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El temor de que un sistema de pensiones chirriante no sirva de sustento a las crecientes filas de jubilados es esgrimido por algunos economistas como la razón por la cual muchos japoneses prefieren acumular su efectivo en lugar de gastarlo. Cualquier intromisión en el fondo de 1.27 billones de dólares que financia al sistema de pensiones del Estado conlleva una carga política, como está descubriendo Hiromichi Mizuno, el primer director de inversiones del ultraconservador Fondo de Inversión de Pensiones del Gobierno (GPIF, por sus siglas en inglés).

En octubre de 2014, el GPIF dio un giro histórico en su asignación de activos, recortando su pila de bonos gubernamentales japoneses y duplicando su tenencia de acciones. Durante los siguientes tres trimestres, sus rendimientos puntualmente se elevaron junto con las bolsas de valores. En el año financiero que terminó el 31 de marzo de 2015, el fondo registró su rendimiento históricamente más alto, de 12.27 por ciento. La intención, sin embargo, no era tanto obtener rendimientos sino prepararse para el regreso de la inflación. Se suponía que la enorme relajación monetaria del Banco de Japón estaba a punto de elevar los precios de nuevo después de una década de deflación, erosionando por tanto el valor de los bonos japoneses.

Sin embargo, luego de ese inicio estimulante, las acciones japonesas se han hundido, al igual que algunas extranjeras. El yen también se ha fortalecido, reduciendo el valor de los activos extranjeros. Eso ha dejado al GPIF, que es el fondo de pensiones más grande del mundo, con una pérdida que analistas estiman en más de 45,000 millones de dólares para el año fiscal más reciente. Mientras tanto, la inflación sobre la cual se basó la nueva estrategia de inversión no ha aparecido.

“Creamos una nueva asignación de cartera con base en que el Banco de Japón generaría una inflación del 2 por ciento en dos años”, dijo Mizuno, “pero ese supuesto podría haber cambiado”.

Actualmente, los precios están cayendo y el Banco de Japón ahora dice que quizá no alcance su meta antes de principios de 2018.

Mizuno no estaba preparado para las críticas que ahora inundan al GPIF. Trabajó anteriormente para una firma de capital privado en Londres y dijo a amigos el año pasado que cambiarse al GPIF era más bien como cambiar un Ferrari por un triciclo. Ha resultado un motivo de consternación que el GPIF no solo sea poco sofisticado en su enfoque de inversión —recientemente se le ha prohibido desarrollar el tipo de capacidad de compra de acciones internas que poseen otros grandes inversionistas institucionales— sino también que los políticos y los medios estén tan dispuestos a acusarlo de hacer apuestas de azar.

El primer ministro Shinzo Abe estuvo entre los más ardientes defensores del giro en la asignación de activos del fondo. Recientemente señaló que los resultados a largo plazo, no la volatilidad a corto plazo, son lo que importa. Sin embargo, no ayuda que también haya planteado la perspectiva de pensiones más bajas si crecen las pérdidas del GPIF.

Muchos críticos del cambio, incluido el presidente del fondo en ese entonces, Takahiro Mitani, han afirmado que el gobierno lo instigó a inflar el mercado accionario. El GPIF, que normalmente publica sus resultados anuales a principios de julio, los ha postergado hasta finales del mes, después de una elección para la cámara alta de la Dieta. El retraso es un claro signo de interferencia política, reveló Jesper Koll de Wisdom Tree, una administradora de fondos que invierte en bolsas de valores en Tokio.

Mizuno expresó que el GPIF quizá tenga que ajustar su cartera de nuevo a la luz de la falta de inflación. Con toda probabilidad, eso conllevaría un cambio de las acciones de vuelta a los bonos del gobierno japonés. Esa acción sería un gran bochorno para el Banco de Japón.

Sin embargo, el GPIF quizá aún decida apegarse a su asignación actual. Posteriormente este año, según Takatoshi Ito, asesor del gobierno sobre el fondo, los poderes de su consejo serán fortalecidos, haciendo más fácil que soporte las críticas públicas sobre sus pérdidas a corto plazo. Si Japón alguna vez vence a la inflación, sus jubilados aún querrán una cobertura contra todos esos costosos bonos del gobierno.

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