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¿Quién sostendrá la antorcha de la apertura en Occidente?

No el próximo presidente de Estados Unidos. Donald Trump, el candidato republicano sembrador de quejas, construiría un muro en la frontera con México y haría pedazos los acuerdos comerciales. La candidata demócrata Hillary Clinton, la probable ganadora el 8 de noviembre, sería mucho mejor en cuanto a inmigración, pero ha renunciado a su anterior apoyo a ambiciosos acuerdos comerciales.

Gran Bretaña, preocupada por los inmigrantes y la globalización, ha votado para salir de la Unión Europea. La Canciller Angela Merkel abrió las puertas de Alemania a los refugiados, luego sufrió una serie de reveses políticos. Marine Le Pen, una populista de derecha, es la favorita para ganar la primera ronda de la elección presidencial de Francia el año próximo.

En esta deprimente compañía de constructores de muros, azotadores de puertas y levantadores de puentes levadizos, Canadá destaca como una alentadora excepción. Felizmente admite a más de 300,000 inmigrantes al año, casi uno por ciento de su población una proporción más alta que cualquier otro país grande y rico y lo ha hecho durante dos décadas. Su carismático primer ministro Justin Trudeau, quien ha estado en el cargo un año, ha dado la bienvenida a unos 33,000 refugiados sirios, muchos más que Estados Unidos.

Apartándose del estado de ánimo proteccionista, Canadá sigue siendo un ansioso partidario del libre comercio. Se sintió decepcionado por la lucha de la Unión Europea para superar un veto por parte de los valones –los habitantes de una de las tres regiones de Bélgica- sobre la firma de un acuerdo comercial “amplio” cuya negociación llevó siete años.

Bajo el Gobierno de Trudeau, Canadá está tratando de enmendar su vergonzoso trato a sus pueblos indígenas, y es probable que se convierta en el primer país occidental en legalizar el cannabis recreativo a nivel nacional.

DIFERENTE

Con una irremediable reputación de insulsez, menos atrevida y belicosa que Estados Unidos, Canadá ha parecido desde hace tiempo a los forasteros una ciudadela de decencia, tolerancia y buen juicio. Charles Dickens, desconcertado por una visita a Estados Unidos en 1842, encontró alivio en Canadá, donde vio “sentimiento público y empresa privada en un Estado sólido e íntegro, sin rubor o fiebre en su sistema”.

La red de seguridad social de la Canadá moderna es más fuerte que la de Estados Unidos, y sus leyes de control de armas más sensatas. Hoy, en su solitaria defensa de los valores liberales, Canadá parece francamente heroica. En una era de extremos seductores, sigue siendo tranquilizadoramente equilibrada.

Muchas de las virtudes de Canadá surgen de su historia y geografía y no son fácilmente exportables. Es más fácil relajarse respecto de la inmigración, por ejemplo, cuando tu única frontera terrestre está protegida por un muro del tamaño de Estados Unidos. El aprecio por los beneficios del comercio surge más fácilmente en países vecinos de grandes mercados. Los partidarios del brexit británicos podrían afirmar de manera justificada que votaron exactamente por lo que Canadá ya tiene: control sobre la inmigración y la libertad de negociar acuerdos comerciales con cualquier país dispuesto a ser recíproco.

Pese a esa suerte, Canadá sufre de una de las presiones que alimentó al populismo en otros países ricos. Ha experimentado una declinación de los empleos manufactureros, ingresos estancados para la mayoría de sus ciudadanos y una creciente desigualdad. También le preocupa una clase media que se contrae. A los canadienses les preocupa el terrorismo islamita, aunque hasta ahora el país se ha salvado de un gran ataque, y algunos políticos de derecha, sacando provecho de los temores de que suceda uno, se dejan enredar por la retórica trumpiana.

Sin embargo, Canadá no parece tentada a cerrarse al mundo. ¿Qué pueden aprender otros países occidentales de su ejemplo?

Primero, Canadá no solo da la bienvenida a los recién llegados sino que trabaja duro para integrarlos. Su carta de derechos y libertades proclama la “herencia multicultural” del país”. No todos los países fusionarán la diversidad y la identidad nacional en la misma forma en que lo hace Canadá. En realidad, el Quebec francófono tiene su propia forma de interpretar el multiculturalismo, el cual da prioridad a la cultura distintiva de la provincia. Sin embargo, otros países pueden aprender del espíritu de experimentación que Canadá utiliza para ayudar a los inmigrantes a encontrar empleo y vivienda.

Su sistema de patrocinio privado, en el cual grupos de ciudadanos se responsabilizan de apoyar a los refugiados durante su primer año, no solo les ayuda a adaptarse sino también alienta a la sociedad en general a hacerlos sentir bienvenidos. El Alto comisariado de Naciones Unidas para los Refugiados ha hecho un llamado a otros países para que lo copien.

La segunda lección es el valor de saber cuándo la austeridad fiscal hace más daño que bien. Canadá ha estado gestionando sus finanzas públicas de manera conservadora durante los últimos 20 años. Ahora a cargo de una economía débil, Trudeau puede permitirse dar un impulso modesto al crecimiento gastando dinero extra en infraestructura. Su Gobierno ha dado un recorte de impuestos a la clase media y elevado las tasas para los de salarios más altos para ayudar a pagarlo. Estas políticas económicas merecen “hacerse virales”, ha dicho el jefe del Fondo Monetario Internacional.

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