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En el amplio salón de su casa en Karachi, la septuagenaria Jamshed Jahan Ara relata con una voz por momentos trémula, el peligroso periplo de su familia hacinada a bordo de un tren que los llevó de Dehli a Pakistán durante la Partición de India en 1947. 

Frente a la cámara y al equipo de jóvenes atentos que la entrevista, recuerda cómo su padre le pidió a su hermano que matase a las mujeres de la familia si la caravana era atacada, y la pregunta que, siendo pequeña, le hizo fue: “¿Por qué Neeam me mataría? No hice nada malo”. 

Hace 70 años, el desmantelamiento del Imperio Indio Británico engendraba, dolorosamente, dos Estados distintos y obligaba a millones de hindúes, musulmanes y sijs a emprender la ruta hacia su nueva patria.Durante décadas los sobrevivientes enterraron en lo profundo de su ser las escenas de violencia que en ocasiones presenciaron 

La Partición fue dantesca. 6,000 kilómetros de fronteras fueron trazadas a las apuradas en cinco semanas, alrededor de 15 millones de personas fueron desplazadas, aldeas y caravanas fueron masacradas, decenas de miles de mujeres fueron violadas y secuestradas, y entre 200,000 y dos millones de personas murieron, según estimaciones.   

Pero detrás de estas cifras vertiginosas de la gran Historia, se esconden historias sin mayúsculas, vividas por hombres y mujeres. 

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En un local de Karachi, tentacular metrópoli del sur de Pakistán, estudiantes y voluntarios transcriben y archivan los fragmentos de historias orales que la organización Citizen Archives of Pakistan recolecta a lo largo y a lo ancho del país. 

“La Historia estuvo siempre limitada a los gobernantes o los vencedores, pero la Historia es más extensa que eso. Es también la cultura de las personas involucradas”, explica su directora, Aliya Tayyabi. 

El discurso se libera 

Con el transcurso del tiempo, el discurso se liberó. 

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Durante décadas los sobrevivientes enterraron en lo profundo de su ser las escenas de violencia que en ocasiones presenciaron. De ambos lados, se anhelaba olvidar el campo de cenizas sobre el cual las dos naciones fueron forjadas.  

Sukhwant Kaur, de 78 años, tardó mucho tiempo en poder contarle a sus hijos el terror de cuatro días de fuga con su familia, para alcanzar la parte india, llevando tres vestidos puestos uno encima del otro como único equipaje. Las palabras lograron salir recién  el nacimiento de sus nietos. 

Entrevistada por la AFP en su casa de Amritsar, en el norte de India, describe sus recuerdos con claridad. Una madre pidiéndole a su hijo que la ahogue en un río. Un pozo de agua en donde flotaban cadáveres, y del cual no quedaba otro remedio que beber. Una mujer cortándole el cordón umbilical a su recién nacido, con un trozo de caña de azúcar.

“Siento el alma mucho más liviana, habiendo contado todo esto”, confiesa, con su bastón a su lado.   

Son experiencias como la suya las que, desde hace algunos años, organismos tales como Citizen Archives of Pakistan, el museo de la Partición de Amritsar o el 1947 Partition Archive se esfuerzan en documentar y digitalizar.

“Esta generación nos está dejando”, corrobora Mallika Ahluwalia, directora del recientemente inaugurado museo de la Partición, “motivada por un sentimiento de urgencia”.

‘Energía’ 

Más allá de la finalidad de archivo histórico, estos proyectos de historia oral buscan también transmitir la herencia y las enseñanzas de la Partición. 

En Pendjab, escenario de las peores violencias de 1947, el museo de la Partición alistó a una decena de estudiantes de secundaria de Amritsar para realizar un mes de prácticas. 

La consigna fue encontrar, cada uno, tres testimonios dentro de su entorno, en una región en donde prácticamente cada una de las familias estuvo concernida. 

Entrevistando sobrevivientes, “las imágenes se dibujaban frente a mis ojos. Fue una experiencia dolorosa, podía casi sentir el dolor que ellos habían vivido en esa época”, cuenta Aniket Bhatia, de 16 años. 

Su colega Rahat Sandhu no pudo contener las lágrimas al escuchar el relato de uno de ellos, cuya pequeña hermana, bebé, debió ser abandonada al borde de una ruta, a falta de fuerzas para cargarla.    

“El tipo de energía que ponen en sus palabras, el tipo de lazo que se forma en estos momentos, por 15 minutos, es indescriptible”, sostiene la joven. 

Si bien la Partición y sus horrores quedarán como una de las páginas oscuras de la Historia, dividiendo un subcontinente indio en donde la discordia aún existe, algunos destellos de luz subsisten también. 

“Tanta gente que cruzó la frontera lo logró gracias a la bondad de algún amigo, vecino, colega, incluso en algunos casos, de un desconocido”, concluye Mallika Ahluwalia.

 última sala del museo se llama “Galería de la esperanza”.

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