5 de junio de 2011 | 00:00:00


Hace 130 años

Dramático entorno de la expulsión de los Jesuitas


* La división política religiosa de las clases dominantes en Nicaragua y Centroamérica
* La expulsión se da en pleno gobierno de los 30 años conservadores
* La rebelión indígena de Matagalpa y un motín en León fueron los detonantes del histórico suceso

Jorge Eduardo Arellano | Especiales

Dramático entorno de la expulsión  de los Jesuitas
PRESIDENTE JOAQUIN ZAVALA
Presidente Joaquín Zavala, quien expulsó a los jesuitas en 1881.


comentar




Noticias eMail

Reciba gratis el informe de las principales noticias en su correo electrónico

Presbítero Pedro Sáenz Llaría, quien se enfrentó a los jesuitas.

El 15 de septiembre de 1871, durante la administración del presidente Vicente Quadra, desembarcaron en el puerto de Corinto 68 jesuitas desterrados de Guatemala (y rechazados en El Salvador) por orden del gobierno liberal de Miguel García Granados, a quien presionaba Justo Rufino Barrios. En su mayoría, eran españoles, irlandeses y sudamericanos; pero venían tres italianos: Francisco María Crispolti, Felipe Cardella y Domingo Tortolini. Ellos se destacaron en la evangelización del país y en la lucha contra el liberalismo anticlerical que dominaba la política de Centroamérica y la de Nicaragua desde la promulgación de la constitución federal de 1824.

Regía la diócesis de Nicaragua, a partir de 1866, el ilustrísimo doctor Manuel Ulloa y Calvo, quien les había cedido su palacio episcopal para alojarlos. Sin embargo, comenzó a plantearse un problema destinado a repercutir hondamente entre las relaciones de los hijos de San Ignacio y la opinión pública nicaragüense: la posibilidad y legalidades de la participación de los padres en la enseñanza del país.

El concordato privó a Nicaragua de la enseñanza jesuita
En 1862, durante la administración del presidente Tomás Martínez, se había celebrado un concordato entre la Santa Sede y la república de Nicaragua, el cual otorgaba a los obispos la facultad de establecer órdenes o congregaciones religiosas en el territorio de la república; mas, por otro lado, dejaba sentado que para tal efecto deberían ponerse de acuerdo con el gobierno, lo que en última instancia equivalía a que la última palabra la tendría el soberano congreso.

Tres semanas después de su arribo a Corinto, en boca del mismo presidente Quadra, el gobierno les reconocía su carácter de asilados y aclaraba al obispo Ulloa y Calvo que no podían permanecer constituyendo centro con reglas e instituto por dos razones: porque la ley del 8 de enero de 1830 había suprimido en Nicaragua las órdenes religiosas y porque había un gran sector de ciudadanos —encabezados por librepensadores y masones— que verían con desagrado su establecimiento definitivo. De esta forma, también Quadra evitaba el recelo con que verían los gobiernos de Centroamérica —todos liberales— al suyo.

El hecho fue que doce prominentes leoneses fracasaron en su intento de obtener para los jesuitas la educación de la juventud. Quadra, como padre de familia y ciudadano, estaba interesado como nadie; pero —argumentaba— como gobernante no podía acceder a la petición; además, el gobierno carecía de recursos para contribuir al sostenimiento del colegio. Y era verdad.

Hostilidad de los liberales o heterodoxos
Ideológicamente, los ciudadanos del país estaban divididos entre católicos y liberales o, como se les llamaba entonces, ultramontanos y heterodoxos. Los últimos iniciaron pronto sus actividades antijesuíticas. Fabio Carnevalini (1829-1896), un garibaldino para quien los jesuitas fueron su obsesión, sería su principal enemigo. Artículos virulentos y folletos polémicas circularon profusamente: unos atacándolos (los más) y otros defendiéndolos (los menos). Los últimos eran partidarios del jesuita francés Enrique Lamiere, quien postulaba “la restauración de la soberanía social de Jesucristo”. Por lo demás, la Iglesia se hallaba en crisis a causa de lo que Lamiere llamaba “la revolución anticristiana”. Esta incluía la huída de Pío IX a Gaeta en 1848 y la pérdida de los estados pontificios en 1870. Asimismo, Pío IX había impuesto el Syllabus (o inventario de libros prohibidos), publicado en León. Imprenta del Istmo, 1874. Tal era el contexto de la polémica desatada contra los jesuitas (tenazmente respondida por ellos) con motivo de su presencia en Nicaragua.

