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Es como una alucinación inducida por el hachís: fila tras fila de exuberantes plantas en ciernes, atendidas por técnicos en batas blancas que son molestados por las autoridades solo cuando es hora de pagar sus impuestos. La marihuana alguna vez se cultivó en secreto, siendo vendida por cárteles homicidas y fumada por consumidores que se arriesgaban a ir a la cárcel. Ahora, países en todo el mundo han autorizado el uso de la droga para propósitos médicos y algunos han ido aún más lejos. Hasta ahora, cuatro estados estadounidenses han legalizado su uso recreativo y al pequeño Uruguay pronto se le unirá el gran Canadá, miembro del G7, en el club de la marihuana legal.

Los parlamentos desde México hasta Sudáfrica están debatiendo sus propias reformas.El cannabis representa la mitad del mercado de narcóticos ilegales.

Quienes han argumentado que la legalización es mejor que la prohibición darán la bienvenida al fin de la inútil guerra contra la hierba. El cannabis representa casi la mitad del mercado de narcóticos ilegales de 300,000 millones de dólares y es la droga favorita para la mayoría de los 250 millones de usuarios de drogas ilícitas del mundo. La legalización priva al crimen organizado de su mayor fuente de ingresos, mientras protege a los consumidores y los convierte en ciudadanos honestos.

REDACTAN LEYES

Sin embargo, la revocación de la prohibición marca solo el inicio de complejas discusiones sobre cómo regular el cannabis. Lo que suena como detalles para los burócratas —cómo gravarla, cuáles variedades permitir, quién debería venderla y a quién— son preguntas que obligan a los formuladores de políticas a decidir cuál de los objetivos en conflicto de la legalización valoran más. Pioneros como Canadá están redactando leyes que el resto del mundo copiará y, una vez promulgadas, serán difíciles de desarraigar. Si estas decisiones funcionan, será lo que finalmente determine si la legalización tiene éxito o fracasa.

Pioneros como Canadá están redactando leyes para regular las drogas que el resto del mundo copiará y, una vez promulgadas, serán difíciles de desarraigar.

Los proponentes de la legalización son una extraña mezcla de libertarios, quienes quieren maximizar la libertad personal y comercial, y conservadores, quienes comprenden que la prohibición es menos efectiva que la legalización y regulación pragmáticas. Los hippies e intransigentes crearon una alianza poderosa a favor de la legalización. Sin embargo, cuando se les pide que digan exactamente cómo debería funcionar el comercio de cannabis —en qué tasa establecer los impuestos o si colocar límites al consumo, por ejemplo— pueden encontrarse enfrentados.

Los libertarios podrían preguntar por qué el cannabis, del cual no se conoce una dosis letal, debería estar regulada para los adultos que pueden tomar decisiones libres e informadas.

LAS PREOCUPACIONES

Hay dos razones para preocuparse. Primero, el cannabis parece inducir la dependencia en una minoría de los usuarios, lo cual significa que la decisión de si prender un cigarro de marihuana no siempre es libre. Segundo, la ilegalidad del cannabis significa que la investigación sobre sus efectos a largo plazo es vaga, así que incluso la decisión más informada se basa en información incompleta. Cuando las decisiones no son  libres ni totalmente informadas, el Estado tiene justificación para alejar a los consumidores de la droga, como lo hace con el alcohol y el tabaco.

De ahí que los libertarios deban ceder terreno. Los estados pueden gravar a los usuarios para disuadir el consumo, aunque no tanto como para hacer que los consumidores recurran primero al mercado negro no gravado. El nivel “correcto” de impuestos dependerá de las circunstancias de un país. En Latinoamérica, donde el abuso es raro y el mercado negro es cruento y poderoso, los gobiernos deberían mantener los precios bajos. En el mundo rico, donde el uso problemático es más común y los vendedores de drogas son una molestia más que una amenaza para la seguridad nacional, los precios pudieran ser más altos.

EL MODELO DE EE.UU.

Un modelo es Estados Unidos después de la prohibición: al principio se establecieron bajos los impuestos al alcohol, para desplazar a los traficantes. Posteriormente, cuando la mafia desapareció, fueron elevados.

Un intercambio similar aplica al decidir cuáles productos permitir. El cannabis ya no significa solo cigarros de marihuana. Los emprendedores legales han creado alimentos y bebidas mezclados con marihuana, llegando a clientes que podrían haber evitado fumar la droga. Se ofrecen “concentrados” ultrafuertes para ser inhalados o ingeridos.

Los comestibles y tipos más fuertes ayudan a sacar del negocio a los vendedores ilegales, pero también corren el riesgo de alentar a más personas a consumir la droga, y en formas más fuertes. El punto de partida debería ser legalizar solo lo que ya está disponible en el mercado negro. Eso significaría poner un tope o gravar la potencia, al igual que los licores tienen impuestos más altos y están menos disponibles que la cerveza. De nuevo, la combinación variará. Europa podría ser capaz de prohibir los concentrados, pero Estados Unidos ya los ha probado. Si el producto fuera proscrito ahí, la mafia felizmente entraría al quite.

LO QUE FALTA

En cierto aspecto, los gobiernos deberían ser decididamente intolerantes. La publicidad está en gran medida ausente en el bajo mundo, pero en el mundo legal pudiera estimular una nueva demanda enorme. Debería prohibirse.

Asimismo, deberían proscribirse los empaques y productos atractivos, como los dulces de cannabis que atraerían a los niños, al igual que muchos países prohíben los cigarrillos de sabores y los dulces envinados.

El Estado debería usar el sistema fiscal y la educación pública para promover las formas menos dañinas de drogarse.

El mercado legal ya ha creado la respuesta de la marihuana al cigarrillo electrónico, lo cual reduce el daño que hace el humo a los pulmones.

Agencias federales en deuda

EXIGENCIA• En Estados Unidos, la prohibición federal sobre la marihuana significa que la tarea de redactar sus primeras regulaciones ha recaído en servidores públicos abrumados de trabajo en algunos estados pequeños. Probar la potencia, establecer límites para la conducción automovilística segura y solucionar cientos de enigmas más no es más fácil cuando las agencias federales que normalmente les aconsejarían —como la Agencia de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés), el regulador farmacéutico más avanzado del mundo— no están haciendo nada. La ausencia de frenos federales a la publicidad de la marihuana significa que la droga sea más ampliamente promovida que el tabaco, por compañías que alegan la Primera Enmienda. La política del gobierno federal de esperar y ver suena prudente, pero de hecho es irresponsable.

Quienes hacen campaña a favor de la legalización necesitan ajustarse también a la nueva realidad. Quienes preferirían prohibir la droga deberían dejar de darse de topes contra la pared por la prohibición y empezar a hacer campaña a favor de versiones de legalización que hagan menos daño, de la misma forma que el movimiento por la sobriedad de hoy cabildea por impuestos más altos al alcohol, en vez de una prohibición.

Los partidarios de la legalización, mientras tanto, deberían abrir los ojos ante el hecho de que la industria de la marihuana legal, que hasta ahora solo ha tenido que resultar más respetable que los criminales organizados, necesita tanto escrutinio como las otras industrias del “pecado” que defienden su terreno celosamente. En vez de un día tener que enfrentarse a un Gran Cannabis, sería mejor sembrar una política correcta desde el principio.

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