20 de mayo de 2013 | 00:00:00


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Mariano Dubón (1861-1934): protector de la niñez desvalida

Jorge Eduardo Arellano | Especiales

Mariano Dubón (1861-1934): protector de la niñez desvalida
La Banda de los Supremos Esfuerzos (1930). Cortesía / END


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El padre Mariano Dubón alcanzó fama de Santo por su humilde personalidad y consagrada protección de la niñez desvalida. Nacido en León el 12 de marzo de 1861, fue el primero de una familia numerosa: 13 hermanos. Sus padres, Liberato Dubón y Virginia Alonso, le inclinaron al sacerdocio aún niño.

Discípulo de los jesuitas

De esta manera vistió la sotana, a los 10 años, en el convento de La Recolección a cargo de los jesuitas recién llegados de Guatemala en 1871. Dos años después partía hacia Quito, Ecuador, para continuar sus estudios en compañía de otros seminaristas adolescentes: Simeón y Félix Pereira Castellón, Julio Escoto, Eudoro Reyes y Widewaldo Aráuz. Los seis retornaron a Nicaragua y aquí fueron ordenados. Mariano celebró su primera misa en la iglesia de San Felipe.

Viaje a Italia

Al poco tiempo, se marchó a Italia. En Roma, en el Pío Latinoamericano, amplió sus conocimientos teologales durante cinco años. También llegó a dominar siete idiomas: español, griego, hebreo, francés, italiano, portugués e inglés. Poseía además, una vasta cultura, y una memoria envidiable, tanto que siempre satisfacía cualquier consulta que acostumbraban a hacerle con frecuencia. Al respecto, el presbítero José Antonio Lezcano —posteriormente primer arzobispo de Managua— le llamaba cariñosamente: “Mi biblioteca”.

Vicario general

Según decreto del 18 de agosto de 1894, Dubón figuraba entre los primeros sacerdotes expulsados por el régimen de José Santos Zelaya; pero, al parecer, quedó responsable del Seminario “y tuvo que dar todas las clases que recibían los alumnos”, refiere el historiador de la Iglesia, Arturo Aguilar. A continuación ejerció, por cierto tiempo, el gobierno de la diócesis como vicario general.

Su hospicio de huérfanos

En 1899, con la ayuda de algunos vecinos, fundó un hospicio de huérfanos en la casa contigua al templo de San Juan de Dios, estableciendo en él talleres de carpintería, sastrería, zapatería y encuadernación. El mismo presidente Zelaya, auténtico anticlerical, valoró sus afanes desde el 6 de julio de 1900 cuando uno de sus ministros, Fernando Sánchez, acordó en esa fecha asignarle la suma mensual de cien pesos para su Escuela de Huérfanos. “El jefe supremo —especificaba Sánchez— ha visto con suma satisfacción la obra meritoria de usted, que tanto contribuirá a suavizar la triste condición de los huérfanos que necesitan de la instrucción primaria, de un arte o de un oficio que los habilite a ser mañana útiles ciudadanos de la patria”.

La Banda de los Supremos Esfuerzos

Luego, aprovechando el ofrecimiento del notable compositor masayés, don Pablo Vega, Dubón organizó una banda musical. Al retirarse Vega, tomó la dirección el maestro leonés don Macario Carrillo y después se hizo cargo de la batuta el maestro don Gilberto Sarria.

De aquellos muchachos protegidos por el padre Dubón, cuya vocación musical le llevó a componer varios cantos a la Virgen María, surgieron artistas consumados que llegaron a conformar la Banda de los Supremos Esfuerzos. Esta, dirigida muchos años por el hermano Agustín, de la orden de la Salle, aún existía en los años 40. Era, entonces, la banda oficial de la ciudad de León.

A partir de diciembre de 1903, a solicitud suya, llegaron seis hermanos de dicha orden para hacerse cargo del hospicio, manteniéndose el padre Dubón en un discreto segundo plano. Más tarde ocupó los curatos del Sauce y del viejo, donde levantó un edificio de dos pisos para escuela de artes y oficios. También escribió el ordo eclesiástico de la Diócesis de Nicaragua y fue maestro de ceremonias en la Catedral.

Entre los muchos niños transformados por el hospicio en hombres valiosos para la sociedad, cabe citar al político e industrial Carlos Pasos, al carpintero y líder obrerista Tranquilino Sáenz, al tipógrafo Daniel Somarriba y al escultor Ramón Izaguirre, quien estudió en Roma. El 31 de julio de 1931 Dubón cedió su establecimiento de caridad y educativo a la orden de la Salle, representada por el hermano Artemio René. Los hermanos cristianos han continuado su obra hasta nuestros días.

