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“Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor de la América ingenua que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”.

Así va la oda “A Roosevelt” (1904) de Rubén Darío, poeta nicaragüense. Su poema fue inspirado por la toma de Cuba y Puerto Rico por parte de Estados Unidos en la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898, en la cual Theodore Roosevelt desempeñó un papel menor que le ayudó a ganar la presidencia, y por su subsecuente toma de Panamá, una provincia de Colombia.

Darío fue profético: durante las siguientes tres décadas, habría más de 30 intervenciones militares de Estados Unidos en la cuenca del Caribe, en nombre de lo que Roosevelt llamó “el ejercicio de un poder policial internacional”.

Estos acontecimientos, y la asimetría de poder y riqueza subyacente, dio paso a una perdurable tradición de antiamericanismo o “antiyanquismo”, ya que para los hispanohablantes “América” significa toda la masa continental de Norte y Sudamérica.

OBAMA

En los tiempos recientes, este se ha identificado con la izquierda -con Fidel Castro de Cuba, el expresidente Hugo Chávez de Venezuela y el presidente Evo Morales de Bolivia-, pero hay también una vertiente conservadora e hispanista del antiamericanismo, expresada por Darío y otros, la cual reclama una superioridad de cultura y valores para Latinoamérica ante la actitud pendenciera y el materialismo vulgar de Estados Unidos.
Uno de los principales objetivos de la política del presidente Barack Obama hacia Latinoamérica ha sido disipar el antiamericanismo. Desde el inicio de su presidencia, ha dicho que quería “una asociación igualitaria” en el continente americano. Su acción más audaz fue la apertura diplomática hacia Cuba, que fue aplaudida por la izquierda y la derecha en toda Latinoamérica. Sobre temas como la destrucción de la democracia de Venezuela, Estados Unidos ha buscado trabajar a través de socios en la región, aunque sin un éxito evidente.

Obama ha tenido impacto en la opinión regional. Cuando fue elegido en 2008, solo 58 por ciento de los encuestados por Latinobarómetro, una encuestadora en toda la región, tenía una opinión positiva de Estados Unidos. Este año, esa cifra fue de 74 por ciento.

Las actitudes de los gobiernos también han cambiado. Chávez ha muerto y la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de Argentina dejó el podeWr. El presidente Michel Temer de Brasil no cifra las esperanzas en los “lazos sur-sur” como su predecesora, la presidenta Dilma Rousseff. En toda Latinoamérica, muchos gobiernos están buscando acercarse más a Estados Unidos.

TRUMP ALARMA

Esa es la razón de que a los latinoamericanos les alarme especialmente la perspectiva de que Donald Trump ocupe la Casa Blanca. Junto con Canadá, como vecinos de Estados Unidos tienen más que perder que cualquiera por el nacionalismo proteccionista de Trump. Muchos latinoamericanos ven al candidato republicano como un racista que se burla de “la América ingenua que tiene sangre indígena”, en palabras de Darío. Los comentaristas latinoamericanos ven a Trump como similar a los propios líderes populistas de la región, como Chávez. Algunos temen que su advenimiento pudiera provocar un renacimiento del antiamericanismo en la región en un momento en que iba en remisión.

De hecho, es probable que las respuestas sean más calculadas. Tomemos a México. Los sondeos sugieren que un 85 por ciento de los mexicanos aborrece a Trump. Sin embargo, también sugieren que Andrés Manuel López Obrador, un aspirante izquierdista populista para la elección de 2018, quien en algunas formas refleja la imagen de Trump, no está sacando provecho de esta ira. Un sondeo realizado por el periódico Reforma encontró un apoyo estable del 28 por ciento para López Obrador en agosto. Es Margarita Zavala, una conservadora proestadounidense, quien recibió un impulso.

“Si se tiene al mayor pendenciero del mundo al otro lado de la frontera”, dijo Juan Pardiñas del Instituto Mexicano de la Competitividad, un grupo de análisis, “quizá uno no quiera su propio pendenciero (sino más bien) un estilo de liderazgo más suave”.

El efecto de Trump en Cuba, si llevara a cabo su amenaza de anular la apertura diplomática de Obama, podría ser diferente. Eso eliminaría cualquier esperanza de que la transición a un liderazgo posterior a Castro, que debe empezar en 2018, involucre una relajación del control político.

Los gobiernos latinoamericanos son anti-Trump, pero eso no necesariamente les haría antiamericanos.

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