Los jesuitas concentraron su labor en misiones por casi toda la zona del Pacífico y el centro del país. En León organizaron el Apostolado de la Oración y editaron una revista: El Mensajero del Corazón de Jesús. Los padres Cardella y Crispolti, incluso, evangelizaron a los empleados gubernamentales y se enfrentaron en Granada, donde residían, al presbítero español Pedro Sáenz Llaría, cura liberal que dirigía el colegio de la ciudad y predicaba una especie de “libero-catolicismo”. Por luchar contra esta prédica, Cardella fue víctima de una conspiración y llevado a la cárcel; y por enfrentarse a ellos, Sáenz Llaría falleció.

Situación tensa a principios de 1881
Desde su llegada en 1871 los hijos de San Ignacio con su permanencia en Nicaragua de casi diez años desataron, como se ha visto, intensas polémicas y hostilidades en su contra. Una de las menos virulentas de Carnevalini fue la publicación de una carta en El Porvenir de Nicaragua (14 de julio de 1872) como ejemplo de las que los jesuitas obligaban a sus penitentes escribirle a San Luis Gonzaga. La carta decía: “Muy estimado San Luis Gonzaga:

/ El objeto de la presente es suplicar a Usted me haga la gracia de no hacerme caer en las tentaciones que el demonio me manda todos los días y especialmente al momento de irme a acostar. Que me proteja contra el mundo y contra la carne y me recomiende a María Santísima, para que me venga a consolar en el momento terrible de la muerte. Y me le aconseje a mi mamita que no sea tan brava, y que me compre aquel túnico bordado donde el Chachagua, siquiera para el día de Santiago, y que Juancito me quiera mucho y nos casemos pronto, y si no se puede con él sea con Toño que también me dice que me quiere.

/ Si me concede estas gracias, San Luis de mi corazón, ofrezco oír las mismas todos los días durante un mes, y comulgar al fin de mes y quemarte cuatro candelas de cebo y una de esperma.” La carta contenía una posdata: San Luis te recomiendo a mi tatita y a mi mamita, que los conserves buenos y que dejen de pelearse tanto, y que mi tatita no se ponga bravo cuando me venga a ver Juancito, Toño y Carlitos, y que me deje ir al baile de San Juan”.

No fue su comportamiento, sin embargo, la causa directa de ellas. “El simple hecho de ser jesuita era conflictivo y controversial para el ciudadano progresista e ilustrado del siglo XIX” —refiere el historiador jesuita Rodolfo Cardenal Chamorro. Hasta principios de 1881, cuando gobernaba el “progresista” Joaquín Zavala, la relación de los jesuitas con el gobierno era tensa.

Los sucesos de Matagalpa
La tensión culminó con los sucesos de Matagalpa y León. Todo empezó con el hilo telegráfico que se tendería entre Managua y Matagalpa, ciudad en la que residían 6 sacerdotes, 6 hermanos coadjutores y 27 novicios. La parte del último departamento le tocó a los indios de las cañadas que sufrían el trato inhumano de los capataces, la condena a dos meses de trabajo público en la cárcel (por destazar una res para alimentar a sus familiares o por elaborar chicha para celebrar sus fiestas), la venta forzada a particulares de sus tierras colectivas, el empadronamiento militar, la construcción sin paga de un camino carretero y de la Casa Consisterial, entre otras sorpresivas exigencias. Al ponerse en práctica estas imposiciones por el prefecto Gregorio Cuadra, licenciado granadino enviado por el gobierno, los indígenas reaccionaron: mil de ellos armados el 30 de mayo de rifles, machetes, arcos y flechas, gritaban: “allá va el telégrafo…”. La causa inmediata de su rebelión, pues, estaba clara. El combate duró más de tres horas hasta que se retiraron dejando varios muertos y heridos. El padre Antonio Cáceres intercedió con los indios sin éxito. En respuesta, a los jesuitas se les ordenó reconcentrarse en Granada dentro de 24 horas.

Nueve años de labor evangélica bastaban para dar a los jesuitas una influencia decisiva en el pueblo y en algunos sectores de la clase principales. En León tenían un pequeño escolasticado. En Corinto, el padre Antonio Cáceres había construido la casa parroquial y una escuela; en Masaya, el padre Santiago Páramo, pintor colombiano, era muy recordado por su impulso en la pintura a varios jóvenes: las residencias de Granada y Matagalpa, donde construyeron la iglesia parroquial, estaban florecientes y las misiones habían penetrado en los rincones más remotos del país: La Concordia, San Rafael del Norte y Ocotal, en el Norte; San Juan del Norte, en el Sureste.

