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La pérdida de uno de los miembros más grandes de la UE haría una profunda herida en el resto de Europa y, con personajes similares a Donald Trump y Marine Le Pen avivando el nacionalismo económico y la xenofobia, marcaría una derrota para el orden liberal que ha apuntalado a la prosperidad de Occidente.

Ese, evidentemente, no es el argumento de las voces que hacen un llamado a favor de salirse.

Como es el caso con los euroescépticos en toda la UE, su narrativa es sobre liberación e historia.

Abandonar a la esclerótica y poco democrática UE, la bretix le llaman sus simpatizantes, liberaría a Gran Bretaña para que reclamara su destino soberano como una potencia abierta.

Muchas de estas personas reclaman el manto del liberalismo. Coinciden en que el libre comercio conduce a la prosperidad. Emiten las declaraciones correctas sobre el Gobierno pequeño y la burocracia. Dicen que su rechazo a la migración ilimitada de la UE se origina no en la xenofobia sino en un deseo de seleccionar a las personas que tienen más que ofrecer.

ILUSIONES

Los “desertores” están promoviendo una ilusión. En contacto con la realidad de una brexit, sus planes se desmoronan.

Si Gran Bretaña se sale de la UE, probablemente terminará más pobre, menos abierta y menos innovadora. Lejos de reclamar su perspectiva mundial, se volverá menos influyente y más provinciana; y, sin Gran Bretaña, toda Europa estaría peor.

Empecemos con la economía. Incluso quienes votan a favor del Salirse aceptan que habrá daño a corto plazo. Lo más importante es el hecho de que es poco probable que Gran Bretaña prospere a largo plazo también. Casi la mitad de sus exportaciones se destinan a Europa. El acceso al mercado único es vital para el centro financiero de Gran Bretaña y para atraer inversión directa extranjera. Para mantener ese acceso, sin embargo, Gran Bretaña tendrá que cumplir con las regulaciones de la UE, contribuir a su presupuesto y aceptar el libre movimiento de personas; las cosas que los desertores dicen debe evitar. Pretender lo contrario es engañoso.

Quienes defienden el salirse de la unión hablan mucho de la oportunidad de comerciar más fácilmente con el resto del mundo. Eso, también, es incierto. Europa tiene docenas de pactos comerciales que Gran Bretaña necesitaría reemplazar. Sería un socio negociador más pequeño y más débil. El cronograma no estaría bajo su control, y la lenta y agotadora historia de la liberalización comercial demuestra que los mercantilistas tienden a tener la ventaja.

REFORMAS LIBERALES

Que Gran Bretaña se libere de la UE probablemente tampoco dará pie a una serie de reformas liberales en casa. Conforme la campaña ha seguido su curso, el lado a favor de la brexit ha avivado los prejuicios de los votantes y consentido una mentalidad de la Pequeña Inglaterra.

Pese a la retórica de libre mercado de los desertores, cuando una deficitaria siderúrgica en Port Talbot en Gales estuvo en riesgo de cerrar, los partidarios de la brexit reclamaron la ayuda estatal y la protección arancelaria que incluso la supuestamente proteccionista Estados Unidos nunca permitiría.

La condescendencia ha sido aún más vergonzosa en torno a la inmigración. Los desertores han advertido que millones de turcos están a punto de invadir a Gran Bretaña, lo cual es flagrantemente falso.

Ha culpado de los apuros de los servicios públicos como la atención médica y la educación a la inmigración, cuando los inmigrantes, que son contribuyentes netos a la economía, ayudan a Gran Bretaña a pagar las cuentas. Sugiere que Gran Bretaña no puede mantener fuera a los asesinos, violadores y terroristas cuando, de hecho, sí puede.

La culpa es de otros

CAMBIOS. A los británicos les gusta considerarse como un libre mercado. Se apresuran a culpar de sus males al papeleo burocrático de Bruselas. En realidad, sin embargo, son tan adictos a la regulación como todos los demás. Muchos de los mayores obstáculos al crecimiento --muy pocas viviendas nuevas, mala infraestructura y un déficit de habilidades-- se originan en las regulaciones de creación británica. En seis años de Gobierno, los conservadores no han podido desmantelarlas. Abandonar la UE no lo haría más fácil.

Todo esto debería conducir a la victoria del “Quedarse”. En realidad, economistas, hombres de negocios y estadistas de todo el mundo han advertido a Gran Bretaña que abandonar la UE sería un error; aunque Trump es un fanático de ello. En la política posterior a la verdad que está sacudiendo a las democracias occidentales, sin embargo, las ilusiones son más atractivas que la sapiencia.

Por tanto, la campaña a favor del Salirse se burla de las predicciones económicas casi universalmente sombrías de las perspectivas de Gran Bretaña fuera de la UE como obra de “expertos”, como si el conocimiento fuera un impedimento para la comprensión. Rechaza al campo del Quedarse porque representa a la élite, como si Boris Johnson, su propio personaje insigne y un antiguo exalumno de Eton y educado en Oxford, personificara al hombre común.

La más corrosiva de estas ilusiones es que la UE es gobernada por burócratas irresponsables que pisotean la soberanía de Gran Bretaña mientras conspiran para tener un súper Estado. Con demasiada frecuencia, la UE es vista a través del prisma de un breve periodo de integración intensa en los años 80 que trazó planes para, entre otras cosas, el mercado único y el euro. En realidad, Bruselas está dominado por gobiernos que protegen su poder celosamente. Hacerles más responsables es un argumento sobre la democracia, no la soberanía. La respuesta no es salirse en desbandada sino quedarse y trabajar para crear la Europa que Gran Bretaña quiere.

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