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A medida que crece el comercio mundial de alimentos, más se van estrechando algunos “cuellos de botella” por los que pasa una gran cantidad de productos básicos expuestos a  desastres, conflictos y otras restricciones.

Cada año se transporta suficiente maíz, trigo, arroz y soya como para alimentar a unos 2,800 millones de personas y solo los tres primeros cultivos cubren el 60% de las calorías consumidas a nivel global, mientras que la soya es la principal fuente de piensos para animales.

La dependencia en esos pocos productos tiene sus riesgos, asegura a Efe el director de Energía, Medioambiente y Recursos del centro británico Chatham House, Rob Bailey, autor de un estudio que sostiene que el mayor intercambio de esos alimentos a nivel global está aumentando la presión sobre un reducido número de conexiones.

Embudos identificados

Los puntos más importantes en las rutas del transporte de  alimentos que se señalan están en Estados Unidos, Brasil y el mar Negro, con déficit de infraestructuras a pesar de exportar más de la mitad de todas las ventas al exterior de los susodichos cultivos.

Entre los 14 “embudos” identificados, hay corredores marítimos como el canal de Panamá o el estrecho de Malaca, que unen los mercados asiáticos y occidentales; así como infraestructuras en la costa y el interior de las principales regiones exportadoras que dan salida a sus productos.

La interrupción de alguna de esas rutas reduciría el suministro y  haría subir los precios, pudiendo crear crisis capaces de trascender el ámbito comercial, según el informe.

Un escenario nada inverosímil cuando esos puntos están cada vez más expuestos a los desastres naturales —acentuados por el cambio climático—, los conflictos, la inestabilidad y las restricciones como las que pueden imponer las autoridades con el control o la prohibición de exportaciones.

La elevada dependencia de las importaciones de alimentos en los Países del Golfo (entre un 80 y 90% de los que consumen) y algunas partes del norte de África coloca a Oriente Medio como la región más vulnerable, afirma Bailey.
El auge de su población y las dificultades para cultivar por falta de agua no ayudan a mejorar la seguridad alimentaria de una zona que, además, está rodeada por pasos particularmente delicados como el canal de Suez, los estrechos de Ormuz y Bab al Mandeb alrededor de la península arábiga, y los de Turquía, que tanto trigo transportan procedente del mar Negro.

“Los Países del Golfo son muy conscientes del problema”, comenta el experto, en un momento en el que Catar y el Yemen sufren, por distintos motivos, el bloqueo de Arabia Saudí y otros países árabes aliados.

Soluciones

Las rutas alternativas que se están abriendo en el Ártico, la selva amazónica o el interior de Asia tampoco parece que vayan a solucionar la congestión a nivel global y preocupan desde el punto de vista ambiental.

 En su opinión, se trata de construir infraestructuras que sean “resilientes a los impactos bastante pronunciados y extremos del clima en los próximos 50 años”.

La economista de la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Ekaterina Krivonos, agrega que el cambio climático está afectando a la producción agrícola en muchos lugares y es de esperar que, con las variaciones en los rendimientos de los cultivos, también se alteren los patrones del comercio.

 Analizar mejor los riesgos e invertir más en infraestructuras puede hacer más fluido el transporte de alimentos, al igual que garantizar el comercio sin barreras y diversificar tanto la producción doméstica como las fuentes de importación en los casos en los que el mercado esté concentrado en unos pocos exportadores, dice Krivonos.

Ambos especialistas coinciden en indicar la necesidad de asegurar el suministro mediante reservas estratégicas suficientes para hacer frente a emergencias.

Bailey recuerda la crisis del petróleo de 1973, que llevó a los países de la Agencia Internacional de la Energía a coordinarse y contar en general con reservas equivalentes a al menos 90 días de importaciones de crudo, algo que podrían imitar los mercados agrícolas.

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