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Cuando sir Mark Sykes y François Georges-Picot trazaron en secreto sus líneas sobre el mapa del Levante para repartirse el imperio otomano en mayo de 1916, en el apogeo de la Primera Guerra Mundial, apenas pudieron haber imaginado el caos que pondrían en marcha: un siglo de traición imperial y resentimiento árabe, inestabilidad y golpes de estado, guerras, desplazamiento, ocupación y fallida búsqueda de la paz en Palestina; y, casi en todas partes, opresión, radicalismo y terrorismo.

En la euforia de los levantamientos de 2011, cuando un horrible autócrata árabe tras otro era derrocado, parecía como si los árabes finalmente estuvieran girando hacia la democracia. En vez de ello, su situación es más deplorable que nunca. Bajo el régimen del presidente Abdel-Fattah al-Sisi, Egipto está incluso peor que bajo el derrocado dictador Hosni Mubarak. El Estado se ha desintegrado en Irak, Siria, Libia y Yemen. Las guerras civiles se propagan y el sectarismo está desenfrenado, alimentado por una competencia entre Irán y Arabia Saudita. El “califato” yihadista del Estado Islámico de Irak y el Levante (EI), el resultado más grotesco de la furia sunita, está haciendo metástasis en otras partes del mundo árabe.

Aunque todo esto pudiera parecer sombrío, podría ser peor todavía. Si la guerra civil libanesa de 1975-1990 sirve de parámetro, a la de Siria le quedan muchos años por delante. Otros lugares podrían ponerse feos. Argelia enfrenta una crisis de liderazgo y la insurgencia en el Sinaí pudiera propagarse al propio Egipto. El caos amenaza con abrumar a Jordania e Israel pudiera verse atraído a los combates en sus fronteras. Los bajos precios del petróleo están desestabilizando a los Estados del Golfo y el conflicto por extensión entre Arabia Saudita e Irán pudiera conducir a combates directos.

Todo esto no es tanto un choque de civilizaciones como una guerra dentro de la civilización árabe. Los extranjeros no pueden solucionarla, aunque sus acciones pudieran ayudar a mejorar un poco las cosas o empeorarlas mucho. Primero que todo una solución debe provenir de los propios árabes.

LEGITIMIDAD

Los Estados árabes están sufriendo una crisis de legitimidad. En cierta forma, nunca han superado la caída del imperio otomano. Las ideologías prominentes —arabismo, islamismo y ahora yihadismo— han buscado alguna categoría de Estado mayor más allá de las fronteras dejadas por los colonizadores. Ahora que los Estados están colapsando, los árabes están revirtiéndose a sus identidades étnicas y religiosas.

Para algunos, la masacre se asemeja a las guerras de la ex Yugoslavia en los años 90. Otros encuentran paralelos con la lucha religiosa de la Guerra de los 30 Años de Europa en el siglo XVII. Cualquiera que sea la comparación, la crisis del mundo árabe es profunda y compleja. Las soluciones fáciles son peligrosas. Cuatro ideas, en particular, deben ser repudiadas.

Primero, muchos culpan del caos a las potencias occidentales, desde Sykes-Picot hasta la creación de Israel, la toma franco-británica del Canal de Suez en 1956 y las repetidas intervenciones estadounidenses.

Intervensiones 

Sin duda, los extranjeros a menudo han empeorado las cosas. Por ejemplo, la invasión de Estados Unidos en Irak en 2003 liberó sus demonios sectarios. Sin embargo, la idea de que Estados Unidos debería alejarse de la región —la cual el presidente Barack Obama parece abrazar— puede ser tan desestabilizadora como la intervención, como demuestra la catástrofe en Siria.

Muchos países han florecido pese a historias traumáticas: Polonia y Corea del Sur, por no mencionar a Israel. El mundo árabe ha sufrido muchas fallas creadas por él mismo. Muchos líderes fueron déspotas que encubrieron su autocracia con la retórica de la unidad árabe y la liberación de Palestina, y no cumplieron ninguna de las dos cosas. El dinero del petróleo permitió a los gobernantes comprar lealtades, pagar agencias de seguridad opresivas y preservar modelos económicos estatistas fallidos abandonados desde tiempo atrás por el resto del mundo.

Una segunda idea equivocada es que trazar de nuevo las fronteras de los países árabes crearía Estados más estables que coincidieran con los contornos étnicos y religiosos de la población. No es así. No hay líneas claras en una región donde los grupos étnicos y las sectas pueden cambiar de una aldea o una calle a la otra. Un nuevo acuerdo Sykes-Picot correría el riesgo de crear tantas injusticias como las que resolviera, y podría provocar más derramamiento de sangre conforme todos traten de apoderarse de territorio y de expulsar a sus rivales.

