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Fue maravilloso mientras duró. Durante gran parte de este siglo, Latinoamérica vio un crecimiento económico vigoroso, una gran caída en la pobreza y un engrosamiento de las clases medias.

Ahora, los buenos tiempos han terminado. Los mercados emergentes en todas partes están bajando como un soufflé puesto a enfriar, pero Latinoamérica se ha puesto fría como el hielo.

El Fondo Monetario Internacional espera un crecimiento de solo 0.9 por ciento en 2015, el cual sería el quinto año sucesivo de desaceleración.
Muchos economistas están hablando de una nueva normalidad del crecimiento de solo alrededor del 2 por ciento al año, menos de la mitad del ritmo de la región durante el auge.

¿Qué salió mal? La respuesta corta es que el grandioso superciclo de las materias primas desencadenado por la industrialización de China ha terminado. Las crecientes exportaciones de minerales, soya y combustibles impulsaron a muchas economías sudamericanas. Sin ese estímulo, la región ha convergido a la baja hacia la tasa de crecimiento a largo plazo de 2.4 por ciento de México, que no es un gran exportador de materias primas.

Peor aún, la bonanza de las materias primas provocó distorsiones que podrían limitar las nuevas fuentes de crecimiento. Muchas divisas latinoamericanas se sobrevaluaron, afectando a la competitividad de las empresas no dedicadas a las materias primas. El consumo aumentó y la inversión cayó. Mientras Asia construía fábricas, Latinoamérica erigía centros comerciales.

El resultado neto no es totalmente negativo. Los anteriores auges de materias primas latinoamericanos ineludiblemente terminaron en crisis financieras. Esta vez solo los países que, como Venezuela, han repetido los antiguos errores --populismo fiscal, proteccionismo e intromisión gubernamental-- enfrentan una crisis. La mayor parte de la región se ha vuelto más resiliente después de años de políticas macroeconómicas responsables, con bancos más fuertes y deuda pública más baja.

Prioridades

Para un continente metido en el ciclo de auge y crisis, la resiliencia no es desdeñable. Sin embargo, no asegurará un crecimiento más rápido que perdure. Para enriquecerse, Latinoamérica debe estimular su abismalmente baja tasa de crecimiento de la productividad y diversificar sus economías. Eso, a su vez, significará ir más allá del gastado debate ideológico entre mercado y Estado que sigue fastidiando a la política de la región.

Latinoamérica necesita mercados que funcionen mejor, con más competencia, y gobiernos mucho más inteligentes.

Empecemos con la productividad. En 1960, la eficiencia con la cual Latinoamérica combinaba capital y mano de obra era de tres cuartas partes la de Estados Unidos. Ahora es ligeramente más de la mitad. Las causas obvias de esta brecha son la falta de transporte, la escasez de innovación, una carencia de habilidades y un sector informal inflado.

Hacer frente a eso requerirá más que simplemente educación e infraestructura. La falta de políticas de vivienda y planificación urbana adecuadas, por ejemplo, significa que muchos trabajadores deben pasar horas al día trasladándose. Muchos no se molestan, prefiriendo establecer negocios de subsistencia en su propio patio trasero.

De manera similar, mejorar el servicio de guarderías infantiles o enfrentar la delincuencia violenta impulsarían el crecimiento al permitir que las mujeres busquen un trabajo más productivo y reduciendo la extorsión que disuade a las empresas de ampliarse.

La segunda prioridad es tomar en serio la integración regional. Las economías se vuelven más diversificadas y sofisticadas cuando sus empresas se unen a cadenas de suministro regionales.

Ese proceso ha impulsado el crecimiento del este asiático y el del norte de México --aunque no de su región sur-- gracias a sus vínculos con Estados Unidos.

  • Latinoamérica necesita mercados que funcionen mejor, con más competencia y gobiernos mucho más inteligentes. La integración regional es un punto clave.

Mercosur, un punto de partida

Reformas • En Sudamérica, demasiados líderes hablan sobre la unidad mientras practican el proteccionismo. Un buen inicio sería convertir al Mercosur, creado en torno a Argentina y Brasil, de una unión aduanal en gran medida de ficción a una adecuada área de libre comercio basada en reglas.

Ninguna de estas reformas rendirá frutos rápidamente. Ninguna será fácil de llevar a cabo, especialmente dado que muchos presidentes de la región son impopulares y sus gobiernos están manchados por la corrupción.

Sin embargo, sin las cosechas fáciles del auge, el trabajo duro de las reformas estructurales es la única manera de estimular el crecimiento y el bienestar. Entre más pronto se den cuenta sus líderes de eso, mejor para las perspectivas de la región.

 

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