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Salvadora Navas siempre ha sido buena para platicar. Puede pasar horas y horas conversando. También desde pequeña agarraba todo lo que caía en sus manos para leerlo. Supo de su vicio de leer cuando pasaba más tiempo “pegada” a los libros, sin hablar con nadie.

Así que no le extraña que la vida la convirtiera en editora --y no una editora cualquiera, sino la impulsora de una marca, Anamá, que es sinónimo de apoyo a la literatura nacional--, y en fundadora de la desaparecida Librería El Parnaso, un centro de reunión cultural que marcó a una generación de estudiantes universitarios.

Aunque su hijo vive en Berlín, Alemania, no se siente sola, pues está arropada por un pequeño equipo en su casa, sede de la editorial, y por los libros. “Que me falte cualquier cosa, menos un libro”, comenta sonriente.

Dicen que el mejor retrato de un editor es su catálogo. A veces basta con un libro. Salvadora Navas tiene en su editorial a los escritores más famosos del país. Pero asegura que son ellos quienes han “ayudado” a que Anamá exista.

La creación de esta editorial surgió tras el capítulo más triste de su vida. La página del libro que decidió arrancar de su historia. Pero que tuvo como consecuencia los momentos más felices al lado de su amor por los libros.

“Es un capítulo hermoso, porque se juntaron amigos como Lizandro Chávez Alfaro, Gioconda Belli, Ernesto Cardenal, Vidaluz Meneses y María López Vigil para ayudarme a crear Anamá”, recuerda.

Con la humildad que la caracteriza, comenta que estos “grandes escritores”, pero también “grandes amigos”, le donaron sus derechos de autor y pusieron sus obras a disposición para que empezara a publicar en 1993.

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En 1990, tras la derrota de la Revolución Sandinista, Navas dice que se sintió desconcertada. Lo primero que se le ocurrió fue trabajar en algo que le gustara y que mantuviera su chispa revolucionaria y proletaria viva. Quería hacer algo…

Y ese “algo” fue vender libros. Agarró su pequeña camioneta Lada y se puso a vender libros en la acera de la Universidad Centroamericana, UCA. Poco tiempo después visitó al entonces rector de este centro de estudios, César Jerez, quien le cedió el alquiler de la librería. Allí estuvo dos años hasta que decidió alquilar su propio espacio y comenzar el proyecto que marcaría su vida.

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Todos en el mundo editorial centroamericano conocen a Salvadora Navas. Ella saluda a quien se le acerca, pero es convencida de que su trabajo es más un deber. Aportar algo a la sociedad a través de la lectura. Actualmente se desempeña como presidenta de la Cámara Nacional del Libro.

“Creo que uno nace con ciertas pasiones, la pasión por el libro no te la da nadie, la adquirís muy niña. Era una lectora sin dirección, pero que leía todo lo que llegaba a mis manos, es algo que no lo puedo explicar con palabras”.

Lo de la editorial lo tuvo más claro. Tras estudiar para eso en Alemania, empezó a trabajar en lo que siempre quiso. La editorial funciona con un “criterio crítico, revolucionario”. Es decir: libros elegidos con los lentes de la cultura y no con los de la economía.

Su vínculo con la cultura empezó cuando en agosto de 1979 inició a trabajar en el Ministerio de Cultura como recepcionista. Allí conoció a muchos artistas. También recibió el apoyo para buscar la beca que la llevaría a Alemania a estudiar formación editorial.

“Tuve la oportunidad de tener maestros que me exigieron mucho, porque dicen que quien te quiere enseñar, te exige”, relata.

Cuando volvió a Nicaragua, regresó al Ministerio de Cultura a trabajar como directora de editorial La Ocarina. Desde esa nueva tribuna ayudó a organizar las dos ferias del libro más importantes que ha tenido el país.

