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Durante sus 160 años de historia, el Partido Republicano ha abolido la esclavitud, ofrecido los votos en el Congreso para aprobar la Ley de Derechos Civiles y ayudado a poner fin a la Guerra Fría. Los próximos seis meses no serán tan gloriosos.

Después de la primaria de Indiana, ahora está claro que los republicanos serán encabezados en la elección presidencial por un candidato que ha dicho que mataría a las familias de los terroristas, ha alentado la violencia por parte de sus simpatizantes, tiene debilidad por las teorías de la conspiración alocadas y suscribe un conjunto de políticas proteccionistas y económicamente ignorantes que son, por turnos, fantásticas y contraproducentes.

El resultado pudiera ser desastroso para el Partido Republicano, e incluso más importante para Estados Unidos. Aun cuando solo llegue hasta aquí, Trump ya ha hecho verdadero daño y hará más en los próximos meses. Peor aún, en una contienda entre dos candidatos sus posibilidades de ganar la presidencia están muy por encima de cero.

Es posible que, con la nominación asegurada, Trump cambie su tono. La estupidez de sus insultos bien pudiera atenuarse a medida que trate de ganarse al menos a algunos de los votantes, particularmente las mujeres, que ahora lo aborrecen. Su comportamiento podría volverse más presidencial, aunque hay pocos signos de eso en los extraños e infundados pronunciamientos de esta semana de que el padre del senador Ted Cruz (republicano de Texas), su antiguo rival, había estado con Lee Harvey Oswald antes de que este le disparara al presidente John F. Kennedy en 1963.

Su visión del mundo 

Lo que casi seguramente no hará es cambiar de rumbo político. Es cada vez más claro que Trump tiene elementos de una visión del mundo de los cuales no titubea. Están enlazados por un dominio de la comunicación política muy particular del siglo XXI, con un deleite por el conflicto y una indiferencia por los hechos, el cual pulió en su carrera en la televisión de realidad. Sin embargo, son creencias firmes y largo tiempo mantenidas.

Esa visión mundial nació, en parte, de los sitios de construcción de su padre en Nueva York en los años 60. A Trump le gusta explicar que alguna vez pasó sus veranos trabajando en esos lugares junto con carpinteros, plomeros y hombres que cargaban pesados armazones de andamios. Esa experiencia, afirma, le dio una comprensión de las preocupaciones de los obreros dedicados al trabajo duro, a quienes ha dejado atrás la política estadounidense. Esto explica su nacionalismo económico profundamente arraigado.

Trump ha criticado los acuerdos comerciales durante décadas. Estuvo argumentando contra el TLCAN a principios de los 90. Ahora le llama el peor acuerdo comercial en la historia del mundo. De manera similar, siempre ha visto al déficit comercial de Estados Unidos como evidencia de juego sucio o malas habilidades de negociación.

Para un hombre con esas convicciones, es claro que más de esos acuerdos comerciales serían un desastre y que las compañías estadounidenses deberían regresar la producción al país o enfrentar aranceles. Trump quizá esté dispuesto a negociar las multas que pagarían, pero los instintos subyacentes están profundamente arraigados. Es un proteccionista por convicción, no uno oportunista. A juzgar por los resultados de las primarias republicanas, al menos 10 millones de votantes están de acuerdo con él.--Un sector del partido lo aplaude, pero poderosos jerarcas republicanos lo adversan--

Sobre la política exterior, Trump mezcla una frustración ante los costos del papel mundial de Estados Unidos, algo que se ha vuelto común después de las guerras en Irak y Afganistán, con un deseo por hacer al país temido y respetado. Aquellos fuera de Estados Unidos que hacen énfasis en su ignorancia geográfica y diplomática, la cual abunda, corren el riesgo de pasar por alto el principio sencillo que lo anima. Trump quiere que aquellos fuera de Estados Unidos paguen todo el costo de la protección hegemónica que ese país les da. Los aliados tendrían que aportar más para las bases estadounidenses en su territorio y para los costos de equipar y pagar a los soldados en ellas.

Visión romana 

No es correcto llamar a esto aislacionismo, ya que Trump también ha propuesto algunas aventuras en el extranjero, incluida la ocupación de Irak y la confiscación de sus campos petrolíferos. Más bien, es una visión romana de la política exterior, en la cual el papel del resto del mundo es enviar los tributos a la capital y estar agradecidos por las guarniciones.

Para quienes creen en las ganancias de la globalización y el orden liberal encabezado por Estados Unidos, esta es una visión mundial verdaderamente aterradora. Afortunadamente, es probable que Trump pierda la elección general. Un candidato a quien dos tercios de los estadounidenses ven desfavorablemente, encontrará difícil conseguir 65 millones de votos, que es aproximadamente lo que necesitará el candidato ganador. La proporción de las mujeres que lo desaprueban es aún más alta.

Sin embargo, eso debería ser escaso consuelo porque, aun sin una victoria en noviembre, la coronación de Trump como candidato causará daño. Quizá haya violencia en la convención republicana en Cleveland, donde es probable que se enfrenten los simpatizantes de Trump y los manifestantes en su contra. Los votantes pasarán los próximos seis meses escuchando una y otra vez que la exsecretaria de Estado Hillary Clinton, su probable oponente demócrata, es una estafadora y una mentirosa. Mucho de eso persistirá aun cuando ella gane, dejando enojados a quienes lo crean y debilitada a Clinton.

Los aliados de Estados Unidos observarán las elecciones con temor. Ya sea en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas o en las negociaciones bilaterales en Pekín, el espectro de Trump se cernerá sobre todas las reuniones entre Estados Unidos y una potencia extranjera de aquí al 8 de noviembre.

Partido puede fracturarse 

El Partido Republicano, siempre fraccionado, podría fracturarse realmente. Aun cuando pierda, Trump habrá demostrado que hay un camino hacia la nominación que pasa por el nativismo y el populismo económico. Los montañistas saben que la ruta más segura hacia la cumbre es la que ha funcionado antes. Algunos republicanos dirán que el mensaje de Trump, pulido en sus bordes más ásperos, pudiera significar la victoria la próxima vez. Otros argumentarán que perdió porque no era un verdadero conservador. Sin un acuerdo sobre lo que salió mal, será difícil forjar algo nuevo.

Además, por supuesto, existe la posibilidad de que pudiera ganar. Clinton no es detestada por tantos estadounidenses como Trump, pero la porción que la ve desfavorablemente es mucho mayor que lo común para los candidatos presidenciales. Los asesinatos en diciembre en París impulsaron la campaña de Trump, y un ataque terrorista u otro acontecimiento que aterrorice a los estadounidenses pudiera inclinar el voto hacia su lado.

La balanza de la probabilidad está contra ello, pero nada de esto es imposible. Esa es la razón de que el triunfo de Trump tenga las características de una tragedia para los republicanos, para Estados Unidos y para el resto del mundo.

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