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"Mirá Margarita: para fotos de acción subí la velocidad, poné la abertura a 5.6 con flash, así no te sale desenfocada -recomendaba Carlos Doña, “El Peinero”, legendario fotógrafo de La Prensa y fundador de El Nuevo Diario.

Y la Margarita, una chavala seria, gordita, chaparra, chela, de apellido de abolengo, agarraba la Nikormat que se compró con el dinero que ahorró en Bélgica y seguía las instrucciones con precisión de cirujana.

Era 1976. La “chavala” como aún la llama el periodista Roberto Sánchez, había llegado a La Prensa detrás de una vacante como pasante en la Redacción. Sabía que ese no era su fuerte, pues sus amigos se lo habían dicho, pero como es una testaruda, hizo el examen. Alguien en ese diario le confirmó que lo suyo no era la escritura y ella no lo recuerda ahora, pero hubo quién le propuso ser fotógrafa.

Así llegó al periodismo y más exclusivamente al fotoperiodismo, convirtiéndose en la primera mujer fotorreportera del país.

El blanco y negro la impactó

"Al comienzo tuve alguna desconfianza porque era Montealegre. Yo me pregunté: ¿y qué anda haciendo una Montealegre pretendiendo ser fotógrafa? Y me decía: Esta gordita no me va a aguantar el paso porque entonces yo no tenía esta barriga", cuenta Roberto Sánchez, quien fue uno de sus compañeros en aquellos años.

Margarita Montealegre nació en Managua, es hija de un abogado y de una cosmetóloga. Con el terremoto de 1972 se fue con sus padres a Corinto. Estando allá, una amiga le propuso irse a Bélgica a estudiar. Se fue a Europa en 1974. Anduvo de mochilera y, como siempre, haciendo amistades. A través de su amigo Carlos Henríquez se inquietó por la fotografía, pues este le mostró imágenes en blanco y negro que la dejaron asombrada.

Cómo obtuvo su Nikormat

Su primer paso para ser fotógrafa fue ahorrar para comprarse una cámara. Trabajó limpiando casas y limpiando un bar por las noches de los viernes para ahorrar dinero, y regresó al país en 1976 con su Nikormat. Luego entró a un curso sobre fotografías en blanco y negro. Botó papel una y otra vez en busca de la perfección en los claroscuros y de la amalgama de grises. Aprendió a revelar fotos… Hasta que llegó a su oído que en La Prensa había una vacante para hacer una pasantía en la Redacción.

¿Hubo resistencia cuando entró a ese ambiente donde solo había hombres?

Creo que un poco. Muchos estaban bastante incrédulos, pensaban que no iba a aguantar por el trajín, porque era mujer. Muchos me sacaban el rollo de que era de la burguesía. Que si era Montealegre, Montealegre… y me repetían mi apellido.

¿De quién aprendió?

Fue aprendiendo de ver cómo trabajaban, todos éramos empíricos. Los fotógrafos te daban tips, en eso eran súper solidarios. Fue una linda experiencia, eran fotógrafos que tenían años, además una gran experiencia en el mundo de la fotografía. Al inicio me pusieron con Roberto Sánchez, me tocaba ir a la policía, a la morgue. Ese fue mi primer encuentro con la muerte. No tenía ni idea de eso. Roberto Sánchez y Hermógenes Balladares me explicaron que había una página que se llama Sucesos y que ahí había un espacio reservado para los cadáveres que no habían sido reclamados. Danilo Aguirre me daba confianza y guiaba al hacer el trabajo. Él y Horacio Ruiz fueron buenísimos conmigo.

Cinco palabras la describen

Sonriente. Cómica. Anecdótica. Rigurosa. Leal. Son cinco palabras que describen a la perfección a Margarita Montealegre.

“Sin discusión, es una de las grandes fotógrafas del país”, sostiene Miguel Álvarez, también fotógrafo y gran amigo de ella desde hace 22 años.

Álvarez dice que no conoce a nadie en el país que sepa más de fotografía pura, de nombres, autores y tendencias. En 2004 Margarita Montealegre concluyó una maestría en fotografía en Virginia Commonwealth University, que cursó con una beca FullBright y en 2010 fue profesora invitada por la Facultad de Bellas Artes de Hampden Sydney College durante un año.

Dos mujeres

“Margarita es profunda en la fotografía. Súper rigurosa y siempre ética. Además, sabe que hay una diferencia entre ganar (dinero) y hacer un trabajo profesional”, agrega Miguel Álvarez.

La periodista Ángela Saballos califica a Montealegre como una mujer “llena de encanto”. Ellas eran las únicas dos mujeres en la Redacción de La Prensa. “No podemos decir que fue difícil (insertarnos en el diario) porque nos tenían estima, respeto. Íbamos a los lugares peores y cumplíamos”.

“Era un poco tímida y para nosotros era incómodo. Pero la chavala socó. Conmigo anduvo en momentos bien duros. Le guardo un gran cariño, nunca se me echó para atrás, demostró una gran decisión, valentía. Me encantó trabajar con ella”, relata Roberto Sánchez.

Fotografió a históricos personajes

“Martha Foto”. En la calle aún la llaman por el seudónimo que adquirió al integrarse de lleno a las filas del Frente Sandinista, donde se destacó como fotógrafa y como el contacto con los periodistas en el Frente Interno.

En la década de los 80, le fueron encargadas diversas labores. En esas, fotografió a Jimmy Carter, Francois Mitterrand, Felipe González, Fidel Castro, el Rey Juan Carlos, Muamar el Gadafi y el papa Juan Pablo II, entre otros. Y así conoció el país. En los 90 entró al mundo académico. Cada año junto con el fotógrafo Esteban Félix, fotografía a quinceañeras con cáncer durante una celebración organizada especialmente para ellas.

Margarita Montealegre es una gran conversadora. Una mujer que se ríe de las adversidades y que hoy cuenta entre carcajadas los momentos complicados que le tocó vivir.

“Cuando empezaron los brotes de la contra, me fui movilizada en un batallón a Ayapal. Solo habíamos dos mujeres, una muchacha de La Concha y yo. Ella era alta, morena y trabajaba en el sistema de salud. Al jefe yo le decía el Chintano porque le faltaban los dientes centrales. Una vez vengo de lavar mi ropa del río, y tronando los dedos el Chintano me queda viendo y grita: ¡Que se incorpore la gorda! Yo todavía me quedo pensando: ¿me está hablando a mí?”.

La obcecación del Chintano

Resuenan sus carcajadas y sigue la historia: “Empezó un peregrinaje. Cuatro días caminando. Mientras yo pasaba el río, el Chintano me miraba desde lo más alto y decía: Estoy viendo si la gorda aguanta. Yo no me iba a quedar. Arrastrada llegaba, pero llegaba, no le iba a dar el gusto que dijera ‘la gorda se quedó’. El Chintano siempre decía: Imaginate vos, mandaron a esa gorda, esa mujer de la ciudad. Algunos hombres le decían que se calmara, que tenía una obsesión conmigo. Yo lo hago broma, pero eso va forjando tu personalidad y te vas protegiendo de escenas de machismo bien fuerte”.

Tras la reflexión, Margarita Montealegre ha dejado de carcajearse y sonríe sentada desde su estudio, un sitio lleno de cuadros con fotografías en blanco y negro que refleja esa, su gran pasión.

Valiente y decidida

“Era un poco tímida y para nosotros era incómodo. Pero la chavala socó. Conmigo anduvo en momentos bien duros. Le guardo un gran cariño, nunca se me echó para atrás, demostró una gran decisión, valentía”

Roberto Sánchez Ramírez, periodista