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Desde que era pequeño le gustó pasar dormido la mayoría del tiempo, y la escuela, en vez de emoción, le provocaba apatía. Con estas costumbres se crió Alan Cajina Betanco, quien nació el ocho de agosto de 1994. A sus casi 22 años vive con su mamá en la Colonia Nicarao, en Managua.

Cuando se le pregunta qué estudia, su respuesta es rápida y corta: “ahorita nada”, y agrega: “Tal vez más adelante”.

-¿Y en qué trabajás o a qué te dedicás?

- A nada. Mi mamá procura que yo esté bien, ella no dejaría que me falte algo.

Cristina Isabel Betanco es la mamá de Alan. Ella es gerente general de una casa comercial en Las Brisas. Relata que siempre lo intentó llevar a la escuela y logró que su hijo cursara su primaria en ocho años, pese a que en Nicaragua solo son seis grados.

“Después lo puse en secundaria en un colegio público porque me dijo que quería estar con algunos amigos de la colonia. Luego comenzaron a venir las quejas de los profesores porque se salía de clases y peleaba mucho con chavalos de otras secciones. Hasta que en cuarto año me dijo que ya no quería seguir”, expresa Cristina Isabel.
 
“Soy como soy”

Alan Sebastián no se ve como un joven cualquiera. Luce desaliñado y su vocabulario no es el que a su madre le gustaría.

“Yo soy como soy, para qué voy a andar aparentando, solo no me gusta ir a clases, ya más adelante volveré”, dice este joven, con un tono irónico.

Al otro lado de Managua, en el barrio Batahola Norte vive Natalia Robles Sosa, de 19 años. ‘Naty’, a como le dice cariñosamente su familia, “nunca ha trabajado, nosotras no la dejaríamos hacerlo”, coinciden su mamá, Rosario, y su tía Marina, ambas de apellido Sosa.

Naty aprobó su quinto año de secundaria, pero cuenta su mamá que no quiso seguir estudiando.
“Y yo no se lo iba a exigir porque para eso tengo mi negocio (una miscelánea)”, dice su mamá, de 49 años, y quien perdió a su esposo en un accidente de tránsito cuando él regresaba de Matagalpa.

“Del negocio tengo para darle todo, es peor que se me vaya con algún hombre que me le vaya a pegar”, expresó Rosario Sosa.

Alan Cajina, el muchacho que terminó en ocho años la primaria, y Natalia Robles, que ya es bachiller, pertenecen al ejército de aproximadamente 234,000 jóvenes que en Nicaragua ni estudian ni trabajan, según una cifra contenida en el informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), titulado Trabajo decente y juventud en América Latina. Políticas para la acción, divulgado en 2014.

La OIT estima que de los 1.2 millones de personas de entre 15 y 24 años en Nicaragua, el 19.5% no estudia ni trabaja, aunque un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe indica que es el 24.8%, es decir 297,600.

En América Latina la cifra de nini asciende a 20 millones de personas, de acuerdo con el informe “Ninis en América Latina”, publicado por el Banco Mundial (BM), a inicios de 2016.
 

Razones sicológicas

El término nini es un concepto que proviene de la frase en español “ni estudian ni trabajan”, que se refiere a jóvenes que en realidad podrían estar en un aula o en un puesto laboral, pero prefieren no intentarlo y permanecer desocupados, detalla Javier Ponce Uriarte, sociólogo y trabajador social.

A criterio de Ponce Uriarte, es bueno aclarar que no pertenecen a los nini aquellas personas que por razones médicas o mentales no son capaces de realizar alguna actividad laboral.

El sicólogo William Quintana, de la clínica La Esperanza, reveló que los nini suelen tener problemas emocionales y de comportamiento.

“La apatía es uno de esos problemas, ya que muestran desinterés hacia el futuro, no les importa nada”, advierte.

“También sufren trastornos por angustia de separación familiar, rebeldía, aislamiento y problemas de adaptarse a distintos entornos”, añade Quintana.

La docente y socióloga, Diana Isabel Guzmán, destacó que “la cultura hippie fue una de las que comenzó a fomentar este estilo de vida”.

“Con base en este grupo social los jóvenes prefieren dedicarse a la música u otras actividades por hobbie, descuidando así las obligaciones morales y sociales de una persona”, precisa la experta.
Indica que algunos de los nini tienen dificultades —normalmente— cuando hay familias disfuncionales.

“Si un padre o una madre no está presente durante la infancia, suele haber casos en que los menores crecen con cierto grado de desinterés hacia la sociedad, incluyendo al trabajo y la educación”, explica.

  • El Banco Mundial sugiere en su informe a los gobiernos combatir el abandono escolar e insertar a los jóvenes en el mercado laboral, para reducir la cantidad de nini.

Guzmán sostuvo que “hay casos en que están los dos padres, pero les dan todo lo que piden (los hijos) sin exigirles nada a cambio. Ahí ellos crecen sabiendo que lo tendrán todo sin necesidad de esforzarse. Es decir que el sistema se está adaptando y en un país como Nicaragua, que tiene una población mayoritariamente joven, esto afectaría en un futuro la economía del país”.

El informe del BM señala también que uno de cada cinco jóvenes del continente vive en estas condiciones de desinterés por realizar algo productivo en su vida, por lo cual la situación de los nini ha demostrado ser muy persistente y en aumento.

Mientras, en Managua Alan Cajina Betanco comentó —sin precisar fecha—que buscará trabajo con su tío, quien tiene una panadería. Respecto a terminar sus estudios de secundaria, dice que no está en sus planes, porque cree que puede encontrar trabajo “sin siquiera estudiar”.

En cambio, Natalia Robles Sosa se muestra optimista en comenzar una carrera en la universidad, aunque no sabe cuál. “Por las mañanas intentaré trabajar con mi mamá en la miscelánea, si ella quiere”. 

Un fenómeno de cuidado

ANÁLISIS. El informe del Banco Mundial indica que existen tres razones por las cuales los gobiernos de América Latina y la sociedad en general deben prestar atención al fenómeno de los nini.

La primera se debe a que contribuye a la transmisión intergeneracional de la desigualdad. Casi el 60% de los nini de la región provienen de hogares pobres o vulnerables, además el 66% son mujeres.

En segundo lugar, se debe a que en Colombia, México y Centroamérica algunos de sus contextos están vinculados con la violencia y la delincuencia. En estas zonas la proporción de los nini está por encima del promedio regional, por lo cual el problema se agrava debido a la presencia del crimen organizado.

Y por último, el hecho de no abordar el problema de los nini en América Latina podría impedir que la región se beneficie de la transición demográfica que recién comienza.

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