Varios poetas cantaron el constante ejercicio de la caridad del sacerdote leonés y su práctica evangélica del bien, como Santiago Argüello: “Padre Dubón, padre de los hijos de nadie; / hermano de los tristes, / consuelo de los enfermos; / amparo de los desvalidos; / paño de lágrimas de las familias / vergonzantes que no saben pedir; / recogemos hoy nuestro espíritu al recordar / su vida generosa y ejemplar”.

La bendición a Mariano Barreto

Las anécdotas del padre Dubón son abundantes. Una de ellas lo retrata de cuerpo entero. Después de una tempestuosa procesión ordenada por monseñor Nicolás Tijerino y Loásiga contra el escritor Mariano Barreto —cuyas beligerantes opiniones religiosas habían sido condenadas por el culto prelado—, al día siguiente el padre Dubón fue a visitar a Barreto en su hogar, acompañado por el virtuosísimo sacerdote Juan Evangelista Valle y el eminente monseñor Pompillo Peña.

—Mariano —le dijo—, nosotros no estamos de acuerdo con el escándalo que ha hecho Nicolás. Nuestro Señor Jesucristo aconsejaba la persuasión y repudiaba el escándalo. Esto que ha hecho Nicolás no construye. Si hubiera estado Simeón, no hubiera sucedido esa penosa situación de ayer.

Y a continuación, tras un diálogo a fondo con el escritor, San Mariano de Nicaragua —como lo llamó Santiago Argüello— bendijo a Mariano Barreto y a su familia. 

Su entrega a los pobres

Por su lado, Gratus Halftermeyer ha referido en la pequeña biografía que le consagró: “Sin poseer dinero dio de comer al hambriento, vistió al desnudo y dio albergue a quien no tenía. Sabemos de una persona de apellido Zelaya, criado por el padre Dubón, a quien ya hombre le dio casa propia”. Pero nada retenía para sí.

Ni siquiera se preocupaba por su traje. Poco le importaba andar con la sotana raída. Su hermano Belisario le sugirió que repusiera esa prenda con el escaso salario que devengaba como director del Almanaque de la Curia, pero el padre no le hizo caso. Unas señoras le facilitaron dinero para una sotana nueva. Más inmediatamente lo distribuyó entre los menesterosos.

—Los pobres y los huérfanos necesitan más que yo —decía.

Halftermeyer agrega: “En Granada se supo del estado valetudinario y paupérrimo del santo. Fue entonces cuando una comisión de personas de aquella ciudad, llegó a León a proponerle que se trasladara a Granada, ofreciéndole toda comodidad que melificara un tanto su vida, ya que su estado requería esmerada asistencia. Agradeció él aquella generosa propuesta, pero no la aceptó. Quería morir en su ciudad natal”.

Y así, el 17 de enero de 1934, asistido por su hermana, fallecía a los 72 años este hombre santo y sabio que nunca optó por la dignidad de canónico que le ofrecían, ni consintió figurar en la terna para escoger al obispo que repondría a Simeón Pereira y Castellón en 1923. Porque él siempre prefirió ser, franciscanamente, útil y humilde y precioso y casto.

La oración fúnebre de Azarías H. Pallais

En sus honras fúnebres, a las que asistió el Presidente de la República, Juan B. Sacasa, el presbítero Azarías H. Pallais habló en representación del obispo Tijerino: “El señor obispo de León me ha nombrado para que hable en su nombre, que Dios se lo pague. Qué disparate dirán algunos. Ya entró, pues, la vanguardia en el clero leonés. Estoy muy bien nombrado, sin embargo. Nadie tiene más derecho de hablar ante el cadáver del padre Dubón, que nosotros, los cristianos aventureros y náufragos”.

“Le hemos hecho —agregó— al padre Dubón un entierro de arzobispo, y cuántos arzobispos no son dignos de besarle los pies. Un entierro de presidente de la república, o de jefe de partido, o de magnate industrial, cuando debíamos haberle hecho un entierro parecido al Santo Entierro…”

Y continuó: “Dime, y este Mariano Dubón ¿es hombre? ¡Sí, hombre! ¿Cristiano? Sí, cristiano. ¿Sacerdote? Sí, sacerdote. ¿Justo? Sí, justo. ¿Humilde? Sí, humilde. ¿Caritativo? Sí, caritativo. ¿Paciente? Sí, paciente. ¿Piadoso? Sí, piadoso”.


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