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Igdania López puede sentir el olor a marihuana cuando los “chavalos” llegan a fumar afuera de su aula. Tiene 16 años y está en sexto grado en la Escuela Cristo Rey, ubicada en la comunidad del mismo nombre en Tipitapa. Confiesa que se ha retrasado porque se ha salido de clases varias veces para trabajar.

Su aula, de bloques que se sostienen con poco cemento y sin nada de hierro, fue construida por unos voluntarios españoles, y, de hecho, tiene mejor suerte que el grado contiguo, que está en peores condiciones.

La Escuela Cristo Rey cuenta con seis aulas: tres las acaba de donar una organización internacional, dos están construidas de bloques --como en la que estudia Igdania--, y la última está hecha de láminas de zinc.

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Luis Fernández es el profesor de sexto grado. Desde hace siete años se dedica al magisterio, y recuerda que empezó dando clases en casas prestadas. Con el tiempo, los mismos padres de familia decidieron construir champas de plástico, después hicieron aulas con láminas de zinc viejas donadas por otras escuelas de la zona.

Ahora imparte clases a 30 alumnos, en la pequeña aula de bloques, aunque sueña con que un día se mejoren las condiciones de infraestructura educativa.

“Aquí carecemos de muchas cosas, pero lo que más me preocupa es que no tenemos ni siquiera un muro perimetral ni malla para protegernos, y constantemente vienen pandilleros a acosar a mis estudiantes”, dice.

Fernández comenta que varias veces los “muchachos” --como les dicen sus alumnos-- llegan a meterse a fumar droga en el aula, por los huecos donde debería haber ventanas. Algunas veces hasta lo han amenazado con golpearlo, cuando se atreve a llamarles la atención.

“Vienen queriendo buscar pleitos con los varones, y muchas niñas que son adolescentes son acosadas. Algunas madres han tenido que venir a decirme que les cuide a sus hijas”, indica.

Estas peticiones no son exageraciones, porque algunas de sus estudiantes, “lamentablemente, son madres tan jóvenes”. Este año, tres se han retirado de las aulas porque salieron embarazadas, y luego “les da pena volver”.

Una de las embarazadas es la hermana gemela de Igdania, que se enamoró de un joven que la embarazó, y ahora él “se fue con otra persona”. Aunque le pasa dinero para la leche y ropa del niño, la adolescente no puede volver a su salón de clases.

“Ya no está con el muchacho, se separaron, y no puede venir porque tiene que cuidar al niño”, menciona Igdania.

A ella también “los muchachos” la llegan a enamorar, pero no les hace caso. “Yo solo quiero trabajar, estudiar computación y sacar adelante a mi familia”, agrega.

Sus cinco hermanas son madres de familia, tiene un hermano menor, y su mamá que está “juntada” con un señor. A los que llegan a molestarla, Igdania dice que solamente pide que la respeten.

De acuerdo con la “Propuesta de Agenda Educativa de Nación”, publicada a finales de 2011 por la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo Económico y Social, Funides, la insuficiencia presupuestaria recae en “déficits graves de insumos escolares e infraestructura adecuada”.

Hasta 2011, de acuerdo con un estudio elaborado por el Banco Mundial, en Nicaragua, un total de 14,637 aulas (52.6% del total existentes) requerían reparación, rehabilitación o remodelación.

En ese sentido, Funides recomienda “priorizar” las inversiones educativas en infraestructura, porque las escuelas primarias tienen el porcentaje más alto de estudiantes más pobres.

“Naturalmente, en el marco de limitados recursos con que cuenta el país, esto plantea retos formidables para lograr una verdadera y efectiva priorización. Por razones de justicia, en una primera etapa las principales políticas y acciones deberán dirigirse principalmente a la población más pobre”, indica el informe.

Josefina Vijil, experta en educación del Centro de Investigación y Acción Educativa y Social, Ciases, indica que la educación en Nicaragua requiere de una serie de elementos para mejorar su calidad.

Insiste en que la educación es “un sistema”, y que se debe mejorar la formación docente, proveer de materiales, mejorar las condiciones, promover la participación de toda la sociedad y mejorar la nutrición. “No se trata de enfocarse solo en algo, sino en todo”, explica.

En ese sentido, cree que lo más importante es invertir en la formación docente, porque es el eslabón primordial “que puede romper el círculo” de una educación insuficiente.

Vijil menciona que se necesita más presupuesto para educación, pero sobre todo llegar a zonas donde hay mayores necesidades.

“No es solo dar más dinero a Educación, el Gobierno debe focalizar a los que necesitan más (…), las zonas rurales y el Caribe de Nicaragua deben ser priorizadas, porque es donde hay mayores dificultades”, dice.

