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Estados Unidos era la tierra de la oportunidad y el optimismo. Ahora la oportunidad es vista como el terreno de la élite: dos terceras partes de los estadounidenses creen que la economía está sesgada a favor de los intereses creados. El optimismo se ha convertido en enojo. La furia de los votantes alimenta las insurgencias del desarrollador Donald Trump y el senador Bernie Sanders (demócrata de Vertmont) y debilita a los políticos del sistema como la exsecretaria de Estado Hillary Clinton.

Las campañas han encontrado muchas cosas a las cuales culpar, desde los acuerdos de libre comercio hasta a la imprudencia de Wall Street. Sin embargo, ha sido pasado por alto un problema del capitalismo estadounidenses: una corrosiva falta de competencia. El secreto feo de las compañías estadounidenses es que la vida en casa es mucho más fácil: sus rendimientos sobre el capital son 40 por ciento más altos en Estados Unidos que en el extranjero. Las utilidades nacionales agregadas están en niveles casi récord en relación con el PIB. Estados Unidos está destinado a ser un templo de la libre empresa, pero no lo es.En Silicon Valley siguen de cerca la nueva era de big data y los robots.

Probabilidades

Las altas utilidades podrían ser un signo de las innovaciones brillantes o las inversiones a largo plazo sensatas, si no fuera por el hecho de que son sospechosamente persistentes. Una empresa estadounidense altamente rentable tiene una probabilidad de 80 por ciento de seguir siéndolo 10 años después. En los años 90, la probabilidad era de solo un 50 por ciento. Algunas compañías son capaces de la excelencia sostenida, pero la mayoría esperaría ver desaparecer sus utilidades debido a la competencia. Las empresas dominantes de hoy encuentran más fácil sacar provecho por más tiempo.

Se podría pensar que los votantes estarían felices de que sus patrones estén prosperando. Sin embargo, si las altas utilidades no son reinvertidas, o gastadas por los accionistas, pueden
desalentar la demanda. El exceso de efectivo generado internamente por las empresas estadounidenses más allá de sus presupuestos de inversión está alcanzado los 800,000 millones de dólares o 4 por ciento del PIB. El sistema fiscal les alienta a dejar sus utilidades extranjeras fuera del país. Las utilidades anormalmente altas pueden empeorar la desigualdad si son resultado de precios persistentemente altos o salarios deprimidos. Si las compañías de Estados Unidos redujeran los precios de manera que sus utilidades estuvieran en niveles históricamente normales, las cuentas de los consumidores serían 2 por ciento menores.

Juegos amañados

Si los elevados ingresos no están atrayendo a nuevos participantes, eso podría significar que las compañías están abusando de sus posiciones de monopolio o usando el cabildeo para sofocar a la competencia. El juego en realidad podría estar amañado.

Una respuesta a la era de la híper rentabilidad sería simplemente esperar. La destrucción creativa toma tiempo: episodios anteriores de utilidades pico --por ejemplo, a fines de los años 60-- terminaron abruptamente. Los evangelistas de Silicon Valley creen que una nueva era de big data, bases de datos distribuidas y robots está a punto de recortar los gruesos márgenes del Estados Unidos corporativo. En los últimos seis meses, los ingresos de las compañías cotizadas en bolsa han disminuido un poco, conforme el petróleo barato ha afectado a las empresas energéticas y un dólar fuerte ha perjudicado a las multinacionales.

Desafortunadamente, los signos indican que las compañías dominantes se están atrincherando más, no menos. Microsoft está registrando el doble de las utilidades que tenía cuando reguladores antimonopolio tomaron como blanco a la compañía de software en 2000.