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Mañana parto de nuevo a Managua/Tengo cita en la librería Parnaso/Quedé con unas cuantas muchachas/Que trabajan en un night club/Quieren llevarme a bailar/Me van a enseñar palo de mayo…

Así empieza la canción “Palo de Mayo”, compuesta por el músico español Enrique Bunbury, exintegrante de la banda Héroes del Silencio, a quien Salvadora Navas atendió en la desaparecida librería, ubicada frente a la UCA, sin saber que era el famoso artista.

 

“Soy mucho mayor que él, lo vi entrar a la librería y no sabía ni quién era, llegó donde estaba yo preguntando por libros del poeta Ernesto Cardenal, porque es muy fanático de su poesía”, dice.

Navas, que en ese entonces se escapaba de su trabajo de edición de libros para atender a los clientes, empezó a mostrarle todos los libros que Anamá había publicado del poeta nicaragüense.

Sin embargo, de pronto varias jovencitas entraron a la librería y empezaron a gritar: “Bunbuuury, Buuuunbury”.

“Hasta ese momento supe quién era el hombre con el que hablaba de poesía. Aunque yo buscaba a alguien más dentro de la librería”, explica sonriendo.

Cuando supo que había hecho una canción donde mencionaba a su librería se emocionó. Alguien le había “hecho justicia” y también “inmortalizó” su proyecto.

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Por salud decidió cerrar la librería, aunque formó parte de una época bella de su vida, donde marcó a muchos jóvenes universitarios que pasaron por allí.Decidió enfocarse solamente en el mundo editorial.

Con su manía de hablar mucho, se salía de su oficina a atender a los clientes y se quedaba dos o tres horas en la librería. Al final del día tenía casi todo el trabajo como editora acumulado y se quedaba hasta la madrugada a terminarlo. Dormía solo tres horas al día.

“Quedaba cansada. Decidí que ya no podía continuar así. Me estaba acabando, pero con placer, sabía que estaba mal pero lo disfrutaba”, admite.

Ya enfocada en la editorial, ha logrado publicar 270 títulos. Es la editora de libros más famosa de Nicaragua. En su editorial, Anamá Ediciones, ha publicado a las grandes firmas nacionales: Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Ernesto Cardenal.

Con terquedad defiende “a muerte” que Nicaragua es un país de lectores. Ella sigue promoviendo ferias de libros. Para ella la parte económica nunca ha sido primordial.

“Ganar lo que es necesario. No me gustan los lujos porque no los necesito, tengo lo que me hace feliz”, sostiene.

Ella solo economiza en calorías. Nunca desayuna. “No es por dieta”, explica. “Simplemente en la mañana no me da hambre”.

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Salvadora Navas no para de agradecer. A la vida, a los amigos, a todos los que la han apoyado. Recientemente le informaron que el Gobierno de Francia la distinguirá con la Medalla de Caballero de la Legión de Honor, la más importante distinción francesa.

La labor de editora le ha dejado muchos amigos. Aunque sabe que a veces decirle a un escritor: “Ve, tenés que volver a trabajar cierta parte de un libro”, causa enojos en algunos. Después de tantos años de trabajar en este oficio, ha aprendido a hacerse amiga de los escritores.

Uno de sus grandes amigos fue el fallecido escritor guatemalteco Franz Galich, quien vivió muchos años en Nicaragua y al que le publicó la novela “Managua Salsa City (Devórame otra vez)”.

A él siempre le pidió que la llevase al “Callejón de la Muerte” y al club “Aquí Polanco”, donde se desarrollaban parte de las tramas de sus novelas.

“Yo le decía que me llevara, si era necesario me vestía de hombre, pero nunca quiso porque eran lugares peligrosos, pero yo sentía que ya había estado allí, en esos lugares, por la lectura de sus libros”, dice.

Nunca la llevó. Después de la muerte de su incondicional amigo se fue sola al callejón en el Mercado Oriental. “Al club de mujeres desnudas no fui”, cuenta sonriente.

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