Quizá los kurdos en Irak y Siria sigan su propio camino. Al serles negada la categoría de Estado por los colonizadores y ser oprimidos por regímenes posteriores, han resultado ser combatientes valientes contra el EI. En su mayor parte, sin embargo, la descentralización y el federalismo ofrecen mejores respuestas, y podrían convencera los kurdos de seguir dentro del sistema árabe. Reducir los poderes del gobierno central no debería ser visto como una división más de un país que ha sido injustamente dividido. En vez de ello, debería ser visto como el medio para reunir a los Estados que ya se han separado.

Una tercera idea errónea es que la autocracia árabe es la manera de contener el extremismo y el caos.

  • 17 de diciembre un humilde comerciante protesta en Túnez, autoinmolándose; esto se considera como el inicio de la Primavera Árabe.

En Egipto, el régimen de Sisi está resultando tan opresivo como arbitrario y económicamente incompetente. El descontento popular está creciendo. En Siria, al presidente Bashar al-Assad y sus aliados les gustaría describir a su régimen como la única fuerza que puede controlar el desorden. Lo cierto es lo contrario: la violencia de Assad es la causa principal de la turbulencia. El autoritarismo árabe no es la base de la estabilidad. Eso, al menos, debería haber quedado claro tras los levantamientos de 2011.

El cuarto mal argumento es que el desorden es culpa del islamismo. Dar al problema el nombre del islam, como buscan hacer el presunto candidato republicano Donald Trump y algunos conservadores estadounidenses, es similar a mencionar al cristianismo como la causa de las guerras de Europa y del homicida antisemitismo: en parte es cierto, pero de poca ayuda práctica. ¿Qué islamismo sería ese? ¿Del tipo inclinado a las decapitaciones patrocinado por el EI, de la variedad del Estado revolucionario que está en decadencia en Irán o la versión política defendida por los líderes aptos de Ennahda en Túnez, quienes ahora se hacen llamar “demócratas musulmanes”?

Islamismo 

Satanizar al islamismo es fortalecer la visión maniquea del EI. En vez de ello, el mundo debería reconocer la variedad de pensamiento dentro del islamismo, apoyar las tendencias moderadas y desafiar a los extremistas. Sin el islamismo, ninguna solución tiene probabilidad de perdurar.

Todo esto significa que resolver la crisis del mundo árabe será lento y difícil. Los esfuerzos para contener las guerras y ponerles fin son importantes. Esto requerirá la derrota del EI, una solución política que conceda derechos a los sunitas en Irak y Siria, y una reconciliación entre Irán y Arabia Saudita.

Es igualmente vital promover la reforma en países que han sobrevivido a los levantamientos. Sus gobernantes deben cambiar o correr el riesgo de ser dejados de lado. Los antiguos instrumentos del poder son más débiles: el petróleo seguirá siendo barato por mucho tiempo y la policía secreta no puede detener la disensión en un mundo conectado en red.

Los monarcas y presidentes tienen que recuperar la confianza de su gente. Necesitarán legitimidad “de insumo”: dar espacio a los críticos, ya sean liberales o islamitas, y finalmente establecer la democracia. Necesitan más de la variedad “de producción” también, fortaleciendo el régimen de derecho y creando economías productivas capaces de prosperar en un mundo globalizado. Eso significa alejarse del sistema de “pago por la paz” y mantener a sus compinches a raya.

Estados Unidos y Europa no pueden imponer esa transformación. Sin embargo, Occidente tiene influencia. Puede persuadir y alentar a los gobernantes árabes para que promulguen las reformas, y puede ayudar a contener a las peores fuerzas, como el EI.

Debería empezar apoyando a la nueva democracia en Túnez y las reformas políticas en Marruecos; la Unión Europea debería, por ejemplo, abrir sus mercados a los productos del norte de África. Es importante, también, que Arabia Saudita abra su sociedad y tenga éxito en sus reformas para desligarse del petróleo.

El gran premio es Egipto. En este momento, Sisi está dirigiendo al país hacia el desastre, el cual se sentiría en todo el mundo árabe y más allá. En contraste, la liberalización exitosa impulsaría a toda la región. Sin reforma, la siguiente reacción negativa es solo cuestión de tiempo. No obstante, también hay una oportunidad grandiosa. Los árabes pudieran florecer de nuevo. Tienen grandes ríos, petróleo, playas, arqueología, poblaciones jóvenes, una posición en medio de rutas comerciales y cerca de los mercados europeos, y ricas tradiciones intelectuales y científicas.

Si solo sus líderes y milicianos lo vieran.

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