La especialista reconoce que hay “esfuerzos” del Gobierno como el de mejorar la lectura, la merienda escolar --que es un estímulo en muchos lugares-- y el retener a niños en escuelas en zonas cafetaleras, los cuales “deben seguir desarrollándose”.

El barrio Cristo Rey, ubicado a unos 35 kilómetros de Managua, está compuesto en su mayoría por población que vivía hasta hace un par de años en el barrio Manchester, ubicado a orillas del lago Xolotlán.

Cuando sufrieron inundaciones fueron trasladados a albergues temporales, y posteriormente les regalaron terrenos en Tipitapa. “Otros de poblaciones más alejadas, como Camoapa, vendieron lo que tenían y aprovecharon para tener su casa propia”, indica Fernández.

Este joven maestro conoce bien a todos los de la comunidad y las dificultades que pasan para enviar a sus hijos a clases. A muchos los tiene que ir a buscar para que asistan, y convencer a sus padres de la importancia de que sigan estudiando.

Fernández dice que necesita pizarrón, pupitres, material escolar, construir el muro que tanta falta hace, ventanas, inodoros. Sin embargo, también se emociona cuando menciona que el promedio de retención y de promoción de su salón es de 85%, y tiene entre sus estudiantes a Roxana Mendoza, la mejor alumna del municipio de Tipitapa.

Al respecto, Vijil comenta que puede haber muchos factores que expliquen el éxito de Roxana.

“Puede ser que ella es una luchadora de adversidades, su temperamento, su inteligencia. La educación no es una maquila de verdades absolutas, puede ser un conjunto de elementos y nada está escrito”, indica.

En el barrio “Roger Deshon”, ubicado en la comunidad indígena de Sutiaba, en León, se encuentra la Escuela Shirley Case.

Mercedes Mafalda Pérez, directora del colegio desde hace cinco años, comenta que atienden a 148 niños. Antes estaban en una escuela construida de “desechos de una vieja escuela”.

Impartían clases en una casa comunal, hasta que la Alcaldía les donó un terreno donde construyeron la escuela.

“Siempre solicitábamos ayuda para mejorar el centro y nos decían que vendría ayuda de un donante. Estaba ya casi desilusionada, porque sabía que hay escuelas con más necesidades”, recuerda.

Sin embargo, el Mined les “conectó” con la organización School Box, que les donó la construcción de una nueva escuela. A cambio, el Mined se comprometió a contratar a una bibliotecaria.

La delegada del Mined en León, Xiomara Sánchez, asegura que con el trabajo que han venido realizando se ha reducido a un mínimo el deterioro de infraestructura en los centros escolares en ese municipio.

“Venimos dándole acompañamiento, alrededor de C$2 millones se han destinado a reconstrucción”, insiste.

Sin embargo, aunque les busquen, la construcción de nuevas escuelas es insuficiente para las necesidades. Eso lo confirma Marvin Osejo, Director del Colegio “Rubén Darío”, ubicado en la zona sur de León.

“Hemos tenido que vivir de la caridad, el colegio se ha ido ampliando con ayudas, pero no hay libros para darles a todos, ni materiales didácticos”, comenta.

Otra de las cosas que aflige al maestro de la Escuela Cristo Rey es la constante inasistencia de sus estudiantes, porque muchos niños se quedan de “guardianes de su casa”, cuidando el hogar mientras sus padres van a trabajar.

Arlen Ruiz dice no estar segura de poder subir a la promoción de sexto grado de la Escuela Cristo Rey, porque no tiene suficiente dinero. Sus padres recogen envases de plástico para poder subsistir. A ella le gustaría estudiar la secundaria, aunque sea dominical, pero sabe que lo tiene difícil.

Varias veces se ha salido de estudiar porque tiene que ir a trabajar. Ella es una de las alumnas que Fernández tuvo que “rescatar” y convencer para que siguiera en clases. Es una de las mejores estudiantes de su curso.

La última vez se fue por tres semanas a trabajar en una fábrica donde separaba envases de plástico de diferentes colores. Le pagaban 418 córdobas cada tres días.

“Pero mi mamá me dijo que ya no siguiera, porque he demostrado que voy bien en clases, aunque ahora creo que no podré subir a la promoción”, dice con la miraba baja.

Juan José Pichardo estudia en esa misma escuela. Vive cerca, pero “almuerza” a las nueve y media de la mañana para poder llegar temprano y agarrar uno de los pocos pupitres que tienen.

Prefiere pasar “dando vueltas” cerca de la escuela, antes de la una de la tarde cuando empiezan las clases, que estar incómodo escribiendo sin pupitre y sosteniendo el cuaderno con las manos.

“Si uno quiere aprender, lo hace hasta en el suelo”, dice Pichardo.

 

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