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No se oye ni un aleteo en la reserva de aves de Seropédica, cerca de Río de Janeiro, donde guacamayos y otros loros rescatados de las garras de los traficantes de pájaros vuelven a “aprender” a volar.

En el mismo centro de tratamiento gestionado por el Ibama (Instituto Brasileño de Medio Ambiente y Recursos Naturales), monos, tortugas, boas e incluso cocodrilos reciben “entrenamiento” para recuperar sus reflejos de sobrevivencia.

El organismo estatal cuenta, entre otras, con la misión de cuidar de animales salvajes cazados, heridos o domesticados, con el objetivo de reintegrarlos a su hábitat natural. Algunos loros cargan aún con las cicatrices del maltrato, mientras otros dicen “Hola”, delatando que han sido domesticados.

Para fortalecer sus alas atrofiadas por años de vida en las jaulas, Taciana Sherlock, veterinaria del centro, los posa en su brazo, que agita de abajo arriba. El bello guacamayo azul y amarillo que está entrenando despliega débilmente sus alas, cuyas plumas fueron cortadas durante su cautiverio para limitar su movilidad. Pero todavía no está listo para despegar. Los pájaros también son incitados a retomar vuelo mediante una instalación formada por dos perchas separadas, en las que se ha puesto comida como cebo. 

“¡Esta es la escuela para volar! Les entrenamos para que estén listos para la vida en libertad. También hay que prepararles para identificar predadores y encontrar comida”, explica la veterinaria. 

Volar con sus propias alas 

El equipo del Ibama, que recibe unos 7,000 animales por año, disminuye paulatinamente su atención a cada pájaro, para deshabituarlos a la presencia humana. Finalmente, los suelta en sus regiones de origen, a veces a miles de kilómetros, como en la selva amazónica. “Es terrible ver el estado en que llegan, pero la recompensa es verlos listos para la libertad. La semana pasada, soltamos veinte guacamayos y tucanes en el estado de Goiás (centro)”, celebra la especialista.

La venta de animales silvestres es ilegal en Brasil, pero eso no impide que esté muy generalizada. Sobre todo en Río de Janeiro, donde selva y ciudad se entrelazan y es posible avistar monos, serpientes o tucanes en zonas urbanas. El Ibama estima que unos 38 millones de animales son capturados en el gigante sudamericano cada año y que cuatro millones de ellos son vendidos. Este comercio mueve unos 2,500 millones de dólares por año.

El tráfico más lucrativo es el de pequeños pájaros canoros. Tener un ave enjaulada es una tradición en los barrios populares de Río, donde existen competiciones clandestinas de cantos de animales.

Para facilitar la venta, algunos traficantes no vacilan en cortarles una parte de las alas o en quebrarles algunos huesitos: el dolor los paraliza y les da una apariencia “más dulce”.

A mediados de mes, un cuerpo policial especializado en la protección del medio ambiente llevó al centro unos 300 pajarillos en ese estado. Roched Saba, fundador de la ONG Instituto Vida Libre, que coopera con el Ibama, muestra unas jaulas diminutas en el suelo.

“A veces hay tres en cada minicompartimento y muchos no sobreviven al traslado de la selva a la ciudad”, suspira.

Mapache ciego

“Vivimos en el país con mayor biodiversidad del planeta, pero la gente no conoce a los animales y quiere domesticar especies salvajes. Hay que cambiar las mentalidades, mejorando la información”, afirma Saba, de 31 años.

El joven viene regularmente a Seropédica para trabajar con Taciana y suele llegar con algún animalito hallado en Río. El día en que el equipo de la AFP realizó este reportaje, trajo un mapache encontrado en una favela, probablemente oriundo de la foresta. Lastimado, temeroso y casi ciego, ya no podría sobrevivir en su hábitat, subraya Roched. El pequeño mamífero pasará en cautiverio el resto de su vida, al igual que muchos otros animales, demasiado acostumbrados a la presencia humana: si se quedaran en libertad, buscarían aproximarse a otras personas y podrían ser capturados nuevamente con facilidad.

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