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En su primer encuentro cumbre de líderes, la razón de ser del Grupo de los 20 era clara. Celebrado poco después del colapso de Lehman Brothers a fines de 2008, el foro de grandes economías tranquilizó a un mundo preocupado simplemente al mostrar unidad. Pero conforme los peores estragos de la crisis financiera se han desvanecido, el G-20 ha pasado apuros para encontrar el mismo sentido de propósito. Fue precedida por otra muestra de cooperación: Estados Unidos y China ratificaron el acuerdo sobre el cambio climático de París. Luego empezó el trabajo en base a una larga lista de problemas, incluidas disputas comerciales en fermentación, bancos centrales agobiados, la evasión fiscal corporativa y una reacción populista en varios países contra la globalización. El comunicado final tuvo más de 7,000 palabras, sin contar varios largos apéndices.

Esta dispersión frustró a algunos participantes, que querían una atención más enfocada en el crecimiento. El Fondo Monetario Internacional señaló que 2016 será el quinto año consecutivo de crecimiento mundial por debajo del 3.7 por ciento, su promedio durante casi dos décadas antes de la crisis. Es probable que las economías del G-20 no cumplan la meta que se impusieron en 2014, de elevar su producción combinada en 2 por ciento por encima de la predicción de entonces del FMI para 2018.

Sin embargo, juzgar el éxito del G-20 por los resultados en el crecimiento es injusto cuando la mayoría de sus grandes miembros son un lastre. Estados Unidos está contemplando un segundo aumento de tasas de interés. Alemania sigue siendo escéptica sobre el estímulo, China está actualmente más interesada en desactivar los riesgos financieros que en incrementar el producto interno bruto.

Y hay una interpretación más positiva de la dispersión del G-20: que está avanzando hacia enfrentar, si no tanto resolver, la variedad de problemas que atormentan a la economía mundial. 

Flexibilidad

Aunque el G-20 parece difícil de manejar, también tiene una ventaja: la flexibilidad. Al carecer de una burocracia permanente, puede cambiar su énfasis anualmente, dependiendo de qué país lo presida.

China puso la “innovación” en el centro de su agenda para el G-20. Aunque suene vago, fue sensato. Primero, debatir si depender más de la política fiscal o de la monetaria para promover el crecimiento tiene sus límites. A más largo plazo, el progreso depende de una productividad mejorada; obtener más de los recursos existentes. Segundo, al menos parte de la ira dirigida a la globalización se origina en la ansiedad por las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial, que amenazan a los esquemas de empleo establecidos. No hay una respuesta sencilla: el G-20 prometió compartir tecnología con los países pobres y desarrollar la capacitación laboral. Pero hacer que las principales economías del mundo pensaran colectivamente en la desventaja de la innovación fue mejor que nada.

Sobre disputas específicas, qué lastima, se hizo poco progreso en Hangzhou. Tanto Estados Unidos como Europa presionaron a China para que haga más para frenar su sobrecapacidad industrial, especialmente en el acero. China respondió que la débil demanda mundial era tanto un problema como la oferta excesiva. La solución propuesta establecer un foro para monitorear la capacidad de acero excesiva del mundo fue un clásico ejemplo de estar de acuerdo en no estar de acuerdo.

Cumbres y más cumbres

Sin embargo, la cumbre también fue un recordatorio oportuno de por qué no hay sustituto para esas reuniones. Días antes de que empezara, la Comisión Europea dictaminó que Apple había pagado insuficientes impuestos en Irlanda, hasta por 13,000 millones de euros (14,700 millones de dólares). Eso ha planteado la perspectiva de una guerra fiscal trasatlántica, pues Estados Unidos insinuó una represalia. Ese conflicto socavaría uno de los principales logros del G-20: fue una solicitud del grupo en 2012 lo que llevó a la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico, un club de países ricos, a elaborar lineamientos que hacen más difícil que las compañías trasladen las utilidades a sus regímenes fiscales preferidos. El caso de Apple continuará, pero, mientras tanto, el G-20 se comprometió a más coordinación sobre los impuestos. Dentro de dos años, la mayoría de los países compartirá automáticamente la información sobre los impuestos aplicados a los no residentes, reduciendo el alcance de la evasión.

A los que acudieron a la cumbre, China intentó presentar una imagen de fortaleza. El gobierno cerró fábricas, cercanas y lejanas, para asegurarse de que el aire estuviera limpio. Cubrió a Hangzhou con seguridad. Y organizó una gran gala nocturna, presentando un deslumbrante espectáculo de luces y bailarinas que danzaban sobre el agua. La sustancia de la reunión fue mucho más aburrida. Pero las cumbres continuarán, ciertamente deben hacerlo.

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