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Hace un año, el primer ministro Narendra Modi llegó al poder prometiendo generar en India “buenos tiempos”, por lo cual se refería a empleos, prosperidad y prestigio internacional. Su progreso ha sido frustrantemente lento.

El problema difícilmente es la falta de oportunidad. Los votantes dieron a su Partido Bharatiya Janata el mayor mandato parlamentario para el cambio en 30 años. Modi ha concentrado más poder en sus propias manos que cualquier primer ministro en la historia reciente. El problema es que India necesita una transformación y la tarea es demasiado grande para una orquesta de un solo hombre.

No hay duda de la convicción de Modi de que India está a punto de lograr la grandeza, y bien podría tener razón. Dentro de una generación se convertirá en la nación más poblada del planeta. Pudiera ser una de las tres economías más grandes del mundo y pudiera ejercer más influencia en las relaciones internacionales que en cualquier momento en su historia.

Sin embargo, en el fondo, el primer ministro cree que solo un hombre está destinado a conducir a India por este camino: Narendra Damodardas Modi.

Rápido crecimiento

Mucho ha salido bien, aunque parte del mérito es de la casualidad. Ayudado por los declinantes precios del petróleo, Modi ha presidido una economía que mejora. La inflación ha bajado, las tasas de interés están descendiendo, la rupia está estable y los déficits fiscal y de cuenta corriente están cayendo. Los especialistas en estadísticas oficiales afirman que el crecimiento de India, de 7.5 por ciento, supera al de China, lo que significa que el país es la economía grande de más rápido crecimiento del mundo. La inversión directa extranjera ha aumentado y también las visitas del primer ministro al extranjero, donde proyecta una figura impresionante.

Modi tiene un historial cuestionable en el manejo de las disputas religiosas. Sin embargo, aunque no controla a los bravucones extremistas hindúes que lo respaldan, hasta ahora no se han materializado los temores de algunos observadores de una grave violencia comunal.

Cuando se trata de la reforma, sin embargo, el historial de Modi es poco impresionante. En el último año se dieron subastas de depósitos de carbón. En los últimos días se han producido los más pequeños pasos hacia la privatización: Ocho hoteles estatales podrían ser vendidos. Modi señala que los extranjeros podrían invertir ahora más en ferrocarriles, seguros y defensa.

Está reduciendo el papeleo para crear un clima empresarial más amigable. Los indios más pobres recibirán cada vez más beneficios en efectivo, no raciones baratas en especie: desde abril, el plan de transferencia de efectivo más grande del mundo ha reemplazado a las bombonas de gas para cocinar artificialmente baratas. Los subsidios masivos al diesel han sido eliminados, y deberían seguirles los de la parafina. Al alentar a la gente a abrir 150 millones de nuevas cuentas bancarias, vinculadas a una base de datos biométrica de 850 millones de personas hasta ahora, el gobierno está creando una estructura para ofrecer un mejor alivio a la pobreza.

Los errores

Aunque todo esto es bienvenido, subestima a India. Modi está cometiendo dos errores.

El primero es pensar que el tiempo está de su lado y que las grandes decisiones impopulares pueden esperar, quizá hasta que él tenga control de la cámara alta del Parlamento, así como de la baja. Eso se basa en una ilusión entre los líderes indios de que deben consolidar su poder primero y reformar después. De hecho, solo existe un breve periodo en el cual el cambio puede ser puesto en marcha, al inicio del mandato parlamentario.

Modi ya enfrenta manifestaciones de descontento popular. Malhumorados votantes rechazaron a su partido en las elecciones estatales en Delhi. A algunos les disgusta la atención que pone en la diplomacia exterior –esta semana realizó un viaje a China, Mongolia y Corea del Sur, completando 52 días en el extranjero visitando 18 países durante el último año–, mientras que a otros les desanima su narcisismo, avergonzados de que se reuniera con el presidente Barack Obama usando un traje oscuro con las 22 letras de su nombre bordadas una y otra vez en las rayas diplomáticas doradas del casimir. Mientras adopta medidas enérgicas contra grupos como Greenpeace, algunos se quejan de su vena autoritaria.

El segundo error es que Modi piensa que solo él puede producir el cambio. Por el contrario, la única manera de que realice sus intenciones es incorporando ayuda. Esa ayuda pudiera provenir de tres fuentes principales: los estados de India, otros políticos nacionales y el poder del mercado.

Impuestos

Ha dado el primer paso devolviendo cierto poder a los estados. La idea es crear un auge manufacturero, aunque eso, como mínimo, también requeriría cambios más amplios en la forma en que se compran las tierras, se contrata la mano de obra y se construyen las carreteras. A medida que compitan por establecer prioridades para sus políticas y su gasto, los estados dinámicos se convertirán en modelos para el resto. Las buenas políticas serán recompensadas a través de un impuesto nacional a los bienes y servicios que crea un mercado común, y por tanto competencia, en toda India. Modi quiere el impuesto para el próximo abril, como se prometió, aunque el parlamento lo retrasó recientemente. Entre más pronto, mejor.

Desafortunadamente, la política nacional está muy rezagada respecto de los estados. Modi no puede suponer alegremente que su poder crecerá. La oficina del primer ministro no puede ampliarse para hacerlo todo. Es hora de relanzar su gobierno incorporando talento externo.

El sector privado

Como el gobierno anterior, Narendra Modi debería atraer a personas brillantes del sector privado –especialmente porque en el PBJ escasean los líderes capaces– para fortalecer, digamos, al Ministerio de Finanzas y al Ministerio de Asuntos Corporativos. En el parlamento, Modi pudiera alcanzar en ocasiones acuerdos con el opositor Partido del Congreso, para apresurar el impuesto sobre las ventas, por ejemplo, o hacer más sencilla la compra de tierras.

Por último, necesita usar a los mercados como agentes del cambio. Modi debería encabezar una campaña nacional para relajar las peores leyes laborales del mundo. Deberían desaparecer las restricciones perversas sobre el comercio nacional en productos agrícolas. Las compañías privadas pudieran competir para hacer más eficientes a los ferrocarriles. Debe construirse infraestructura más rápidamente, lo cual requiere una ley mejor para la adquisición de tierras. Los bancos estatales ya no deberían estar sujetos a la intromisión política, sino ser recapitalizados y puestos en manos independientes, idealmente privadas.

Inversionistas extranjeros pudieran elevar los estándares en las universidades indias. En todo el sistema educativo tristemente malo, existe la necesidad de enfocarse en la excelencia en la enseñanza y los estándares, allanando el camino para más proveedores privados.

Modi actúa como si muchas mejoras pequeñas pudieran sumarse para producir logros transformadores. No lo hacen. Sigue pensando como el ministro en jefe de Gujarat, no como un líder nacional con la misión de volver a India rica y fuerte.
Si él desea transformar a su país, la orquesta de un solo hombre de India necesita una nueva melodía.

7.5% es el crecimiento de la economía de la India, superando al de China.

150 millones de cuentas bancarias quiere el gobierno que abra la población de la India.

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