22 de enero de 2012


Movilización y masacre del 22 de enero de 1967

“No temás, hoy o nunca”

Francisco Javier Bautista Lara | Especiales

“No temás, hoy o nunca”
CORTESÍA / END Dionisio Marenco, entonces estudiante de ingeniería y presidente del Centro Universitario de la Universidad Centroamericana, Ceuuca, se dirige a la multitud sobre la Avenida Roosevelt en las cercanías del Banco Central.

Después de la muerte de René Shick Gutiérrez (1909 – 3/8/1966), asumió la Presidencia de la República de manera formal, Lorenzo Guerrero Gutiérrez (1900 – 1981), para concluir el periodo inconcluso. Sin embargo, el poder real seguía estando en el general Anastasio Somoza Debayle (1925 -1980), Jefe de la Guardia Nacional.

El domingo 5 de febrero de 1967 estaban previstas las elecciones en las que “competirían” el general Somoza, por el partido gobernante, y la recién creada Unión Nacional Opositora, en la que lograba aglutinar el antisomocismo de aquel tiempo, el médico conservador Fernando Agüero Rocha (1920 – 2011), bajo las reglas de quien ostentaba el control efectivo del país.

La anunciada primera elección del tercer Somoza levantó gran inquietud popular en contra de lo que se perfilaba como la consolidación de la Dictadura Somocista. Surgieron señalamientos a través de medios de comunicación independientes y limitadas protestas, entre ellas la del 29 de octubre de 1966, realizada en el Estadio Nacional, en ocasión de la Liga de Beisbol Profesional, al interrumpir de manera sorpresiva el acto inaugural con la presencia del presidente Guerrero, desplegando una manta que decía: “No más Somoza”.

Fueron detenidos Ernesto Leal, Casimiro Sotelo, Julián Roque, Dionisio Marenco, José Luis Medal, Bismark Fernández, Federico Cerda, María Teresa García y Julio Talavera.

Dos semanas antes de la contienda electoral, el domingo 22 de enero de 1967, hace 45 años, se programó la concentración política de campaña de la UNO en la Avenida Roosevelt y que adquirió otras connotaciones y consecuencias.

La Unión Nacional Opositora estaba integrada por diversas fuerzas políticas, entre ellas las organizaciones universitarias de tendencia socialcristiana, que constituían un movimiento activo que patrocinó su creación. Eran el Centro Universitario de la Universidad Centroamericana Ceuuca, cuyo presidente, el estudiante de ingeniería Dionisio Marenco, asumió el liderazgo (agosto 1966) después de la expulsión de Casimiro Sotelo, el 22 de julio de 1966, por decisión del Secretario General de la Universidad, el sacerdote jesuita Edgard Chamorro Coronel, y el Centro Universitario de la Universidad Nacional CUUN, bajo la dirección de la estudiante de arquitectura Brenda Ortega, quien sustituyó a Dulio Baltodano, al ganar la contienda a Michelle Najlis.

En la incipiente organización política se encontraban inicialmente, entre otros, Álvaro Ramírez González de Movilización Republicana junto con Mario Flores Ortiz, por el Partido Socialcristiano participaron Orlando Robleto y Eduardo Rivas Gasteazoro, Alejandro Solórzano de la CGT (i),  Domingo Sánchez, “Chaguitillo”, del Partido Socialista, Pérez Arévalo, de Acción Nacional, el Partido Liberal Independiente con Juan Manuel Gutiérrez, Víctor Manuel Ordoñez y Macario Estrada. Con los conservadores, bajo el liderazgo de Fernando Agüero, Fernando Zelaya Rojas y Luis Pasos Argüello. Aunque el movimiento pretendía la unidad antisomocista, no se logró al excluir a los grupos de izquierda. La unión opositora lograda a fines de 1966, solamente estuvieron conservadores, socialcristianos y liberales independientes.

Los partidos políticos carecían de estructuras para movilizar a la juventud, por lo que se montaron en la capacidad del movimiento universitario para disponer observadores en las juntas de votación.  Se creó el Comité Ciudadano de Vigilancia Electoral y Defensa del Sufragio, Cives, siendo las cabezas visibles Brenda Ortega, Raúl Palacios y Dionisio Marenco, quienes contaban con el apoyo de Julio López Miranda, que era secretario delegado del Dr. Pedro Joaquín Chamorro en la UNO.

En las reuniones previas a la concentración, se dijo por parte de Agüero que había “negociaciones” o “pláticas” con oficiales de la Guardia Nacional para dar un golpe de estado a Lorenzo Guerrero, suspender las elecciones y desplazar a Somoza. El “plan” era levantar a la gente a partir de la movilización, concentrarlos en la Roosevelt hasta que Somoza abandonara el poder autoritario que acumulaba. 

Según Ronald Abaunza, cercano a Agüero, se orientó a algunos marchistas que cada quien, si podía, llevara su arma. Según Juan Parodi, dispondrían de unas diez mil pistolas que representaban “el poder de fuego de tres mil Garand”. En la realidad esa capacidad nunca existió, la gran mayoría no llevó ni sabía manejar armas, todo fue una irresponsable y absurda-aunque tal vez desesperada-, intensión.

