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Tan común es la retórica contra el comercio en la campaña electoral para la presidencia que uno pensaría que Estados Unidos está a punto de erigir un muro de cada lado. El desarrollador inmobiliario Donald Trump amenaza con imponer un arancel del 45 por ciento a las importaciones chinas y presionar a las compañías para que regresen sus fábricas a Estados Unidos. El senador Bernie Sanders (demócrata por Vermont) recuerda orgullosamente su firme oposición a los acuerdos de libre comercio, pasados y actuales. Hillary Clinton, tras apoyar, cuando era secretaria de Estado, el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por su sigla en inglés), el pacto comercial más reciente, ahora se opone al mismo.

Los candidatos presidenciales han asumido esas posiciones en el pasado. Barack Obama, quien hoy promueve los acuerdos comerciales, los criticó en 2008. Lo que hace más potente al proteccionismo de hoy, es que se basa en cambios más amplios en el pensamiento entre los economistas sobre el impacto del comercio. Muchos de ellos son ahora mucho más críticos.

Desde los años 80, la economía de Estados Unidos se ha abierto gradualmente a las importaciones baratas. Esto se aceleró en 1993, cuando el Presidente Bill Clinton firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte con México y Canadá. El acuerdo, el primer pacto comercial amplio de Estados Unidos en incluir a una economía pobre, eliminó la mayoría de los aranceles al comercio entre los tres países en el curso de una década. De manera coincidente, al año del inicio de las reducciones arancelarias, el peso colapsó, haciendo a las importaciones mexicanas todavía más baratas.

Efectos 

Excluyendo el combustible, el cual Estados Unidos tenía que comprar en otra parte, las importaciones procedentes de México crecieron en alrededor de cinco veces entre 1993 y 2013, según el Instituto Peterson para la Economía Internacional, un grupo de análisis basado en Washington. Las exportaciones a México crecieron en alrededor de tres veces y media. Como resultado de la disparidad, a los cinco años se abrió un déficit en el comercio bilateral con valor de 23,000 millones de dólares, entonces el 0.2 por ciento del PIB de Estados Unidos.

El tamaño pequeño de la economía de México --la de Estados Unidos sigue siendo 10 veces más grande-- limitó el impacto del TLC. Una sacudida más grande se aproximaba.

En 2001, China se unió a la Organización Mundial de Comercio. Aunque esto no cambió ningún arancel, le siguió un tsunami de importaciones chinas baratas. Las etiquetas de “Made in China” se volvieron ubicuas en ropa, juguetes, muebles y, eventualmente, en aparatos electrónicos conforme las importaciones chinas aumentaban del 1 por ciento del PIB en 2000 al 2.7 por ciento para 2015. La mejor explicación para esta repentina afluencia, es que la pertenencia a la OMC dio certidumbre a los inversionistas en las industrias de exportación de China. Hasta entonces, Estados Unidos podía imponer aranceles más altos a China a voluntad.

  • 5 veces aumentaron entre 1993 y 2013 las importaciones de Estados Unidos desde México, según el Instituto Peterson para la Economía Internacional.

Muchos culparon a la fijación del yuan en relación con el dólar de crear un desequilibrio comercial. Para 2014, China había acumulado casi 4 billones de dólares en divisas extranjeras para sostener la fijación. Los economistas siempre han pasado apuros para formalizar la denuncia de que China manipula al yuan. Una inflación salarial más alta en una China en auge debería socavar la ventaja de una moneda débil, y los salarios en realidad han aumentado mucho más rápidamente en China que en Occidente. El superávit de cuenta corriente de China, que alcanzó el 10 por ciento del PIB en 2007, a menudo es citado como prueba de la manipulación monetaria, pero los superávits chinos y los déficits estadounidenses son --como  asunto contable-- la diferencia entre el ahorro y la inversión en esos países. En los enormes superávits de China se reflejaba en parte su extraordinaria propensión a ahorrar.

Más comercio, más opciones 

En cualquier caso, las importaciones baratas fueron una bendición para los consumidores estadounidenses. Excluyendo los alimentos y la energía, los precios de los productos han caído casi cada año desde la entrada en vigor del TLC. La ropa ahora cuesta lo mismo que en 1986, y amueblar una casa es tan barato como hace 35 años. Más comercio trajo más opciones también: los economistas Robert Lawrence y Lawrence Edwards estiman que el comercio solo con China puso 250 dólares al año en el bolsillo de todos los estadounidenses para 2008. Las ganancias de los artículos baratos fluyeron desproporcionadamente hacia los menos ricos, porque los pobres gastan más de sus ingresos en productos que los ricos.

Al mismo tiempo, el comercio creó nuevos mercados para las compañías estadounidenses. En 1993,  Estados Unidos vendió casi 10,000 millones de dólares en autos y refacciones a México, a precios de hoy. Para 2013, eso había aumentado a 70,000 millones de dólares. Muchas compañías estadounidenses se han integrado herméticamente a través de la frontera sur, con la realización del trabajo menos calificado en México y de las tareas más complejas en Estados Unidos. Las exportaciones a China crecieron en casi 200 por ciento entre 2005 y 2014, y la agricultura y las industrias aeroespacial y automovilística encabezaron la carga.

  • 2.7 por ciento de su PIB aumentó Estados Unidos las importaciones desde China solo en 2015.

Algunos trabajadores se han beneficiado de las crecientes exportaciones, porque las compañías que exportan pagan más; una estimación sitúa la bonificación salarial por exportaciones en 18 por ciento. Subcontratar el ensamblaje de bajos salarios también ha incrementado la productividad de los trabajadores altamente calificados de Estados Unidos. Por ejemplo, la capacidad de Apple para ensamblar sus iPhones de manera barata en China ha hecho al trabajo de sus diseñadores estadounidenses mucho más rentable.

Problemas de imagen 

OFERTA Y DEMANDA • El comercio, sin embargo, tiene un grave problema de imagen. Sus beneficios son difíciles de percibir directamente, pues se dispersan entre grandes grupos: consumidores, exportadores y trabajadores que podrían no darse cuenta de cuánto de lo que producen es enviado al extranjero. En comparación, sus costos están altamente concentrados. Las importaciones baratas ha sido letales para muchos manufactureros estadounidenses, particularmente en la región obrera del Medio Oeste y en el Sur.

La teoría económica predice que el comercio, aunque a menudo bueno para los ingresos promedio, presionará al salario de aquellos trabajadores cuyas habilidades son relativamente abundantes en el exterior. Un significativo aumento en la bonificación por educación universitaria --los salarios adicionales percibidos por los trabajadores capacitados--, de 30 por ciento en 1979 a casi 50 por ciento para 2000, pareció corroborar esa teoría, porque coincidió con la primera ola de importaciones baratas.

Los estadounidenses no están poco conscientes de estos hechos. Un reciente sondeo de Gallup sugirió que el 58 por ciento ve al comercio como una oportunidad, mientras que solo el 34 por ciento lo ve como amenaza. Sin embargo, esto solo refuerza la idea de que los costos del comercio están concentrados. La investigación sugiere que entre más trabajadores locales compitan con las importaciones, menor será el número de votos emitidos por los políticos en el poder; como bien saben los aspirantes presidenciales.

Si Estados Unidos desea cosechar las ganancia del comercio, debe asegurarse de que compensa a quienes pierdan. Uno se puede oponer al proteccionismo o se puede oponer a la redistribución. Se está volviendo más difícil hacer las dos cosas.

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