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Los inversionistas en los bancos estadounidenses son un grupo curtido. Las utilidades en los seis más grandes bajaron en el primer trimestre, de un año a otro  --en hasta 53 por ciento en el caso de Morgan Stanley--, gracias principalmente a los declinantes ingresos en sus unidades de banca de inversión. A principios de este mes, los reguladores rechazaron los “documentos de voluntad anticipada”, proyectos para la desintegración o liquidación de un banco si se mete en problemas, de todos salvo Citigroup.

Sin embargo, los mercados apenas se encogieron. Las utilidades débiles y las críticas de los reguladores, qué lástima, se han vuelto rutinarias.

No obstante, incluso estos veteranos canosos tienen sus dudas sobre Bank of America. Sus utilidades cayeron en 13 por ciento en el primer trimestre, mucho mejor que algunos, pero eso dejó su rendimiento sobre el capital en apenas 4 por ciento, la cifra más baja entre las seis grandes instituciones bancarias. Sus acciones se cotizan en solo 66 por ciento del valor de los activos en sus libros, más bajo que cualquiera de sus similares y muy por debajo de las cifras de 106 por ciento en JPMorgan Chase y 150 por ciento en Wells Fargo.

Esto es aun más decepcionante dadas las muchas fortalezas de Bank of America. Su financiamiento es notablemente barato: paga solo 0.12 por ciento de interés en promedio, sobre los 1.2 billones de dólares de depósitos en su banca comercial. Es una presencia más penetrante en Estados Unidos que sus rivales, con sucursales en todo el país, lo que le lleva a un grado de diversificación geográfica de la que carecen otros. En Merrill Lynch, su subsidiaria de administración de riqueza, tiene la fuerza de ventas de productos financieros más grande en Estados Unidos, atendiendo a una clientela acaudalada.

Reducción de costos 

Lo que es más, la administración de Bank of America ha estado recortando ávidamente los costos para impulsar las utilidades. El número de empleados ha descendido de 288,000 a 213,000, y el número de sucursales ha sido recortado de 6,100 a 4,700. El espacio ocupado por el banco se ha reducido en un tercio, o 4 millones de metros cuadrados; equivalente, declara orgullosamente, a 14 edificios Empire State. Todo esto ha reducido los gastos operativos drásticamente, de unos 17,000 millones de dólares al trimestre a 13,000 millones de dólares.

El director ejecutivo actual, Brian Moynihan, ha trabajado para limpiar el lío dejado por su predecesor, Ken Lewis, quien compró Countrywide, un gran prestamista de hipotecas de riesgo, en 2008. Desde 2010, Bank of America ha gastado unos 194,000 millones de dólares para cubrir los costos vinculados a la crisis financiera, incluidos 36,000 millones de dólares para litigios y 46,000 millones de dólares para hacer frente a todos los préstamos inservibles de Countrywide. Tuvo que contratar a 56,000 personas para solucionar las hipotecas morosas, las cuales llegaron a 1.4 millones, pero ahora ascienden a solo 88,000.

Más prosaicamente, Bank of America ha recortado la desconcertante maraña de productos y sistemas dejados por las adquisiciones hechas por Lewis y su predecesor, Hugh McColl. El número de diferentes tipos de cuentas corrientes ha caído de 23 a tres, de tarjetas de crédito de 18 a seis, de cuentas de ahorros de 44 a 11, de préstamos para vivienda de 136 a 39, etcétera.

Sin embargo, el implacable recorte de costos es en parte un reflejo de cuán complicado es para Bank of America estimular los ingresos. 

Tiempos difíciles 

Las nuevas reglas sobre la liquidez hacen más difícil que preste esos depósitos baratos, y las bajas tasas de interés restringen las utilidades que se pueden obtener. La relación entre préstamos y depósitos del banco, que a menudo excedía el 100 por ciento, es de solo 74 por ciento. Su margen de interés neto, la diferencia entre la tasa promedio que paga a los depositantes y la que cobra a los deudores, es de dos puntos porcentuales, muy por debajo del promedio histórico.

“Todas estas cifras representan una importante capacidad de ingresos no utilizados”, dijo Richard Bove, de Rafferty Capital Markets, una correduría.

Además, como dijo un empleado con un suspiro, los reguladores “siguen acudiendo”.

El garrote más reciente es la “regla fiduciaria”, que pretende evitar que los asesores financieros eleven sus propios intereses por encima de los de sus clientes, y en la práctica dificulta manejar dinero a cambio de comisiones de operación en vez de tarifas. Las compañías que se beneficiarán de la regla son las administradoras de activos que ofrecen fondos baratos de rastreo de índices, como Vanguard y Blackrock. Las que ofrecen productos más complicados y más costosos enfrentan costos de cumplimiento extras, cuando menos.

Dado que Merrill Lynch tiene la red más grande de Estados Unidos de lo que alguna vez eran llamados corredores, pero ahora son llamados administradores de riqueza, Bank of America seguramente se verá afectado. Está poniendo buena cara, diciendo que la regla afectará a solo 10 por ciento de los casi 2 billones de dólares de activos que administra y no tendrá impacto en los ingresos. Sin embargo, Keefe, Bruyette & Woods, una firma de investigación, dice que la regla reducirá los ingresos de 2017 del banco en 2.7 por ciento, el mayor porcentaje entre los bancos universales.

En resumen, la regulación está convirtiendo a los activos en una montaña tal de depósitos baratos y a una red enorme de corredores menos valiosos para Bank of America de lo que han sido en el pasado.

Ni las tasas bajas ni la embestida de la nueva regulación durarán para siempre. Mientras tanto, sin embargo, la respuesta de Moynihan a los opacos resultados del primer trimestre da una buena idea del estancamiento estratégico de Bank of America: prometió recortar los costos aún más fieramente.

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