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Pedro X. Molina, el genial caricaturista que ha sacado más de una corroncha a políticos, a curas y a otras personalidades de la vida nacional, creció entre historietas cubanas y libros de comunistas rusos. Se resiste a contar detalles de su vida privada, y jura ser el hombre más aburrido del mundo. Lo cierto es que es un hablador nato que gusta de la crítica porque la ve como esencia de la democracia.

A Pedro X. Molina no le gustan las fotos, los superhéroes, los tragos, las fiestas ni el término artista, porque todo eso contradice la imagen de hombre aburridísimo que él insiste en crear.

No le gustan las fotos porque no quiere que en la calle alguien identifique al mechudo, alto y desgarbado que al inicio parece tímido y que minutos después entra en confianza, con el Pedro X. Molina, caricaturista mordaz, que pasa el día monitoreando noticias para luego dibujar y redibujar.

No le gustan los tragos ni las fiestas porque la vida bohemia, la del artista que dedica su vida a la contemplación, que produce entre el relajo, sorbiendo uno y otro trago, no tiene nada que ver con la suya.

¿Periodista? No, por favor, Molina tampoco es periodista. Califiquémoslo como a él le gusta: dibujante. Podemos agregarle: iconoclasta, crítico.

De su vida privada hay poco que hablar. No le gusta eso de exponerse públicamente, de contar sus gustos culinarios, su rutina y menos contar cómo enamoró a la esposa, las cursilerías que le dijo al oído, ni por qué lleva el anillo de casado en la mitad del dedo anular.

Molina es reacio a los flashes, a la exposición pública, así que para conocerlo hay que irse unas páginas más adelante y detenerse en El Alacrán. Su trabajo es él. Pero antes de voltear la página, se debe saber cómo fue que dibujó sus primeros garabatos y construyó esa vida alrededor de las ilustraciones, las caricaturas, ese mundo donde hay “más monos que en el planeta de los simios”.

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Hace 31 años, Pedro Xavier era el típico chavalo norteño que aprendió a contar sumando y restando AK, que jugaba chibolas y trompo, y esperaba ansioso que sus hermanos mayores regresaran del Servicio Militar. Sin embargo, tenía una distracción peculiar, se entretenía viendo las imágenes de las caricaturas cubanas, y atraído por los dibujos repasaba hasta libros comunistas.

Pedro Xavier no anotaba nada en clases, se la pasaba dibujando a la maestra, al compañerito que se sentaba adelante, a los gorditos, a los flaquitos, a los caretos y a los limpitos. Pero jamás fue el mejor dibujante en la escuela. Había otros chavalos que dibujaban mejor la bandera, que hacían los pergaminos donde se escribía el himno impecablemente, que dejaban perfecto el rostro de José Dolores Estrada, y que dibujaban exacta la piedra que Andrés Castro lanzó al filibustero.

Mientras los niños de su edad se embobaban leyendo a Superman, él miraba la Semana Cómica sin entender su contenido.

“Uno de los libros que tengo en mi memoria, que leí chiquito, fue el Manifiesto Comunista de Rius, no entendí la mitad, pero eran dibujos, y, como te digo, mi papá me inculcó el hábito de la lectura. Cada semana me daba plata para ir a la librería, y yo compraba sobre todo libros con dibujos. Así me leí la vida de Vladimir Ilich Lenin, libros de poemas y literatura rusa para niños”.

Molina acaba de entrar en confianza. Habla sin parar, y de repente se detiene con la afirmación que parece atormentarle: “¿Viste? Soy el hombre más aburrido del mundo. No sé qué podrás sacar de todas las locuras que digo”.

Y sigue: “Yo sabía quién era Spiderman, Superman, pero no me sentía atraído por la vida de los superhéroes, me gustaban más los comics de la vida cotidiana, los críticos, los de humor. Me gustaba la revista Misha, los ‘Cómicos’, una revista cubana”.

Al pequeño Pedro Xavier se le entretenía fácil: con un par de historietas. Su madre le compraba unos cuantos pasquines para que el chavalo no molestara en los viajes que ella hacía a Managua. Y si no la acompañaba, también se los compraba para que se entretuviera en la casa.

