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Mariano Marín es arrecho a la crítica. No duda en hablar si se trata de decir lo que no le parece, sea el tratamiento que le dan al cine en Nicaragua; lo mal que se enseña historia; o lo feo que huelen las calles de su natal Granada. Por eso muchos lo consideran soberbio, malcriado.

Y puede que sea eso y mucho más, pero ante todo es un obsesionado con el buen cine, un gran realizador y un apegado a la historia.

Pelo canoso, hablador, chistoso, rajatabla, pequeño, de 61 años, es de esa gente que busca vivir con positivismo pese a las desgracias. De esos que no se andan por las ramas, que critica a quien se le antoja criticar y que sabe hacer lo que le gusta: historiar y dirigir cine.

En su juventud fue cantor, tocó piano y flugelhorn, puso serenatas, amaneció en las playas del Cocibolca, se metió en las pláticas de su tío, el antropólogo Francisco Pérez Estrada, todo en la Granada de la década de los 60.

Aquí el mea culpa: “Soy un neurótico de primera, malcriado, muy soberbio dicen algunos. Dice mi mujer que cuando estoy dirigiendo soy un dictador, pero es que si estás dirigiendo tenés que ejercer un poder tal que toda la gente tiene que hacerte caso… Yo tengo que saber hasta cómo conectar los cables”.

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Mariano Marín también es cocinero. Dice que aprendió en Francia, cuando estudiaba Historia y Didáctica Cinematográfica Aplicada en la Université du Paris. Tenía que aprender si quería ser un buen director de cine.

El cineasta francés Jean Rouch fue claro: jamás serás un buen director si no sabés cocinar. Así es que Marín se metió rapidito a la cocina.

La relación entre ambas actividades es tan sencilla como práctica, dice Marín. “Hacer una película es como preparar un plato, tenés que poner los elementos necesarios a la hora que tiene que ser y como deben ser… Yo como director tengo que saber cómo empezar; tengo que calentar a mis actores con las partes más espontáneas y fáciles de representar porque cuando llegue a la parte dura ya tienen que estar en su personaje…”.

Y aunque ya no cocina en su casa y hace tiempo que cerró el restaurante donde él era el chef, sí le da indicaciones a la señora que trabaja con ellos, hace las salsas y está pendiente de cómo se cocinan sus platos favoritos.

“Ahorita estoy tratando de terminar mi novela ‘Historia de la infamia de Granada’, que me va a costar la amistad de muchas familias, pero hay que contar la verdad. Es una novela de ficción con cuentos que he agarrado, tomando temas y sujetos que existieron o existen y que son parte o fueron, de la vida de Granada”.

También imparte charlas de historia para “darles a conocer a los estudiantes cosas que ni los profesores saben y ni les ha preocupado saber”.

“Con el apoyo de Luciérnaga estamos trabajando en conjunto con El Convento de San Francisco, traemos estudiantes para sensibilizarlos con el problema de la basura y de la contaminación del Lago, para que también sensibilicen a sus padres… Esos proyectos me mantienen vivo, de lo contrario me mantendría tirado, con depresión”.

Hace tiempo que no hace cine. En Nicaragua no se puede. La mayoría de los filmes se quedan a medio camino por falta de presupuesto. Marín lo dice con un deje de tristeza y rabia. Le molesta, entre otras cosas, el poco apoyo que las autoridades le dan a esto.

El cineasta que regresó a Nicaragua cuando se acaba de fundar el Instituto de Cine Nicaragüense (Incine), en la década de los 80, y que luego recorrió documentando gran parte del país, reportando la historia, graficándola, archivándola, hoy tiene que contentarse viendo hacia atrás y buscando cómo ir hacia adelante, aunque el futuro pinte sombrío y el presente parezca incierto.

Pese a que la situación actual no es tan alentadora, Marín es firme creyente de las nuevas generaciones de cineastas. Dice, incluso, que hay mucho talento en el país.

“El año pasado hicimos un certamen de cine, video y televisión. Yo me quedé asustado, más de 300 y pico de trabajos de jóvenes que en su mayoría tenían calidad que no es de principiante, tenían temática, sistema, movimientos de cámara, calidad de sonido”.

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Granada es otro de los temas recurrentes en la plática con Mariano Marín. La Granada quemada por los filibusteros, la Granada de su infancia, la de su adolescencia, cuando con los chavalos de su edad salía a cantar noche de ronda/qué triste pasa/qué triste cruza/por mi balcón, apermisados por la Guardia Nacional para evitar ser llevados presos.

La Granada de medianoche, detrás del mercado, donde comía chicharrón recién hecho con tortilla acabada de palmear. La Granada junto al Cocibolca, donde pernoctaba esperando salir el sol. La Granada que no hedía, la que era sana, donde no había bombas explotando a cada momento ni tanta bulla.

“Aquí en Granada tenemos otro problema, los caballos de los coches se cagan en la calle y el polvito llega al pulmón, allí crece un hongo… El olor a mierda es tremendo en la ciudad. Como miembro del Gabinete de Turismo he pegado gritos sobre eso, pero no me hacen caso”. Marín no se anda por las ramas. Llama a las cosas por su nombre.

Y sigue: “Aquí tiran bombas más que en Afganistan. Celebran los santos, los que están por ser santos y, por último, cumple año el señor de enfrente y ponen una carga cerrada de calle a calle. Ahorita estoy planificando: me voy a la finca en Ometepe, termino mi casa allá y que se jodan”.

Mientras se va a la finca, seguirá instruyendo a los estudiantes, enseñándoles historia en los tour, tratando de buscar financiamiento para terminar las películas que dejó sin concluir e instruyendo a las nuevas generaciones de cineastas.

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