30 de abril de 2012 | 00:52:00


El maravilloso Maradona

Managua, Nicaragua | elnuevodiario.com.ni

Diego genial e imperfecto


El jugador prodigioso que asombró al mundo del futbol con una zurda mágica. Hizo campeón al equipo de Argentina en el Mundial de 198, y marcó el gol másgrandioso en la historia de Copas. Es idolatrado como un Dios en su país. Sacó a Nápoles del hoyo, impresionando a Italia. Su paso por el Barcelona no fue afortunado

Por Edgard Tijerino | Especiales

Diego genial e imperfecto
Diego Maradona. cortesía / end



En el 2004, Diego Maradona estuvo en peligro de muerte. Fue una noticia estremecedora. A los 43 años, el argentino estuvo conectado a un respirador artificial, víctima de una infección pulmonar que le afectó el corazón. Para el mundo del fútbol, imposible de abrazar, se paró la vida. De pronto, como diría Gabo, todos quedamos petrificados con los índices en los labios, sin respirar, necesitando como él, ayuda artificial.

Un jugador genial, mezcla de Picasso, Darío, Mozart y Fidias, por su manejo en la cancha del pincel, la poesía, la música y la arquitectura, ha sido siempre un hombre imperfecto, atrapado por las desviaciones, conspirando siempre contra él mismo. Pero, ha sido el más grande ídolo argentino de todos los tiempos, casi un Dios, capaz de cultivar una veneración impresionante más allá de la discusión de sus debilidades.

Observando a Diego, es natural preguntarse: ¿Por qué muchas veces, sólo utilizamos nuestra inteligencia parcialmente?, ¿cómo es posible que dejemos un amplio sector en la oscuridad? Esa destreza de Maradona para manejar la pelota, ese ingenio deslumbrante, ese sentido tridimensional, esa picardía, esos alardes de arrogancia, ese exceso de suficiencia, lo convirtieron en la más grande luminaria del juego más apasionante del planeta. Eso sí, careció de iluminación para manejar su comportamiento. Actuó constantemente como un suicida provocando escalofríos.

Nada que ver en este aspecto, con súper-astros como Pelé, Michael Jordan o Pete Sampras, geniales y coherentes.

El “perdónalo que no sabe lo que hace”, se agotó porque nunca fue cierto. La lógica y habilidad que lo identificaron mientras alcanzaba la grandiosidad deportiva, le hicieron falta para avanzar zigzagueando por ese campo minado que es la vida.

El chavalo humilde de Villa Fiorito, para quien un plato de comida representaba la riqueza, el mismo que lloró cuando fue borrado de la lista de la Selección por Menotti antes de levantarse el telón del Mundial de 1978, se fue transformando en una celebridad y en una excitante aproximación a Pelé, desde el Mundial Juvenil de 1979.

Su aterrizaje en el Barcelona pese a no ser lo suficientemente afortunado, lo colocó frente a la posibilidad de conquistar Europa. Fue por un buen rato, la figura cumbre del fútbol español, saltando encima de diferentes cuestionamientos. Todos los equipos del viejo continente querían un pedazo de él. En el Nápoles, ganando dos “Scudettos” alcanzó una brillantez cegadora, sintiéndose como el nuevo Julio César. Su ejecutoria en el Mundial de 1986 ganado por Argentina con la dirección de Bilardo, su más firme creyente, fue consagratoria. En ese momento, se instaló en la cima del fútbol.

Aquel gol con “la mano de Dios”, y su asombrosa escaramuza dejando un reguero de cadáveres ingleses sobre la grama, mientras serpenteaba imparable en busca del arco de Shilton, impulsado por una inspiración seductora a través de una magia sacada de las Mil y Una Noches, lo mostraron de cuerpo entero como un producto de la fantasía.

Fue una obra maestra. El mejor gol en la historia de los mundiales. Su “Mona Lisa”.

En Italia, 1990, aún sin marcar en siete juegos, tomó la batuta de la Orquesta Sinfónica de Filadelfia, y obviando una lesión, llevó al equipo argentino más allá de lo previsto, hasta la final contra Alemania. Su maniobra frente a Brasil, facilitando el gol de Caniggia, pertenece a las huellas que el tiempo no borra.

En el 94, acorralado por la adicción y sin alcanzar el tope de sus facultades después de una fuerte sanción, asumió otra vez la máxima responsabilidad como jefe de un operativo que exigía milagros, hasta que dio positivo y fue retirado del certamen.

¿Qué podía hacer Argentina careciendo de su aporte?, ¿cómo sobrevivir sin el corazón?

Genial e imperfecto. Casi siempre ha parecido un pájaro fascinado por la serpiente.

 

Esa idolatría
Uno aterriza en Buenos Aires, cualquier día de cualquier año, y se encuentra de inmediato con Evita y Gardel. Es algo impresionante. Como si estuvieran vivos y se movieran entre nosotros con la naturalidad que les otorga su inmortalidad.