La asonada en León
La asonada del 8 de mayo en León fue producto del siguiente conflicto: acantonado en el atrio de la iglesia de La Recolección, el pueblo gritó mueras al gobierno y vivas a los jesuitas, pretendió incendiar el Instituto de Occidente y atacó a la fuerza pública. La expulsión se hacía irremediable: los jesuitas excitaban al pueblo contra las autoridades. Tal era la convicción del gobierno. El 30 de mayo, algunos líderes del Partido Conservador, enviaron una carta al presidente abogando por los religiosos. Fue en vano. La orden de expulsión se emitió el 2 de julio de 1881. A las 9 a.m. del 7 se intimó a los trece jesuitas de León, a quienes se les dio dos horas para marchar hacia Corinto. El padre superior pidió prórroga, pero el ministro de Gobernación, Vicente Navas  —forzado por el presidente Zavala para realizar la expulsión— sólo les concedió unas horas. Así que, a las doce y tres cuartos del día referido, salieron los jesuitas en coches de caballos, custodiados por una fuerza de doscientos hombres.

En Sutiaba se habían formado varios grupos no dejar salir a los padres. Navas, entonces, envió una compañía y la caballería al mando de un capitán Ortiz para disolverlos, como lo lograron, no sin disparar algunos tiros. En Masaya —donde residían tres padres— sucedió algo parecido: en la noche del 6 de julio, un grupo de indios se amotinó para impedir también la salida de los jesuitas. Sin embargo, fueron disueltos con algunas descargas y los padres salieron el 7, sin ninguna resistencia del pueblo, hacia Granada.

 

La protección de doña Elena Arellano

Allí fueron acogidos en casa de doña Elena Arellano, junto con quince procedentes de Matagalpa. La virtuosa católica los había defendido de las acusaciones oficiales: contribuir a la intranquilidad pública e inspirar levantamientos tumultuarios, como el de Matagalpa en marzo de 1881. En efecto: a mediados de mayo del mismo año, convocó al pueblo granadino para suscribir un acta pidiendo al presidente Zavala que no expulsase a los “padrecitos”. Realmente, intentaba neutralizar otra acta dirigida a la misma autoridad suprema solicitando lo contrario.

Los dos jesuitas residentes en Rivas salieron sin dificultad por San Juan del Sur. Y los de Matagalpa, Masaya y Granada por San Juan del Norte. En este puerto dirigió la expulsión el prefecto Isidro Urtecho quien, en informe del presidente Zavala, manifestó que el superior se echó a llorar al último momento. El señor Urtecho la reconvino de esta
manera:

—Si el general Loyola estuviese vivo le daría vergüenza ver a uno de sus soldados llorando.

¿Por qué llora?

—Lloro por la dureza de vuestros corazones —le contestó el reverendo. Y con estas palabras, lacónicamente, el prefecto concluía su informe.

Veinte jesuitas habían partido del muelle de Granada en el vapor “Coburgo”, entre ellos los padres italianos Cardella y Cristopolti. Bien sabían ellos la decisión tomada por el gobierno de Zavala, quien no le hizo caso a la reclamación del cónsul de Italia a favor de ambos sacerdotes.

La fracción “progresista” del conservatismo
Según un coetáneo de los hechos, el periodista Enrique Guzmán, la fracción llamada “progresista” del Partido Conservador —con la ayuda de los liberales— persiguió y expulsó a los jesuitas. Las otras dos fracciones eran la de los “tradicionalistas” —quienes se opusieron a la misma hasta donde fue posible— y los “cachistas”, que resultaron ambiguos y, al final, se lavaron las manos.

Carlos A. Bravo, por su parte, contaba en 1906 que, yaciendo Zavala en su lecho de muerte, una dama granadina le dijo que confesara al sacerdote que lo atendía la expulsión de los jesuitas. “Eso no fue pecado, vieja condenada” —le respondió.


Comentar este contenido





Compartir

Otras noticias en Especiales




Lo más popular



Lo más comentado

Usan motos para asaltar

elnuevodiario.com.ni |

La Policía Nacional reveló ayer que detectaron una nueva modalidad de robo ejecutada por sujetos a...

14 Comentarios

Carlos, inmortal

elnuevodiario.com.ni |

La inmortalidad te permite esquivar la muerte, burlándote de ella con un zigzagueo como los de Lionel Messi,...

13 Comentarios

Expresidente Flores enviado a prisión

elnuevodiario.com.ni |

El expresidente salvadoreño Francisco Flores, acusado de apropiarse de unos 15 millones de dólares...

10 Comentarios

Kilómetro 4 Carretera Norte
Managua, Nicaragua
web@elnuevodiario.com.ni
Teléfono: (505) 2249-0499
PBX/Fax: (505) 2249-0700