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Por el año 1989, una monja llamada María Alicia McCave y Patricia Padilla participaban de un proceso de crédito en especie que la Universidad Campesina, en alianza con la UNAG de la IV Región y la Universidad Centroamericana, daba a las mujeres de varias comunidades del sureste de Masaya y que consistía en ofrecerles a ellas lotes de aves de corral y cerdos para que los reprodujeran.

Sin embargo, cuenta Padilla, presidenta de la Asociación para el Desarrollo Integral de la Mujer (Adim), a estas mujeres no les interesó este proyecto porque su primera fuente de ingreso era el comercio. “Este crédito en especie era para que ellas hicieran algún tipo de ahorro, pero en una consulta todas solicitaron pequeños créditos”, relata. Fue así que nace la primera microfinanciera del país, la que abrió paso para que otras organizaciones se formalizaran y constituyeran en microfinancieras y financieras asociadas a Asomif.

“El antecedente es que el crédito popular no era una oferta en la que ellas tenían acceso porque para estas mujeres es  y sigue siendo de alguna manera los créditos familiares, los productos en consignación y los prestamistas de usura.  Ese era su acceso y es cuando nos dicen “háganos un préstamo”, lo que fue el embrión de las microfinanzas”, apunta.

CLIENTES

Hoy en día, Adim cuenta con 7,000 clientes, de los cuales el 90% son mujeres y el 88% de la cartera está en manos de ellas. “En la organización que presido trabajamos el crédito grupal en fianza solidaria y también hacemos créditos individuales”, asevera Padilla, quien ha fungido dos veces como vicepresidenta de la Asociación de Microfinancieras de Nicaragua (Asomif).

Aunque advierte que al inicio no tenían un enfoque de género como tal. “Nosotros nos fuimos enfocando en mujeres porque la realidad nos llevó a ellas, es más, ni enfoque de género teníamos pero lo fuimos introduciendo al ver que trabajábamos con ellas”, cuenta entre risas. “Pero trabajar con ellas ha sido una excelente opción”, sostiene.

“En Adim tenemos dos créditos interesantes con enfoque de género y uno de ellos es Crédito mujer tengo derecho, que es un crédito de consumo para que ellas adquieran cualquier cosa para uso propio, como financiarse algún curso de capacitación o alguna formación educativa que quieran tener, algún tratamiento preventivo o curativo, lo que ellas decidan”, refiere. Y este crédito va acompañado con otro para su negocio. “El otro es especial porque es para que se los echen encima”, apunta.

El otro crédito es el de vivienda, que se diseña por módulos con estudiantes egresados de Arquitectura. “Se lo ofrecemos a mujeres que tienen su propiedad y que quieran construir su casa por módulos, es decir, a la casa le van ampliando los módulos que deseen como hacer la cocina, un cuarto extra, otro baño, así funciona este crédito”, sostiene Padilla.

Asimismo, refiere que la organización que preside en algún momento desarrolló un programa educativo con mujeres trabajadoras sexuales. “Adim tuvo una alianza con Tesis y con ICCO, organismo de cooperación holandesa que atiende a las trabajadoras sexuales, en donde 30 trabajadoras sexuales recibieron estos programas educativos como desarrollo empresarial y el tema de desarrollo humano”, asegura Padilla, quien cuenta que de estas 30, varias lograron capitalizar su trabajo e hicieron sus propios negocios que les ayudó a mejorar su situación de vida.

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