Gasto en cabildeo

El análisis de The Economist de los datos del censo sugiere que dos terceras partes de las alrededor de 900 industrias de la economía se han vuelto más concentradas desde 1997. Una décima parte de la economía está a merced de un puñado de compañías, desde los alimentos para perros y las baterías hasta las aerolíneas, las telecomunicaciones y las tarjetas de crédito. Una ola de fusiones con valor de 10 billones de dólares desde 2008 ha elevado más los niveles de concentración. Las compañías estadounidenses involucradas en esos acuerdos han prometido reducir los costos en 150,000 millones de dólares o más, lo cual sumaría una décima parte a las utilidades generales. Pocos planean pasar las ganancias a los consumidores. Hacerse más grandes no es la única manera de presionar a los competidores. Conforme la red de la regulación se ha vuelto más densa desde la crisis financiera de 2007-2008, la tarea de navegar por las aguas burocráticas se ha vuelto más vital para el éxito de las compañías. El gasto en cabildeo ha aumentado en un tercio en la última década, a 3,000 millones de dólares. Un dominio de las reglas de patente se ha vuelto esencial en la atención de salud y la tecnología, dos de las industrias más rentables de Estados Unidos. Las nuevas regulaciones no solo acotan a los grandes bancos, también mantienen fuera a sus rivales.

Al tener capital de trabajo limitado y menos recursos, las pequeñas compañías pasan apuros con todos los formatos, el cabildeo y el papeleo. Esta es una razón por la cual la tasa de creación de pequeñas empresas en Estados Unidos ha estado registrando sus niveles más bajos desde los años 70. La capacidad de las grandes compañías para entrar en nuevos mercados y competir con las empresas establecidas negligentes ha sido silenciada por una ortodoxia entre los inversionistas institucionales de que las compañías deberían enfocarse en una actividad y mantener altos los márgenes. El inversionistas multimillonario Warren Buffett ha dicho que le gustan las compañías con “fosos” que las protejan de la competencia. El Estados Unidos corporativo ha cavado una zanja defensiva gigantesca en torno a sí mismo.

La mayoría de los remedios ofrecidos por los políticos para resolver los males económicos de Estados Unidos empeorarían las cosas. Impuestos más altos disuadirían la inversión. Los aumentos a  los salarios mínimos desalentarían la contratación. El proteccionismo daría más protección a las compañías dominantes.

Es mejor desencadenar una ola de competencia.

Aparato antimonopolio

ACCIONES• El primer paso para promover la competencia es apuntar a las empresas establecidas mimadas. Modernizar el aparato antimonopolios ayudaría. Las fusiones que conducen a una alta participación de mercado y demasiado poder de determinación de precios aún necesitan ser vigiladas, pero las empresas pueden extraer utilidades en muchas formas. Las leyes de derechos de autor y de patentes deberían ser relajadas para evitar que las empresas establecidas ordeñen los viejos descubrimientos. Las grandes plataformas tecnológicas como Facebook y Google necesitan ser observadas de cerca: quizá no sean aún monopolios que extraen utilidades, pero los inversionistas las valoran como si lo fueran a ser algún día. El papel de las administradoras de fondos gigantescas con tenencias accionarias cruzadas en empresas rivales también necesita una revisión cuidadosa.

El segundo paso es hacer la vida más fácil para las empresas emergentes y las pequeñas empresas. Las preocupaciones en torno a la expansión del papeleo y del Estado regulador deben ser reconocidas como un problema, no desechadas como los desvaríos alocados de los partidarios del Tea Party contrarios al Gobierno. La carga colocada sobre las pequeñas compañías por leyes como el Obamacare ha sido material. Las reglas que encadenan a los bancos los han llevado a dejar de atender a los clientes más pequeños y menos rentables. La perniciosa difusión del otorgamiento de licencias ocupacionales ha sofocado a las empresas emergentes. Un 29 por ciento de las profesiones, incluidos estilistas de belleza y la mayoría de los empleados médicos, ahora requieren permisos, un aumento significativo respecto del 5 por ciento en los años 50.

Una explosión de la competencia significaría más disrupción para algunos: las compañías en la lista S&P 500 emplean a uno de cada 10 estadounidenses. Sin embargo, crearía nuevos empleos, alentaría más inversión y ayudaría a reducir los precios. Sobre todo, traería consigo un tipo de capitalismo más justo. Eso elevaría el ánimo de los estadounidenses así como su economía.

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