las reservas internacionales que el banco central ha acumulado al “monetizar” las divisas que masivamente entraron al país.

Quinto:  sin embargo, el crecimiento en la demanda por los bienes y servicios “no transables”, es decir, que no se pueden importar, se podrá satisfacer con un incremento en la oferta de algunos servicios y algún incremento en la construcción, pero el principal efecto se sentirá en el nivel de precios internos de este sector de los bienes “no transables”. 

Sexto: como consecuencia de la existencia de los bienes y servicios “no transables” y a pesar que tengamos un enorme nivel de reservas internacionales, la inflación promedio empezará a subir, cuando la tasa de cambio, o el precio de la divisa, se mantiene estable o incluso baja debido al enorme ingreso de moneda extranjera.

Séptimo:  esta sobrevaluación de la moneda local o abaratamiento de la divisa empieza a reducir la rentabilidad del sector exportador, con la excepción de aquellos productos a los que le podamos aumentar el precio en el mercado internacional —antes era el petróleo—; pero también empieza a aumentar la rentabilidad del sector de la construcción, los bienes inmuebles, el comercio importador y los servicios en general.  En el caso del turismo, el turismo extranjero se reducirá pero el turismo interno podría crecer, aunque no creo que eso sea una gran noticia para ese sector.  ¿Y qué pasa con el sector bancario? En el corto plazo tendrá un crecimiento excelente, pero debe estar “ojo al cristo”, ya que los rendimientos relativos de sus carteras de préstamos están sufriendo un cambio muy profundo y si no se da cuenta, puede terminar con serios problemas de cartera en los sectores exportadores tradicionales.

Octavo:   sin embargo, de continuar esta situación, el déficit comercial de la balanza de pagos, que ya había venido creciendo debido al enorme crecimiento en las importaciones y era financiado por la entrada de capital “golondrina”, crecerá más, ahora debido a la caída en las exportaciones.

Noveno: ante esta situación, los ahorrantes se pondrán nerviosos ante la posibilidad de una devaluación y se irán, acelerando dicha devaluación, que revertirá nuevamente las rentabilidades relativas de los distintos sectores que componen la economía nacional, provocando una crisis en el sector de los bienes “no transables”.  No se olvide de pasar por Hispamer.  nramirezs50@hotmail.com

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