Cuando terminó el colegio, sus padres exteriorizaron la preocupación que les acompañó durante toda la vida estudiantil de Pedro Xavier: ¿qué iba a ser de él si solo quería dibujar? Su papá vendió la camioneta que tenía para que, al menos, se profesionalizara en lo que le gustaba, y lo subieron en un bus hacia Guatemala, adonde iría a estudiar diseño gráfico en la Universidad de San Carlos.

“Estuve allá menos de un año, pero en realidad fue muy útil, aprendí cuestiones más de carácter que técnicas. Tengo en la memoria profesores que estaban exigiéndote siempre, que decían a cada momento que podías hacerlo mejor. Era una escuela más de carácter, pero técnicamente tenían mucho nivel, desafortunadamente decidí que quería regresarme. Mi papá estaba muy molesto conmigo. ‘Mirá mano, hasta aquí llegué con vos’, me dijo”.

Así fue como paró en Managua, en la Upoli, donde continuó con la misma conducta disoluta de llegar dos días a clases y un día no. Hasta que ganó un Festival Interuniversitario de Caricaturas y lo premiaron con un pasaje a Miami que jamás usó. En la caricatura estaban un montón de brujos en sus peroles, todos eran políticos. Jamás recibió el original de vuelta. Fue entonces cuando se incentivó.

“Desde entonces comencé a devorar caricaturas, estudiaba de noche y me metía todo el día en la hemeroteca nacional. Cuando arrasé con lo nacional me fui a una biblioteca que recibía diarios de afuera. Lo que mi mamá me daba para comer me lo gastaba sacando fotocopias, comprando revistas y diarios viejos, y los últimos seis meses de la universidad pasé dibujando”.

Su primera caricatura fue del presidente Daniel Ortega. En diciembre de 1995 llegó a Barricada y le publicaron una de Arnoldo Alemán. “¡Tengo 17 años dibujando a la misma gente, eso es deprimente!”.

Molina tocó una y otra puerta. Así llegó a Bolsa de Noticias y luego a La Tribuna, donde le publicaban un día y cinco no. Luego quedó de planta, y poco después ese diario cerró. Llegó a El Nuevo Diario hace 12 años, y hace una década que cada semana hace El Alacrán, proyecto que en un inicio llamó “La Patada”.

Un día Pedro Xavier decidió que iba a vivir de esto, salió de las fronteras y expuso en Portugal, México, España y Alemania. Otro día publicó en The Washington Post, Los Angeles Times, Chicago Tribune, Courier International, Courier Japan, The Vancouver Sun, London Free Press, BBC, El Universal (México), China Daily y Newsweek (Latinoamérica).

Ha sido miembro de la Asociación de Caricaturistas Editoriales Americanos, Cartoonists Rights Network International, la Federación de Organizaciones de Caricaturistas y la Unión Iberoamericana de Humoristas Gráficos.

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Molina está esperando que la grabadora se apague para dejar de sudar. Dice que es tan tímido que el aparato lo pone nervioso, pero una gota de sudor no se le ve ni en el rostro ni en las manos. Quizá sea que hay aire acondicionado en el lugar.

Pudo haber sido periodista, psicólogo o --aunque no le guste-- artista. Escogió ser dibujante y aprendió inglés de manera autodidacta. Vive de dibujar, y vivir de lo que le gusta, ya es mucho decir.

Para él, el humor es antipoder a más no poder. “Lo que pasa es que acá, los que manejan el pastel del poder quieren saborear el merengue sin hacerse cargo de la torta”, dice.

“Las caricaturas son, al fin y al cabo, una opinión, nada más, nada menos, cuya finalidad es fomentar el debate, la reflexión, y de repente una sonrisa, pero hay que decir algo: a veces la gente percibe que el humorista es aquel que solo hace reír, y no es así, el humorista, como su palabra lo dice, crea humores, no todas las caricaturas son para reír, algunas son para externar pesar o indignación ante algunas situaciones, la risa, aunque en porcentaje es mayor, no tiene por qué ser el último fin”.

El caricaturista que insiste en venderse como aburrido tiene que dejar de hablar porque hay mucho que dibujar.

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