En el Cementerio de La Recoleta hay largas filas frente a la tumba de Eva Perón mientras el libro Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez, y otras publicaciones, se agotan edición tras edición. Más allá de lo discutible, Evita está presente, y por lo que se ve y se oye, lo estará por siempre, sin flaquear.

Al mismo tiempo, en todos los rincones de Buenos Aires, se escuchan los tangos de Carlos Gardel, cuyos cassetes y CD se venden con una frecuencia casi frenética en las calles La Valle y La Florida. En las noches, en cada esquina de la más agitada zona turística y en los shows que se ofrecen en San Telmo, se capta la admiración por Gardel. Viven con el alma aferrada a un dulce recuerdo, demostrando que aunque sus ojos se cerraron, Gardel sigue siendo un soplo de vida.

Y está Diego Maradona con su idolatría inagotable, gritando: ¡Aquí estoy!, en todo instante, en las columnas de los periódicos, en las ventas de vídeo, en los pósters súper-atractivos, en las camisetas, en libros y revistas, en calcomanías, en las pláticas de los taxistas, en las discusiones de las cafeterías, en los gritos de los hinchas, en el corazón de un gigantesco país.

La edición publicada por El Gráfico con el título “El Inmortal”, se sigue vendiendo como una novedad, así como las recopilaciones de fotografías. Lo que ocurre con Diego es sencillamente desorbitado, indescriptible, abrumador. ¿Qué diría Nietzsche, quien escribió El Ocaso de los Idolos? Seguramente que la pasión por Diego está más allá del bien y el mal.

En el 2005, en la acera del Hotel Colón, le pregunto al encargado del kiosco de revistas:  ¿Cómo es posible ese tipo de idolatría incontrolable por alguien tan contradictorio, como lo ha sido Maradona? “Él es la magia, la alegría y la pasión de un pueblo. Nunca hubo alguien como él”, me respondió.

Es Semana Santa, me detengo frente a una de mil quinientas vitrinas en la Avenida Corrientes, y veo diferentes camisetas de Maradona desde 12 hasta 90 pesos, es decir entre 4 y 30 dólares. “Después de Dios, estás vos”, dice una. “Dios”, con el número 10 que usaba en su espalda colocado entre la D y la S, dice otra en grandes caracteres, visible desde media cuadra, debajo de su rostro. “Si puedo verte jugar en el cielo, quiero morirme ahora”, apunta otra.

En Argentina el mundo no parecía estar tan convulsionado por múltiples problemas, como para cerrarle espacio a Maradona en los medios de comunicación. Sale diario.

Su estadía en Colombia en aquel tiempo fue cubierta con enviados especiales, y otro tema que lo involucraba era la pérdida en un remate de su quinta --en la que en 1994, agredió a balazos a periodistas--, consecuencia de la demanda de Cristiana Sinagra, madre de Diego Jr.

Es difícil imaginar a Maradona lejos de dificultades, pero es asombroso cómo sus antecedentes y su desfachatez no han afectado en lo mínimo el cariño y la veneración que se le tiene en los sectores populares. “Me atacan por mi adicción a las drogas. A veces parece que soy el único argentino con ese problema, y no piensan en mi batalla, en el esfuerzo por ser tan efectivo pese a las drogas. No se preguntan, ¿qué tan largo hubiera llegado Maradona sin ese inconveniente?”, había dicho en una entrevista.

Me apunté en un tour para ir a ver Boca-Independiente en La Bombonera. Por 150 pesos, es decir 50 dólares, te llegaban a traer al hotel, te instalaban en una platea, te asistían en las graderías y te llevaban de regreso.

Observé a la multitud de Boca gritando por Diego, recordando sus acrobacias, sus gracias y desplantes, la inmensidad de sus goles, lo que significó para ese equipo que representa a la mitad más uno del país, lo que fue su despedida en 1997 con victoria 2 por 1 sobre el odiado River Plate, el equipo de Núñez, el de los millonarios.

“No cruzó los Andes para liberar países hermanos, ni creó la bandera color cielo, ni fue el padre de la educación, pero a Diego Maradona no se le puede negar la estatura de prócer, el nivel de leyenda”, dice en su editorial, en la publicación de homenaje, la revista El Gráfico.

En 1982, el permanente candidato al Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, escribió sobre Maradona lo siguiente: Los pueblos necesitan héroes contemporáneos, seres a quienes endiosar. No hay país que escape a esta regla. Culta o inculta, rica o pobre, capitalista o socialista, toda la sociedad siente esa urgencia irracional de entronizar ídolos de carne y hueso ante los cuales quemar incienso.

Y agregó: Por eso, si tiene que haber héroes, ¡qué viva Maradona!


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