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Críticas y halagos durante la campaña, un efusivo abrazo al llegar al poder y un abrupto despido cuatro meses después, son pruebas de la relación desconcertante, llena de altibajos y profundamente vinculada a las ambiciones políticas del presidente de EE. UU., Donald Trump, con el exdirector del FBI, James Comey.

Comey se encontraba este martes en un acto privado con agentes del FBI en Los Ángeles (California) cuando las televisiones de la sala se iluminaron con la noticia de que había sido despedido.

El jefe del Buró Federal de Investigaciones (FBI), que tenía aún más de seis años por disfrutar en el cargo, pensó que era una broma y soltó una risa antes de confirmar, gracias a sus asesores, que la Casa Blanca había informado a los medios antes que a él.

Esa anécdota ilustra el grado de hostilidad que Trump profesaba a Comey al término de su relación laboral, que comenzó formalmente en enero con un efusivo abrazo del flamante presidente estadounidense a un funcionario al que la candidata demócrata, Hillary Clinton, culpa abiertamente de su derrota en las elecciones del pasado noviembre.

“Se ha vuelto más famoso que yo”, dijo Trump tras abrazar a Comey durante un acto en la Casa Blanca el 22 de enero.

Cualquier resto de ese aprecio se había esfumado a comienzos de mayo, cuando, según varios medios, Trump encargó a su secretario de Justicia, Jeff Sessions, que encontrara razones para echar a Comey.

Trump estaba frustrado por el creciente perfil público de Comey y su reticencia a poner freno a las preguntas del Senado acerca de la investigación del FBI sobre los lazos entre Rusia y la campaña del actual mandatario, según reveló el jueves el diario The Wall Street Journal.

La suspicacia de Trump hacia Comey comenzó hace casi un año, y según dijo hoy una portavoz de la Casa Blanca, Sarah Sanders, la posibilidad de despedirle es algo que al mandatario le rondaba por la cabeza “desde el día en que fue elegido”, en noviembre pasado.

Durante la larga campaña electoral, Trump pasó del odio al amor -y de nuevo al odio- en sus frecuentes referencias públicas a Comey, quien hizo varios anuncios sobre la investigación del FBI acerca del uso por parte de Hillary Clinton de un servidor privado de correo electrónico cuando era secretaria de Estado (2009-2013).

En julio, Comey anunció que cerraba esa pesquisa sin presentar cargos contra la candidata demócrata, algo que enfureció a Trump.

“La de hoy es la mejor prueba de que nuestro sistema está completamente amañado”, lamentó entonces el aspirante republicano.

Pero Trump también se aprovechó políticamente de la frase de Comey de que Clinton había sido “extremadamente negligente” en el manejo de su correo, lo que le sirvió para difundir la impresión de que su rival era corrupta y el Gobierno no le paraba los pies.

Aunque, en ese sentido, Comey le estaba beneficiando, Trump siguió atacándole, y en agosto le acusó de haber “salvado a Hillary Clinton de hacer frente a la justicia por sus acciones ilegales”.

Su opinión de Comey cambió radicalmente once días antes de las elecciones, cuando el director del FBI reveló que había reabierto la investigación sobre Clinton para examinar más correos electrónicos.

“Hace falta tener agallas para hacer lo que hizo el director Comey. Yo no era su fan, pero les diré una cosa: lo que ha hecho, le ha devuelto su reputación. La ha devuelto por completo”, aseguró Trump en un mitin.

Pero ese idilio no resistió hasta su victoria electoral, porque dos días antes de las elecciones, el FBI anunció que había revisado los nuevos correos y mantenía su decisión de no procesar a Clinton.

“Hillary Clinton es culpable. Ella lo sabe, el FBI lo sabe y la gente lo sabe. La está protegiendo un sistema totalmente amañado”, aseguró entonces Trump, quien también cuestionó que la agencia de Comey pudiera “revisar 650,000 correos en ocho días”.

Aunque su gestión de esa investigación es la razón oficial que ha dado la Casa Blanca para despedir a Comey, la relación entre Trump y el ahora exfuncionario se deterioró claramente después de que este último revelara, en marzo pasado, que estaba indagando en los lazos entre Rusia y la campaña electoral republicana.

En una entrevista en abril, Trump aseguró que tenía “confianza” en Comey, pero fue tajante ante la pregunta de si era demasiado tarde para despedirle.

“No, no es demasiado tarde. Veremos qué ocurre, será interesante. No olviden que Jim Comey salvó a Hillary Clinton, le salvó la vida”, afirmó Trump.

Su paciencia terminó este martes, seis días después de que Comey alertara en una audiencia ante el Senado que el Gobierno ruso aún trata de influir en la política de Estados Unidos, y dos días antes de que fuera a testificar de nuevo ante el Congreso.

Fue entonces cuando, en un gesto que ha sido comparado con las exhibiciones de poder de los mafiosos, Trump envió a uno de sus asesores más leales, Keith Schiller, a entregar personalmente la carta de despido a la oficina vacía del jefe del FBI, quien se encontraba en la otra costa, totalmente ajeno a los hechos.

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