El Cives, con más de un centenar de estudiantes estuvo en la concentración política desde temprano. El discurso de Agüero fue breve, en lo principal de su agitada arenga, dijo que permanecerían en la Roosevelt hasta que Somoza se fuera, lo que desató entre algunos participantes dudas y  nerviosismo, incluso no faltaron quienes querían abandonar el lugar, persuadiéndoseles para que no lo hicieran.  A partir de las 10 a.m. marcharon desde la Plaza de la República hasta donde era el Banco Central y allí permanecieron.  La actitud de los soldados del retén para impedir el paso y de los marchistas fue al comienzo tranquila, ganaron confianza al ver que nada ocurría.  

En la tarima hubo, a lo largo del mediodía y la tarde, numerosos discursos de dirigentes opositores y gremiales. Después del mediodía, la concentración estaba consolidada, es posible que lograran llegar a diez mil personas, al menos la mitad debió permanecer hasta caer la tarde. La mayoría eran jóvenes estudiantes y trabajadores agrícolas traídos de diversos lugares del país.  Las mantas y pancartas de los marchistas mostraban diversas consignas: “Militarismo no, democracia sí”, “No temás, hoy o nunca”,  “No a la relección de Somoza”.

Se conoció que de la valijera de un vehículo, Fernando Rappaccioli sacó unos cuantos fusiles. Con ellos, algunos se parapetaron en el Gran Hotel cuando inició la refriega a las 5 p.m., ante la muerte del teniente Sixto Pineda, quien cargaba la manguera con la bomba de agua para desalojar a los manifestantes. El oficial aparentemente recibió un disparo mortal en la espalda mientras avanzaba. Comenzó la tiradera desordenada desde diversos puntos, los soldados del retén y los alrededores se parapetaron y dispararon. Entre los manifestantes estaba David Tejada, uno de los pocos entrenados en el uso de armas de fuego. La cantidad de muertos civiles en este lamentable suceso nunca se estableció, algunos afirman que pudo ascender a trescientos; los cadáveres que permanecían dispersos y ensangrentados sobre la calle, fueron amontonados en camiones para sacarlos después. Como a las seis, el lugar lucía desolado y tétrico, seguían escuchándose disparos esporádicos, los marchistas buscaban desesperados cómo alejarse y esconderse, la Guardia desplegaba sus fuerzas de manera violenta por los oscuros alrededores.

Al Palacio Episcopal, próximo al lugar, donde se encontraban Monseñor Borge y Castrillo, y González y Robleto, llegaron los que negociarían con la Guardia para terminar el conflicto, entre ellos el “Diablo” Zelaya, Manolo Morales y Pasos Argüello.

Después de la masacre del 22 de enero donde se evidenció la manipulación de sectores populares y estudiantiles por el liderazgo conservador, así como la ingenuidad e improvisación opositora y la falta de capacidad de integración con diversos grupos políticos, se extinguió el movimiento. La incipiente capacidad de supervisión electoral y movilización antisomocista fue desmontada, Somoza consolidó su poder en las elecciones realizadas dos semanas después, asumiendo por cinco años a partir del 1/5/1967 e incrementó la represión. Hubo numerosos detenidos, entre ellos, quienes se encontraban en el Gran Hotel. El trágico acontecimiento puso a la Dictadura ante la vista internacional, sensibilizó sobre la necesidad de otras opciones de lucha y la incapacidad de los partidos políticos tradicionales de enfrentar efectivamente al somocismo.

El acontecimiento fue el pronóstico de la “Masacre de Tlatelolco” (octubre 1968) que recrea Elena Poniatowska en “El tren pasa primero” (2005), y comprobó lo narrado por Gabriel García Márquez en “Cien años de soledad” (1967): “Describió con detalles precisos y convincentes cómo el ejército ametralló a más de tres mil trabajadores acorralados en la estación, y cómo cargaron los cadáveres en un tren de doscientos vagones y los arrojaron al mar”, solo faltó el tren y el mar, pero sobró en el pavimento, la sangre y los gritos desesperados sobre la Roosevelt. La ficción en América Latina y en Nicaragua, con sus rasgos de violencia, iniquidad, contaminación política y manipulación, que al igual que Aureliano Buendía se percata que “se lucha simplemente por el poder”, queda pálida ante la realidad de aquellos tiempos que confiamos nunca vuelvan a ocurrir.

Agüero y otros dirigentes, continuaron teniendo representatividad política hasta terminar de desacreditarse con la firma del Pacto Kupia Kumi (marzo 1971) que estableció un Triunvirato y que, con el terremoto de Managua (diciembre 1972), permitió a Somoza Debayle retomar la Presidencia hasta ser derrotado por el movimiento popular y revolucionario dirigido por el Frente Sandinista en julio de 1979.

Managua, 18/1/2011

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