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El presidente mexicano gobierna a través de una hermética camarilla de colaboradores leales, muchos de los cuales trabajaron con él en su puesto anterior como gobernador del Estado de México (que rodea a la Ciudad de México). Cualesquiera que sean sus otras cualidades, a menudo han parecido insensibles a los imperativos de la política democrática y a las costumbres del mundo en general.

A alguien en el círculo interno de Peña Nieto debe haberle parecido una idea genial invitar a México a los candidatos de la elección presidencial estadounidense. Pondría a Peña Nieto en las primeras planas del mundo como un estadista capaz de negociar incluso con Donald Trump, el candidato republicano, quien ha hecho de las críticas a México el leitmotiv de su campaña.

Casi cualquier experto en política exterior lo habría hecho desistir de la idea. “Es una iniciativa muy engañosa y altamente arriesgada”, dice uno, Andrés Rozental, un exsubsecretario de relaciones exteriores. Los mexicanos están acostumbrados a que los temas de drogas, migración y proteccionismo comercial surjan durante las campañas electorales estadounidenses. Pero ningún candidato moderno ha sido tan ofensivo y agresivo como Trump. Y es raro que un presidente mexicano sea anfitrión de candidatos en esta etapa de una campaña presidencial. En realidad, funcionarios insistieron durante mucho tiempo que el gobierno no respondería a las falsedades de Trump sobre México porque eso sería intervenir en los asuntos internos de su vecino.

En los titulares

Languideciendo en las encuestas y necesitado de convencer a los votantes de que podía actuar como estadista, Trump aceptó de inmediato la invitación (Hillary Clinton, la candidata demócrata, sin duda tiene mejores cosas que hacer). Su reunión de una hora el 31 de agosto en Los Pinos, la residencia presidencial, ciertamente puso a Peña Nieto en los titulares. Para muchos mexicanos, la noticia fue que su presidente no obtuvo una disculpa pública de Trump por su forma de denigrar a los migrantes del país como “violadores” y “criminales”.

En una declaración preparada, Peña Nieto puntualmente ofreció un largo recuento de cómo la emigración mexicana ha disminuido significativamente, y de cómo seis millones de empleos en Estados Unidos dependen de su país, y cómo la frontera debería ser vista como una “oportunidad compartida”. “Señor Trump”, declaró, “los mexicanos merecemos el respeto de todos”.

Trump, pareciendo menos animado que lo habitual, respondió que los mexicanos son “personas increíbles”. Peña Nieto puede atribuirse el mérito de que su visitante se retractara de su amenaza anterior de desalentar a compañías estadounidenses de construir plantas en México. Eso es ahora una promesa de “mantener a la industria en nuestro hemisferio”, una importante concesión. Pero otro de los “compromisos compartidos” que Trump leyó, sin refutación, fue “el derecho” a un muro fronterizo para mantener fuera a los migrantes. Al menos tuvo el tacto en esta ocasión de no pedir a su anfitrión que pagara por él, aunque esa sigue siendo su política.

Desviar la atención

INTENTO•  Cualquier presidente mexicano habría pasado apuros para reaccionar ante Trump. Peña Nieto ha dado un giro drástico. Empezó ignorándolo, con base en la no intervención. Enfrentando las críticas internas, luego dio una entrevista en la cual comparó la “retórica estridente” del empresario estadounidense con lo que llevó a Mussolini y Hitler al poder.

La invitación a Trump por tanto, olió a un intento por parte de Peña Nieto de distraer la atención de los incontables problemas nacionales que enfrenta. La economía continúa decepcionando. El gobierno está visiblemente dividido en cuanto a cómo manejar una rebelión por parte de maestros extremistas contra su reforma educativa insignia. La delincuencia violenta está aumentando otra vez. Ha surgido una nueva denuncia de conflicto de interés concerniente a la primera dama, está en relación con un departamento en Miami (del cual ella niega ser dueña). Y Peña Nieto ha sido acusado de plagiar parte de su tesis para su título de abogado (una denuncia que la universidad ha confirmado). Aun antes de los dos escándalos más recientes, su índice de aprobación había caído a 23 por ciento, el más bajo registrado para un presidente mexicano en este siglo. Eso es resultado de su peculiar y provincial manera de gobernar.

Peña Nieto quizá crea que tuvo una iniciativa audaz al abrir un diálogo con Trump. Su demanda de respeto es legítima. Pero debería ser emitida por la diplomacia ciudadana dentro de Estados Unidos, y transmitida después de la elección al ganador. Al permitir que su visitante pareciera presidencial, ha ayudado a Trump a realizar algunas retractaciones retóricas que eran electoralmente inevitables. Aun cuando Clinton gane, no agradecerá a Peña Nieto por eso. Si resulta que ayuda a Trump a ser elegido, muchos mexicanos nunca se lo perdonarán a él ni a su partido, ni tampoco lo hará gran parte del resto del mundo.

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