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En 1927, Frederic Thra-sher publicó una “historia natural” de las 1,313 pandillas en Chicago.

Todas ellas vivían según un conjunto de reglas no escritas que había llegado a tener sentido para los pandilleros, pero que era casi repelente para todos los demás.

Así es con Donald Trump y muchos de sus simpatizantes. Al normalizar actitudes que, antes de que él apareciera, eran públicamente tabúes, Trump ha llevado una manopla a la cultura política estadounidense.

La grabación en la que se jacta de tomar a las mujeres “por el coño”, mucho antes de que fuera candidato, fue bastante desagradable. Más preocupante aún ha sido la insistencia por parte de muchos simpatizantes de Trump de que su comportamiento era normal. Así como también lo fue su amenaza, lanzada en el segundo debate presidencial, de que si gana metería a la cárcel a la candidata demócrata, Hillary Clinton.

En una democracia más frágil, ese tipo de lenguaje presagiaría violencia poselectoral.

Afortunadamente, Estados Unidos no está a punto de amotinarse el 9 de noviembre. Sin embargo, las razones tienen menos que ver con el poder del Estado para aplicar la ley escrita que con las reglas no escritas en las que se basa la democracia estadounidense. Son estas las que está pisoteando Trump, y las cuales los estadounidenses necesitan defender.

NUEVO LENGUAJE

Si esto parece exagerado, considere las ideas que Trump ha introducido al discurso político este año: que se debe prohibir el ingreso de los musulmanes al país, que un juez federal nacido de padres mexicanos era inadecuado para presidir un caso que involucra a Trump, que la discapacidad de un reportero es digna de burla, y que la “deshonesta” Clinton debe ser observada para que no se robe la elección. Daniel Patrick Moynihan escribió que, cuando muchas cosas malas suceden a la vez, las sociedades amplían la permisividad de lo tolerable, hasta que la lista de lo que es inaceptable es lo suficientemente corta para ser manejable. Cuando los padres se preguntan si un debate presidencial es adecuado para que lo vean sus hijos, la promesa de Trump de construir un muro en la frontera mexicana ya no parece tan ofensiva.

Esta forma de hacer política no es nueva. Trump está llevando al campo convencional un tipo de intolerancia y pesimismo con fines de lucro que cree que la vida en el país más rico y más poderoso del mundo a principios del siglo XXI posiblemente no podría empeorar más. No se puede culpar a políticas específicas, argumenta ese razonamiento, sino al sistema mismo, que debe ser desmantelado para resolver los problemas de Estados Unidos.

El personaje de televisión de realidad que interpreta Trump hace que esa propuesta parezca menos alarmante. Crea una ambigüedad sobre cuán serio es él y cuán en serio necesita tomarlo su audiencia. A cada atrocidad le acompaña un ápice de denegabilidad plausible: “¡Simplemente está siendo Trump!” Con cada señal de que es poco apto para ser jefe de Estado, algunos simpatizantes pueden aferrarse a una realidad alternativa: “Creo que, en realidad, es un buen hombre y es un hombre de negocios grandioso, así que seguramente contratará a un equipo grandioso”.

CONTRA TRUMP

No todos aquellos en los mítines de Trump son intole- rantes, pero están dispuestos a pararse al lado de alguien que grita insultos chauvinistas o usa una camiseta con la leyenda estampada de “Trump That Bitch” (un juego de palabras que significa “Derrotar a esa bruja”) y concluyen que, si eso es lo que se necesita para derrotar a Clinton, entonces que así sea.

Lo que más esperan los simpatizantes de Trump es que, al soltar una bola de demolición contra las pocilgas y vecindades de la política de Washington, la vida pública pueda reconstruirse para que represente a la gente real, en vez de a las élites y los grupos de interés. Cuando la gente concluye que la política es repugnante o absurda, pierde la fe en ella. Eso habitualmente empeora las cosas.

Si Trump realmente gana la elección, los republicanos tendrán que cumplir las expectativas que él ha creado: de proteccionismo, aumentos de gastos aunados a recortes de impuestos, hostilidad hacia los extranjeros y un retroceso de décadas en la política exterior. Eso haría a Estados Unidos más pobre, más débil y menos seguro. Mientras tanto, el Partido Republicano aún necesitaría el apoyo de aquellos que han vitoreado a Trump. Lejos de renovarse, la política se volvería aún más desagradable y más brutal.

Si Trump pierde, Clinton empezará su presidencia con decenas de millones de personas que creen que ella debe estar en la cárcel. Quizá él perderá tan ampliamente que arrastre con él a las mayorías republicanas en ambas cámaras. Eso permitiría a Hillary Clinton al menos dos años, antes de las próximas elecciones intermedias, durante los cuales podría impulsar una reforma de la inmigración, incrementar el gasto en infraestructura y cambiar el equilibrio de la Suprema Corte.

Estos serían grandes logros, pero cerca del 40 por ciento de los votantes sentiría que fue apisonado por un gobierno hostil. La política se polarizaría aún más.

Cámara de Representantes en manos republicanas

HOSTILIDAD • En parte porque Clinton es blanco de desconfianza y disgusto, el resultado más probable en noviembre es que sea la próxima presidenta, pero enfrente a una Cámara de Representantes controlada por los republicanos, y quizá un Senado también. Esta es una receta para un estancamiento furioso y lleno de odio. Habría más suspensiones del gobierno y quizá incluso un intento de impugnación. También significaría aún más gobierno por medio de acciones ejecutivas y regulación para eludir al Congreso, avivando la extendida sensación de que Clinton es ilegítima.

Maniatada e impopular internamente, Clinton también sería más débil en el extranjero. Sería menos fácil que corriera riesgos al, digamos, defender el comercio o rechazar vigorosamente los desafíos al poderío estadounidense por parte de China o Rusia. El papel de Estados Unidos en el mundo se contraería. La frustración y la desilusión crecerían.

¿Debe ser así? Una vez que se empieza a lanzar lodo en la política, es difícil parar. A veces, sin embargo, se tiene un vistazo de algo mejor. Cuando Todd Akin perdió un escaño senatorial ganable en 2012, después de desventuradamente tratar de trazar una distinción entre “violación legítima” y el tipo no tan legítimo, los candidatos y consultores políticos republicanos tomaron nota.

Ese entendimiento necesita darse a gran escala. La política saludable no es la guerra de pandillas. Involucra compromiso, porque ceder en algunas áreas es avanzar en otras. Gira en torno de que los antagonistas lleguen a un acuerdo sobre un plan, porque no hacer nada es el peor plan de todos. Requiere la percepción de que tu oponente puede ser honorable y tener principios, no obstante, lo fuertemente que discrepen.

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