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Obama ha hecho avances en la reducción y no proliferación de armas nucleares. Firmó un tratado de control de armas estratégicas, llamado en inglés New START, con Rusia en 2010. Una serie de cumbres sobre seguridad nuclear ayudaron a impedir que el material fisible cayera en las manos equivocadas. Lo más importante es que, en julio, consiguió un acuerdo para reducir y luego restringir el programa nuclear de Irán durante al menos los próximos 10 a 15 años.

En un área, sin embargo, su fracaso es evidente. Bajo la vista de Obama, el programa de armas nucleares y misiles de Corea del Norte se ha vuelto cada vez más alarmante. Sus misiles nucleares ya amenazan a Corea del Sur y Japón, y, en algún momento durante el segundo mandato del sucesor de Obama, probablemente podrán atacar a Nueva York. Obama ha puesto a Corea del Norte en segundo término. Quienquiera que sea el próximo presidente de Estados Unidos no tendrá ese lujo.

El tabú contra las armas nucleares radica en tres pilares: las políticas para evitar la proliferación, las normas contra el primer uso de las armas nucleares, especialmente contra potencias no nucleares, y la disuasión. Corea del Norte ha arremetido con un mazo contra todos ellos.

Ningún país en la historia ha gastado una gran parte de su riqueza en armas nucleares. Se piensa que Corea del Norte tiene un arsenal de alrededor de 20 bombas. Cada seis semanas más o menos añade otra. Este año, el ritmo de sus pruebas de misiles balísticos no ha tenido precedente. Una detonación nuclear subterránea en enero, que el régimen afirmó fue de una bomba H _ pero más probablemente fue de una bomba A modificada _, ha sido seguida por pruebas de las tecnologías detrás de los misiles con armas nucleares.

Aunque fallaron tres pruebas en abril de un misil de 4,000 kilómetros, los ingenieros norcoreanos aprendieron de sus errores. Pocos apostarían a que no tendrán éxito al final. Corea del Norte no está atado por ninguna regla mundial. Su dictador hereditario, Kim Jong Un, impone la mano de obra forzada a cientos de miles de sus ciudadanos en el gulag, incluidas familias completas, sin juicio o esperanza de liberación. Kim frecuentemente amenaza con inundar a Seúl, la capital de Corea del Sur, con “un mar de fuego”. Las armas nucleares son vitales para la identidad y supervivencia de su régimen.

La disuasión se basa en la creencia de que los Estados actúan racionalmente. Sin embargo, Kim es tan opaco y se sabe tan poco sobre cómo se toman las decisiones en la capital, Pyongyang, que disuadir a Corea del Norte está lleno de dificultades. Si su régimen estuviera al borde del colapso, ¿quién puede decir que Kim no derribará el templo desencadenando un ataque nuclear?

Esta combinación de imprevisibilidad, crueldad y fragilidad frustra la formulación de políticas contra Kim. Muchos extranjeros quieren obligarlo a comportarse mejor. En marzo, tras la reciente prueba de armas, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas reforzó las sanciones. China está furioso por las burlas y provocaciones de Kim; ni siquiera supo sobre la prueba nuclear hasta después de que sucedió. Estuvo de acuerdo en adoptar medidas más estrictas, incluido limitar las transacciones financieras y registrar las embarcaciones en busca de contrabando.

Sin embargo, China no quiere derrocar a Kim. Le preocupa que el colapso de un régimen en su frontera nororiental cree una inundación de refugiados y elimine el colchón que le protege de las tropas estadounidenses acantonadas en Corea del Sur. Alrededor de 90 por ciento del comercio de Corea del Norte, con valor de unos 6,000 millones de dólares al año, es con China. Continuará importando carbón y mineral de hierro norcoreanos, y enviando de regreso combustible, alimentos y bienes de consumo, en tanto Corea del Norte no gaste el dinero en actividades militares; una condición poco aplicable.

Protegido por China, Kim puede seguir adelante con su programa nuclear con impunidad. Es improbable que las sanciones lo detengan. Si acaso, podrían impulsarlo a fortalecer y mejorar su arsenal antes de que China adopte otras más severas.

  • 20 bombas nucleares posee Corea del Norte y podría producir más.

Comprensiblemente, por tanto, Obama ha preferido dedicar sus esfuerzos a Irán. Como los mulás dependen de las ventas de petróleo y gas al mundo exterior, los embargos sobre las exportaciones energéticas de Irán y la exclusión del sistema de pagos internacionales cambió su cálculo estratégico. Sin embargo, esta lógica no funcionará con Corea del Norte.

¿Algo puede detener a Kim? Quizá decida archivar su política de “armas nucleares primero” a favor de un reforma económica estilo chino y la reconciliación con Corea del Sur. Es una idea agradable, y Kim ha mostrado cierto interés en el desarrollo económico. No obstante, nada sugiere que esté dispuesto a cambiar sus armas nucleares por una mejor vida para su pueblo.

Quizá la disensión contra el régimen de Kim entre la élite norcoreana conduzca a un golpe en el palacio. Un sucesor podría estar dispuesto a un acuerdo tipo el de Irán para impulsar su postura nacional e internacionalmente. Esa es una posibilidad, pero hasta ahora Kim se ha mostrado capaz de aplastar a cualquier retador de su dominio.

¿Qué debe hacer el próximo presidente?

CAMBIOS. La última esperanza es que las sanciones más estrictas contribuyan al colapso del régimen, lo cual, a su vez, pudiera conducir a la reunificación con Corea del Sur y la desnuclearización de la península coreana. Ese sería el mejor resultado, pero también es el que conlleva mayor peligro. Además, es precisamente la situación que China busca evitar.

Sin ninguna buena opción, ¿qué debería hacer el próximo presidente de Estados Unidos?

Una prioridad es fortalecer la defensa de misiles. Los nuevos sistemas antimisiles THAAD deberían ser enviados a Corea del Sur y Japón, mientras Estados Unidos mitiga las objeciones de que el radar incorporado en ellos pudiera ser usado contra las armas nucleares de China.

  • 90 por ciento del comercio de Corea del Norte, con valor de unos 6,000 millones de dólares al año, es con China. 

China también debería ser convencida de aceptar que las sanciones pueden ser más severas sin provocar una implosión. Si condujeran inicialmente solo a un congelamiento de las pruebas, valdría la pena intentarlo.

Como un colapso repentino e imprevisto del régimen de Kim es posible en cualquier momento, Estados Unidos necesita planes detallados para apoderarse de o destruir los misiles nucleares de Corea del Norte antes de que puedan ser usados. La cooperación de China en esto, o al menos su consentimiento, es vital. Tan claro y presente es el peligro que incluso los rivales que se enfrentan en las demás partes de Asia deben encontrar urgentemente nuevas formas de trabajar juntos.

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