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Desde el “Amanecer en Estados Unidos” hasta el “Sí, podemos”, las elecciones presidenciales en Estados Unidos han parecido desde hace tiempo competencias de optimismo: habitualmente gana el candidato con el mensaje más optimista. En 2016, eso parece haberse revertido: Estados Unidos está envuelto en un pesimismo muy poco característico del país.

El desánimo roza a las relaciones raciales, las cuales —después de que un francotirador afroamericano disparara a agentes policiales blancos en Dallas y después de que las protestas del movimiento “Las vidas afroamericanas importan” contra la violencia policial fueran seguidas por arrestos en varias ciudades— parecen empeorar cada vez más. También pende sobre la economía. Los políticos de izquierda y derecha argumentan que el capitalismo estadounidense falla a la gente común porque ha sido manipulado por una camarilla de elitistas que solo ven por sí mismos. El estado de ánimo es de enojo y frustración.EL PRIMER RECUENTO DE VOTOS EN LAS PRIMARIAS DE NEW HAMPSHIRE.

Estados Unidos tiene problemas, pero este panorama es una caricatura de un país que, según la mayoría de los parámetros, es más próspero, más pacífico y menos racista que nunca antes. La verdadera amenaza proviene del hombre que ha hecho más esfuerzos por avivar la ira nacional y quien, en Cleveland, aceptará la candidatura del Partido Republicano para postularse para la presidencia.

Gane o pierda en noviembre, Donald Trump tiene el poder de reformar a Estados Unidos para que se parezca más al lugar disfuncional y en declive que él afirma que es.

La disonancia entre la retórica pesimista y el reciente desempeño es mayor en la economía. La recuperación de Estados Unidos es ahora la cuarta más larga registrada, el mercado de valores ha alcanzado un nivel histórico, el desempleo está por debajo del 5 por ciento y los salarios medios reales al fin están empezando a subir. Hay problemas genuinos, particularmente la alta desigualdad y la situación de los trabajadores poco calificados dejados atrás por la globalización, pero estos han supurado por años. No pueden explicar la repentina furia en la política estadounidense.

En las relaciones raciales ha habido, de hecho, un enorme avance. Apenas en 1995, solo la mitad de los estadounidenses decía a los encuestadores que aprobaba los matrimonios interraciales.

Ahora la cifra es de casi 90 por ciento. Más de uno de cada 10 de todos los matrimonios es entre personas que pertenecen a diferentes grupos étnicos. El movimiento de los no blancos hacia los suburbios ha reunido a blancos, afroamericanos, hispanos y asiático-estadounidenses, y generalmente se llevan bien entre ellos.

Pese a todo esto, sin embargo, muchos estadounidenses se sienten cada vez más pesimistas sobre la raza. Desde 2008, cuando Barack Obama fue elegido presidente, la porción de estadounidenses que decía que las relaciones entre los afroamericanos y los blancos eran buenas ha caído de 68 por ciento a 47 por ciento. La elección de un presidente afroamericano, que parecía la prueba final del avance racial, fue seguida por una creciente creencia de que las relaciones raciales realmente están empeorando.

¿Qué explica la divergencia entre los signos vitales saludables de Estados Unidos y la percepción, expresada con característica concisión por Trump, de que el país está “declinando rápidamente”? Los historiadores del futuro señalarán que desde alrededor de 2011 los bebés blancos y no blancos han nacido aproximadamente en la mima proporción, y que la población blanca que está envejeciendo está en camino de convertirse en una minoría para 2045. Este siempre iba a ser un cambio difícil para un país en el cual los blancos de ascendencia europea conformaron entre 80 y 90 por ciento de la población durante unos 200 años desde la presidencia de George Washington hasta la de Ronald Reagan.

La inseguridad demográfica se ve reforzada por las fuerzas partidistas divisivas. Los dos partidos han concluido que hay poco que se traslape entre los grupos que probablemente votarán por ellos y, por lo tanto, que el éxito radica en hacer que sus propios partidarios estén lo más furiosos posible, para que acudan a las urnas en cantidades mayores que la oposición. Si sumamos a un candidato, Trump, cuya actitud intimidatoria narcisista ha dando un pinchazo en todos los puntos álgidos y amplificado todos los sentimientos de ira, tenemos un país que, pese a sus fortalezas, está en riesgo de sufrir una herida grave y causada por él mismo.

El daño sería mayor si él ganara la presidencia. Sus amenazas de romper acuerdos comerciales y forzar a las compañías estadounidenses a devolver los empleos al país quizá resulten huecas.

Quizá no pueda construir su muro en la frontera con México o deportar a los 11 millones de extranjeros que actualmente viven en Estados Unidos sin tener derecho legal a estar ahí. Sin embargo, aun cuando no pudiera cumplir estas promesas de campaña, al hacerlas ya ha dañado la reputación de Estados Unidos en el mundo. No cumplirlas hará que sus simpatizantes enfurezcan todavía más.

El aspecto más preocupante de la presidencia de Trump, sin embargo, es que una persona con su deficiente autocontrol y erróneo temperamento tendría que tomar decisiones instantáneas sobre seguridad nacional; con el ejército, la armada y la fuerza aérea más poderosas del mundo bajo su mando y códigos de lanzamiento de armas nucleares a su disposición. Los mercados de apuestas colocan la probabilidad de un triunfo de Trump en alrededor de tres en 10; similar a las probabilidades que daban de que Gran Bretaña votaría por abandonar la Unión Europea.

Menos obvio, pero más probable, es el daño que Trump hará aun cuando pierda. Ya ha roto los límites del discurso político permisible con sus declaraciones sobre los mexicanos, los musulmanes, las mujeres, los dictadores y sus rivales políticos. Quizá sea imposible restablecerlos una vez que él se haya ido.

Además, la historia sugiere que los candidatos que se apoderan del control de un partido con base en una propuesta contraria a los valores tradicionales del partido tienden eventualmente a reformarlo. El senador Barry Goldwater logró esta hazaña para los republicanos: aunque perdió en 44 estados en 1964, solo unas cuantas elecciones después el partido se estaba postulando con base en su plataforma. El senador George McGovern, a quien le fue incluso peor que a Goldwater, perdiendo en 49 estados en 1972, remodeló al Partido Demócrata de una manera similar.

Una lección del éxito de Trump hasta la fecha es que la antigua combinación de los republicanos de insistente reducción del estado y conservadurismo social es menos popular entre los votantes de las primarias que el trumpismo, una mezcla de populismo y nativismo ofrecida con un seguro toque de televisión de realidad y redes sociales propio del siglo XXI. Su nominación pudiera terminar en un callejón sin salida para el Partido Republicano, o pudiera apuntar hacia el futuro del partido.

Cuando contemplen un voto de protesta a favor de romper el sistema, que es lo que la candidatura de Trump ha llegado a representar, algunos votantes podrían preguntarse qué tendrían que perder. Esa, después de todo, es la lógica que llevó a muchos británicos a votar por el brexit el 23 de junio.

Sin embargo, Estados Unidos en 2016 es pacífico, próspero y, pese a las noticias recientes, más racialmente armonioso que en cualquier momento en su historia. Así que la respuesta es: muchísimo.

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