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Excepto por un breve periodo alrededor de inicios de este milenio, la productividad ha crecido con dolorosa lentitud en los países ricos durante las últimas cuatro décadas; un factor que, según los economistas, ha contribuido al estancamiento de los salarios. La productividad laboral en Estados Unidos cayó a un asombroso ritmo anual del 2.2 por ciento en el cuarto trimestre de 2015. El crecimiento de 0.6 por ciento durante el año en general fue mejor, pero difícilmente impresionante.

Las explicaciones ortodoxas para el problema tienden a caer en una de tres categorías. La primera, defendida por Robert Gordon, un economista de la Universidad del Noroeste en Evanston, Illinois, sugiere que la humanidad se ha quedado sin grandes ideas. Los recientes avances tecnológicos, continúa el argumento, carecen del poder transformador de los inventos del siglo XIX y principios del XX. La electricidad y las tuberías interiores, en opinión de Gordon, alteraron la vida de las personas en una forma mucho más fundamental que la revolución digital. Nos prometieron autos voladores, por parafrasear al capitalista aventurero Peter Thiel, pero terminamos más bien con redes sociales.

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Sin embargo, hay varias incongruencias en esta historia. Los avances recientes en la inteligencia artificial y la robótica parecen al menos tan transformadores como los logros en el software y la computación que impulsaron el auge en la productividad a fines de los años 90. La amplitud de la desaceleración de la productividad también representa un problema para la tesis de Gordon. El crecimiento de la productividad ha caído no solo en el mundo rico, sino también en países en desarrollo como México y Turquía, que deberían poder estimular la eficiencia fácilmente por medio de la adopción de la tecnología impulsora de la productividad que ya está en uso en lugares más ricos.

Algunos optimistas argumentan más bien que el problema es de medición. El progreso tecnológico a menudo eleva la productividad en formas que las agencias de estadísticas no detectan fácilmente. El declinante costo de los medios digitales, de los cuales enormes cantidades de hecho son gratuitas, reduce el PIB calculado, por ejemplo. Mientras tanto, las enormes mejoras en la calidad de productos como los smartphones pueden ser difíciles de capturar para las agencias de estadísticas.

No obstante, la mala medición probablemente desempeña un papel pequeño en la desaceleración. Chad Syverson de la Universidad de Chicago estima que la caída en la productividad ha costado a Estados Unidos unos 2.7 billones de dólares en producción perdida desde 2004, o unos 8,400 dólares por cada estadounidense. Esto es mucho más que la mayoría de las estimaciones de las ganancias no calculadas debidas a la tecnología de la información.

Nueva investigación presentada en el Instituto Brookings, un grupo de análisis basado en Washington, por David Byrne y John Fernald de la Reserva Federal y Marshall Reinsdorf del Fondo Monetario Internacional sugiere que hay poca razón para pensar que los datos oficiales son peores ahora de lo que eran a fines de los 90. Cuando el crecimiento de la productividad calculado era mucho más alto. En realidad, los datos deben haber mejorado, ya que los smartphones y las computadoras que dan tales dolores de cabeza a los estadísticos ya no se producen en el mundo rico.

Una tercera posibilidad más inquietante es que las economías ricas en osificación están empeorando en el traslado de personas de las compañías obsoletas y las ciudades estancadas a otras más productivas. En Estados Unidos, por ejemplo, la tasa de formación de empresas emergentes ha caído constantemente desde fines de los 80, según un trabajo de Jorge Guzmán y Scott Stern del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Eso no es tan desconcertante como suena: los autores concluyen que la economía estadounidense sigue produciendo muchas del tipo de compañías correctas, con mucho potencial de crecimiento.

Lo inquietante, sin embargo, es que menos de esas empresas parecen hacerse grandes. Unas cuantas empresas emergentes de alto crecimiento representan la mayoría de los nuevos empleados creados en el sector privado. No obstante, durante los últimos 15 años, las compañías de alto crecimiento de Estados Unidos no han crecido mucho más rápidamente que sus similares más lentas.

Pudiera culparse a las declinantes presiones competitivas. Es cada vez más probable que las compañías rentables guarden en el banco sus ingresos en vez de invertirlos de nuevo en el negocio. La regulación también podría ser un problema. Guzmán y Stern encuentran que el potencial emprendedor en algunos lugares, como San Francisco y sus alrededores, es mucho más grande que en otros, como Detroit.

Las restricciones a la construcción ayudan a limitar el movimiento de personas de lugares estancados a otros dinámicos. Un estudio publicado en 2015 por Chang-Tai Hsieh de la Universidad de Chicago y Enrico Moretti de la Universidad de California en Berkeley sugirió que, si fuera más fácil construir en y alrededor de San Francisco, y por tanto más barato vivir ahí, el empleo en el área ascendería en más de 500 por ciento, mientras que muchas ciudades en las zonas manufactureras deprimidas casi se desvanecerían.

Algunos economistas, como João Paulo Pessoa y John Van Reenen de la Escuela de Economía de Londres, estiman que los bajos salarios británicos, que cayeron durante la Gran Recesión, ayudan a explicar el débil crecimiento en la productividad durante la subsecuente recuperación, ya que las compañías han sentido menos presión para economizar. De manera similar, la mano de obra abundante y barata podría ayudar a explicar cómo la economía estadounidense se las ha ingeniado para producir la inusual combinación de empleo creciente y crecimiento salarial débil en los últimos años.

Al permitir que las economías operen con mucha inactividad en el mercado laboral y al depender de los salarios declinantes para impulsar la competitividad, los gobiernos han permitido a las compañías hacer un uso negligente de la mano de obra de bajos salarios. Al priorizar un regreso al empleo pleno, los políticos pudieran dar un muy necesario empujón a los salarios y la productividad.

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