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Esto, según Gabriel Magalhães, uno de los fundadores de Curto, es cada vez menos. Como otros brasileños, los cariocas -como se conoce a los residentes de Río- están cuidando sus centavos.

Brasil está sufriendo su peor recesión desde los años 30, quizá de todos los tiempos. El 1 de junio, el gobierno reportó que el PIB se había contraído en 0.3 por ciento en términos reales en el primer trimestre de este año, lo que le dejó 5.4 por ciento más pequeño de lo que era un año antes.

Durante ese periodo, el PIB per cápita descendió en más que durante la hiperinflacionaria “década perdida” de 1981 a 1992, señaló Alberto Ramos de Goldman Sachs, el banco de inversión. En dos años, el número de brasileños desempleados se elevó de siete a 11 millones.Temer tiene pocas opciones económicas.

Es una “depresión total”, dijo Ramos. La tarea de sacar a Brasil de este pantano recae en el vicepresidente Michel Temer, quien asumió como presidente interino en mayo, después de que el Senado votó por iniciar un juicio político contra la presidenta Dilma Rousseff.

Políticamente, el gobierno de Temer ha tenido un inicio difícil. Dos de los ministros en su gabinete conformado totalmente por varones blancos, incluido el encargado de combatir la corrupción, tuvieron que renunciar después de que se filtraron grabaciones en las cuales parecieron criticar la investigación de los fiscales sobre el enorme escándalo de corrupción que rodea a Petrobras, la compañía petrolera estatal. Dicen que fueron malinterpretados.

Al programa económico de Temer le está yendo mejor. Su equipo de pesos pesados, encabezado por el ministro de Finanzas, Henrique Meirelles, ex gobernador del Banco Central, ha propuesto la reestructuración más ambiciosa de la gobernanza económica de Brasil en décadas. El gasto público, incluyendo el no sostenible sistema de pensiones, va a ser recortado, aunque el gobierno aún no ha dicho exactamente cómo. Las regulaciones que sofocan a las empresas serán levantadas, empezando con el sector petrolero y gasero. Meirelles ha dicho que el gobierno considerará reformar las leyes laborales de la era de Mussolini y el complicado código fiscal. La privatización, durante mucho tiempo un tabú, es una posibilidad por primera vez desde los años 90.

Esas ideas son un cambio radical respecto del intervencionismo izquierdista practicado por el gobierno de Rousseff, que es responsable en gran medida del embrollo económico actual. Ofrecen esperanza de encontrar una salida.

La pieza central del plan de Temer es una enmienda constitucional para congelar el gasto público en términos reales. Incluso la salud y la educación, que consumen más de una cuarta parte de los ingresos del gobierno sin ofrecer beneficios proporcionales, no se salvarían. Se espera que el gobierno presente un borrador ante el Congreso en las próximas dos semanas.

  • Brasil está sufriendo su peor recesión desde los años 30, quizá de todos los tiempos.

La idea es curar al gobierno de uno de sus principales vicios. El gasto público ha crecido en un promedio anual de seis por ciento durante los últimos 20 años, mucho más rápidamente que el PIB.

El balance fiscal primario del gobierno central, antes de pagos de intereses, pasó de un superávit de 2.2 por ciento del PIB en 2010 a un déficit del 2.3 por ciento en el año concluido en abril de 2016, el nivel más alto registrado. Esto, y la perspectiva de déficits que se extiendan muy a futuro, mantiene altas las tasas de interés, lo cual empeora más el déficit. La cuenta de intereses del gobierno es de un enorme siete por ciento del PIB. Por tanto, los altos impuestos de Brasil pagan el derroche del pasado en vez de un gobierno eficaz.

El tope de gasto, de ser aprobado por mayorías de tres quintas partes en ambas cámaras del Congreso, conducirá a menores déficits tan pronto como el crecimiento y los ingresos fiscales revivan. Pudiera ayudar incluso más pronto, según Arthur Carvalho de Morgan Stanley, un banco de inversión. Eso es porque la confianza de que Brasil reducirá su deuda pudiera hacer disminuir las tasas de interés a largo plazo, recortando la cuenta de intereses del gobierno.

Igualmente importante es el hecho de que el tope de gasto forzará al gobierno a emprender otras reformas, aunque a largo plazo pudiera resultar imposible de mantener conforme crezca la población. Actualmente, la Constitución y otra legislación protegen a 90 por ciento del gasto de recortes, no importa cuán improductivo sea. Si el gobierno no desea incumplir su tope autoimpuesto, esas leyes tendrán que cambiar.

Esas perspectivas ya están despertando esperanzas entre los emprendedores e inversionistas descontentos. Los rendimientos de los bonos han caído de alrededor de 17 por ciento en enero a 13 por ciento, y el costo del seguro contra el incumplimiento de pagos ha disminuido en un tercio desde diciembre. Con más de un tercio de la capacidad industrial inactiva, la producción pudiera revivir rápidamente si el sentimiento mejora.

“En seis meses, podríamos ver en retrospectiva al día de hoy como un punto de inflexión”, dijo Marcelo Carvalho del banco BNP Paribas.

Sin embargo, eso sucederá solo si Temer cumple lo que ha prometido, y Meirelles admitió que hacerlo “será difícil”.

Temer tiene los votos para reforma

CAMBIOS. El ministro de Finanzas espera promulgar algunas reformas, incluido el tope al gasto, antes de que el presupuesto del año próximo sea sometido al Congreso, lo cual debe suceder para el 31 de agosto. Como se avecinan elecciones locales importantes en octubre, sin embargo, pocos políticos estarán de ánimo para votar a favor de menos gasto en escuelas y hospitales.

No obstante, los miembros del equipo de Temer, varios de los cuales dejaron lucrativos empleos en el sector privado para ayudar a rescatar a la economía, discuten eso. Piensan que la crisis política y económica ha hecho que tanto los votantes como los congresistas estén más receptivos a las propuestas de un cambio radical. Un espectacular erigido por la Confederación Nacional de la Industria en el aeropuerto de Brasilia, la capital nacional, demanda: “¡Reforma de las pensiones ahora!”

En teoría, Temer puede contar con 356 votos en la cámara baja de 513 escaños del Congreso y 56 en el Senado de 81 escaños, más que suficiente para enmendar la Constitución. A diferencia de Rousseff, Temer sabe cómo encantar y persuadir a sus aliados. Libre de la carga de compromisos del pasado, tiene más privilegios y apoyos que ofrecer a los políticos que anteriormente apoyaban a Rousseff.

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