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No existe un día en que Martín Gutiérrez no mire el rostro de su madre. Aunque falleció en 2011 de cáncer uterino, la imagen de Rosa acompañará a su hijo por el resto de sus días. Y no es solamente una metáfora. Su cara está tatuada en la piel del joven de 23 años. 

“A ella no le gustaban los tatuajes, pero quería andarla en el brazo, como para recordarla más, para estarla viendo”, dice Gutiérrez mientras se mira el tatuaje de tonos negros y grisáceos que se hizo hace dos meses. 

Las cuatro horas que tardó la aguja inyectando la tinta bajo su epidermis fueron dolorosas. Pero el tatuaje con el rostro de su madre es el más importante de los quince que se ha hecho en los brazos, las piernas, el pecho y la espalda, así que “valió la pena el dolor”, asegura.

La mayoría de gente que se tatúa rostros lo hace por tener vínculos sentimentales muy fuertes con esa persona, comenta Luis Beltrán, quien calcula haber tatuado al menos cincuenta de ellos durante los catorce años que lleva tatuando. Martín Gutiérrez se tatuó el rostro de su madre hace dos meses.

Beltrán comenta que como Gutiérrez, muchos optan por tatuarse a sus madres, padres, hijas o hijos en diferentes partes del cuerpo. “Casi siempre lo hacen para recordarlos”, asegura el artista. Aunque lo más común es que se tatúen a personas que aún están vivas. 

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Como Crow Navarro, quien lleva el rostro de su madre en el antebrazo desde hace un año. “Es un homenaje a mi mamá, porque la tengo viva. Cuando ya no la tenga, la quiero tener tatuada”, asevera.

La madre de Navarro tiene 52 años, y si bien no acepta con tanta apertura que él tenga casi veinte tatuajes en el cuerpo, se puso a llorar de emoción cuando vio su imagen en la piel de su hijo. 

La técnica

El tatuaje de un rostro puede tardar tres horas si el diseño es pequeño y sencillo, o seis horas si es grande y con otros detalles, como flores o el nombre de la persona, explica Beltrán, tatuador del estudio Tattoo Club Nicaragua, el más grande de la capital.

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Este artista del tatuaje ha perfeccionado con los años la técnica que utiliza. “Cuando hago un tatuaje de rostro intento capturar el más mínimo detalle, intento absorber cada detalle de la foto, y jugar con las sombras”, comenta.

Casi todos los rostros los tatúa en gris y negro, por cuestión de estética también porque se conservan en mejor estado durante mayor tiempo. Además, cuando se trata de rostros, los tatuajes a color se aprecian mejor en personas de piel clara.

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Pero el tatuaje de rostros no es una práctica tan común en Nicaragua. Beltrán lo atribuye a la desconfianza de la gente de la calidad de trabajo que ofrecen algunos tatuadores. 

Josué Gámez, por ejemplo, se tatuó la cara de su madre en la espalda hace siete años, pero el trabajo no quedó muy bien. “El tatuador era un muchacho que usaba máquinas hechizas, el sombreado, el detallado no es el mismo. Le hizo swing de la manera que él pudo, pero no es la misma calidad”, comenta. 

Por esa razón, cuando decidió tatuarse a su hijo en el antebrazo se aseguró primero de que el artista hiciera esta vez un tatuaje de buena calidad.

El recuerdo de su carita

Para Gámez la mejor forma de preservar el recuerdo de su hijo, cuando tenía seis meses de nacido, fue tatuándoselo en la piel. 

Josué Junior, quien ahora tiene cinco años de edad, se quedará de forma indeleble en el brazo de su padre “para pasarlo viendo todo ese tiempo que no lo pude ver cuando era pequeño”.Karina Blanco considera a la Negra como su propia hija.

Gámez, quien reside en Granada y trabaja en un call center en la capital, afirma que no ha pasado tanto tiempo con su hijo, quien vive en Estelí con su madre. 

“El tatuaje es importante porque no he pasado tanto tiempo con él. Siempre he ido a verlo, lo tengo en vacaciones, pero no tengo tanto el recuerdo de su carita porque no lo jugué mucho de pequeño”, explica el padre de 27 años. 

Su hijo está creciendo muy rápido y ya es totalmente diferente, dice Gámez, quien asegura que “a todo el mundo le gustó” su nuevo tatuaje. 

Aunque algunos le dijeron que con un tatuaje en el brazo jamás conseguiría trabajo. “Pero al final en el trabajo que tengo no hay ningún problema con los tatuajes, no necesito andar tapado. De hecho cuando mi jefe lo vio, me dijo que le recomendara al tatuador para hacerse un diseño”, comparte. 

Excéntrico

Aunque en una cantidad bastante reducida, también hay quienes se tatúan rostros de famosos, artistas, personajes de series o incluso a sus propias mascotas. 

Este último es el caso de Karina Blanco, una joven estudiante de 20 años, que se tatuó la cara de su perrita en la parte superior de la espalda. 

“Negra”, la American Stanford combinada con pequinés que pronto cumplirá tres años, se convirtió en una parte tangible del cuerpo de Blanco, quien la rescató de ser tirada a la calle cuando apenas tenía dos días de nacida. 

“Todos los perritos habían nacido blancos, y como solo ella nació negra, decían que se miraba como una rata y daba asco. Mi mamá y yo la agarramos, le compramos pachas y la cuidamos”, recuerda Blanco. 

La joven afirma que ahora su mascota “es la princesita de la casa”, mientras muestra el perfil de Facebook que creó para Negra, en donde aparecen fotos de la perrita vistiendo un tutú, mordiendo una piñata, o viendo televisión con ropa interior puesta. 

Si bien a veces la gente le dice que está loca, “que cómo voy a ponerme eso, si es un animal”, Blanco no presta demasiada atención a las críticas. “Mi respuesta es que cada quien toma sus decisiones”, dice la estudiante, quien también tiene otros tatuajes por todo el cuerpo, incluyendo rosas, elefantes y búhos. 

La última flor

Rosa murió joven. Tenía 41 años cuando sus tres hijos de 10, 17 y 21 años sufrieron su pérdida. Siendo el hijo del medio, Gutiérrez afirma haber tenido una buena relación con su madre. “Siempre me llevé bien con ella, éramos demasiado cercanos”, comenta. Josué Gámez no compartió mucho tiempo con su hijo cuando era un bebé.

Quizás esa cercanía explique su fascinación por las rosas, un motivo recurrente en sus tatuajes. “Siento que las rosas son algo simbólico de la muerte, del fallecimiento, es como la última flor para ella que le tiran en el ataúd”, revela.

Después de que la idea del tatuaje con el rostro de su madre le rondara en la cabeza por varios años, decidió escoger una de las pocas fotos que tenía con ella para realizar el trabajo. Era la típica foto de promoción de sexto grado en que madre e hijo desfilan con el diploma recién recibido. 

Cuando su padre vio el tatuaje, le dijo que había quedado bonito. “Como que le dio nostalgia. Después se quedó callado y se fue”, describe Gutiérrez. 

De vez en cuando, si se pasa de tragos, el padre de Gutiérrez, quien no tiene ningún tatuaje, le dice que él también se quiere tatuar a Rosa. Pero quizás quede más conmovido cuando sepa que su hijo planea tatuarse su cara, justo al lado de la cara de su madre.  

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