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La esposa de un abogado chino encarcelado ha contado a la AFP la historia de su huida rocambolesca desde China hasta Tailandia, donde diplomáticos estadounidenses la arrebataron ‘in extremis’ a agentes de Pekín para llevarla a Estados Unidos.

Chen Guiqiu y sus dos hijas emprendieron su viaje a principios de este año desde la provincia de Hunan, en el centro de China. 

Su marido, el defensor de los derechos humanos Xie Yang, sigue en China, donde el lunes se declaró culpable de incitación a la subversión durante su juicio. 

Las autoridades lo detuvieron a mediados de 2015, junto con otros 200 juristas, abogados y militares, por defender a militantes chinos que habían respaldado las manifestaciones prodemocracia de 2014 en Hong Kong. La Unión Europea (UE) y otros países occidentales mostraron su preocupación cuando Xie denunció haber sido torturado por la policía. 

Tras el arresto, Chen no dudó en pedir públicamente la liberación de su marido. Su lucha llamó pronto la atención de las autoridades chinas, que la interrogaron varias veces, acosaron a su familia y amenazaron con hacerle perder su empleo de profesora de ingeniería ambiental en la universidad, explica. 

A mediados de febrero, ella y sus dos hijas, de 4 y 15 años, tomaron el camino del exilio, con lo estrictamente necesario en sus mochilas. Lograron pasar la frontera en un lugar que Chen prefiere mantener secreto. 

Persecución

A lo largo del camino que recorrieron, a pie y en coche, cruzaron cuatro países y recibieron el apoyo de varias personas que las acompañaron hasta su destino tailandés: una casa supuestamente segura en Bangkok. 

Su discreción no impidió que la justicia local encontrara al trío, que había entrado en Tailandia sin visado, y le ordenara abandonar el país. A pesar de ello, Chen no estaba preocupada, ya que decía poseer los permisos necesarios para viajar a Estados Unidos, donde nació su segunda hija. 

Pero varios agentes chinos irrumpieron en el centro de detención donde las retenían a las tres a la espera de expulsarlas, cuenta Chen. “Yo estaba conmocionada y mis hijas estaban aterrorizadas. Me habían quitado el teléfono y de verdad pensaba que no iba a salir del apuro”, afirmó. 

No contaba con la intervención de unos diplomáticos estadounidenses, que convencieron a las autoridades tailandesas de dejar escapar discretamente a la mujer y sus dos hijas. 

Comenzó entonces una persecución por las calles de la capital tailandesa con los funcionarios chinos, seguida de un violento altercado entre los representantes de los tres países en el aeropuerto de Bangkok. 

El incidente ocurrió el 3 de marzo, recuerda Chen, un mes antes del primer encuentro entre el presidente chino Xi Jinping y su homólogo estadounidense Donald Trump, en Florida. 

Chen no quiere contar lo que pasó exactamente en el aeropuerto, “es un tema demasiado sensible diplomáticamente”, dice, pero confirma que llegó al estado de Texas el 17 de marzo.

Nunca libre

Ahora espera que le concedan el asilo a ella y a su hija mayor. “Hemos visto a miembros de la administración Trump, que nos dieron mucho apoyo”, asegura.

Su hija de cuatro años ya es estadounidense de nacimiento, y su nacionalidad parece ser el motivo por el que intervinieron los diplomáticos norteamericanos en la prisión tailandesa. 

“Es normal y es incluso una obligación para Estados Unidos o cualquier otro gobierno ayudar a sus ciudadanos en apuro”, considera Sophie Richardson, directora para China de Human Rights Watch (HRW), una oenegé de derechos humanos con sede en Nueva York. 

Xie Yang declaró el lunes durante su juicio que había sufrido un “lavado de cerebro mediante las ideas constitucionales de Occidente”, con el fin de “derribar el sistema” en China. 

También desmintió haber sido torturado por las autoridades durante un proceso que la oenegé Amnistía Internacional (AI) calificó de “simulacro” de juicio. 

Su esposa no lo ha visto desde su arresto en 2015. “Pero, aunque lo liberen, nunca será libre mientras permanezca en China”, lamenta. 

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