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Hanif Mohamadi vivía rodeado de animales en la granja familiar de Afganistán cuando los talibanes llegaron, mataron a sus padres y se vio obligado a huir.

Ahora, este adolescente de 17 años, solicitante de asilo, vive en Estocolmo haciendo lo que mejor se le da: criar cabras.

Como cualquier joven de su edad, con pantalones tejanos y calzado deportivo, echa un vistazo al teléfono mientras el rebaño pace en los prados verdes de Lidingo, una isla del archipiélago de Estocolmo.

“En Afganistán teníamos muchas cabras y ovejas. Por eso cuando llegué a Lidingo, quise aportar mi ayuda y aprender un poco de sueco”, comenta.

Su profesor de sueco, una lengua que ya domina, lo puso en contacto con Henrik Ponten, el presidente de la asociación “Get2Gether” (get significa cabra).

Queso e integración

La creó en 2016 para permitir la conservación de una raza de cabras en vías de extinción cuya leche todavía se usa para producir queso en una fábrica de Lidingo. 

Pero también para ayudar a los solicitantes de asilo en Suecia, país que en 2015 acogió al mayor número de refugia La situación en Venezuela se ha ido empeorando a una gran velocidad este año. Y eso que el año había empezado ya muy mal. dos por habitante en Europa. 

De esta forma “se pueden integrar en la sociedad y crear nuevos contactos en Suecia”, explica.

“Son muy competentes”, añade. “Y ayudan a que Suecia siga siendo bella”. La inmensa mayoría de los menores no acompañados que piden asilo en el país son afganos. 

Al final de un procedimiento que suele durar más de un año, la mayor parte de ellos recibe una respuesta positiva, según cifras de 2016 de la Agencia sueca de migración. 

Sobre unas 1,600 solicitudes de asilo de menores afganos presentadas desde finales de noviembre de 2016, alrededor de 500 fueron rechazadas.

“Pese a un deterioro progresivo” de la seguridad, todos los afganos “no recibirán protección sistemática en Suecia”, advirtió en julio la agencia de las migraciones, explicando que algunas provincias como Panshir, Bamiyan et Daykundi eran “menos peligrosas”.

‘Si vas te matarán’

Hanig es originario de la provincia de Helmand (sur), bajo control de los talibanes. Llegó a Suecia hace un año y siete meses.

El joven cuenta que a su padre lo mataron porque no quiso unirse a los talibanes. Su tío lo ayudó a huir.

Al borde de las lágrimas, añade: “El pasado verano recibí una llamada telefónica informándome de que (los talibanes) también mataron a mi tío”.

Él vive en Lidingo, un barrio adinerado, arbolado y residencial de Estocolmo, y en cuanto tiene un rato libre aprovecha para ocuparse —como voluntario— del rebaño de cabras.

Una actividad mucho más llevadera que en Afganistán, donde de niño debía recorrer muchos más kilómetros para llevar el ganado a pacer.

Mohamad Ali Mohamadi, de 15 años, también huyó de un reducto talibán en la provincia de Wardak para instalarse en Suecia. 

“Allá hay muchos combates, por eso huí”, explica el adolescente. “Si vas te matarán”, advierte.

Mohamad llegó al país escandinavo al mismo tiempo que Hanif, a quien no conoce. Sigue a la espera de su estatuto de refugiado para empezar una nueva vida, lejos de la guerra. La ganadería le permite promover sus competencias. “Sé ocuparme de las cabras (porque) solía estar rodeado de ellas”, dice, entrecortado por los balidos.

Como Suecia proporciona educación gratuita y ayudas, Hanif, que nunca fue a la escuela en Afganistán, quiere estudiar. Mohamad Alí ya lo hace con la esperanza de ser piloto.

Minicasas

Un día de invierno de 2015, un arquitecto vio una fila kilométrica delante de un centro social para solicitantes de asilo en Berlín. Fue el origen de un proyecto de “minicasas” para albergar a refugiados o pobres.

“Fui en busca de mi taladradora y recogí madera encontrada por casualidad en la calle que llevé al lugar donde esperaba la gente” y, junto con algunos refugiados, “empezamos a construir”, cuenta a la AFP Van Bo Le-Mentzel, un arquitecto berlinés de 40 años.

En poco tiempo, una casa piloto de dimensiones diminutas cobró forma. Sirvió para alojar a los niños cuando hacía mal tiempo y para matar el tiempo durante las esperas interminables frente a este centro desbordado en 2015, año en el que Alemania acogió a 890,000 refugiados.

Pedazos de madera

Esta vivienda improvisada fue el cimiento de un proyecto denominado “Tiny House University” (la universidad de la minicasa), que agrupa a arquitectos, diseñadores y migrantes, para experimentar nuevos modos de alojamiento para los refugiados, trabajadores pobres o la gente necesitada en general.

La tendencia surgió hace unos años, principalmente en Estados Unidos, como elección política para preservar el medioambiente o como necesidad financiera. Actualmente se extiende.

“Intentamos crear nuevos tipos de alojamiento” para aquellos que no tienen terreno ni dinero, refiere Le-Mentzel, creador en 2010 de una serie de muebles baratos fabricados con materiales reciclados.

El equipo de la Tiny House University, que cuenta con seis refugiados, trabaja actualmente con el museo Bauhaus de Berlín en la construcción de veinte “minicasas” de diez metros cuadrados cada una.

Algunas servirán de alojamiento, otras de librería, de cafetería o de taller y formarán una aldea temporal. El museo Bauhaus las expone progresivamente en un terreno hasta marzo de 2018.

Utopía 

Las viviendas se montarán sobre ruedas y permanecerán en un aparcamiento. “En Berlín hay 1.5 millones de coches aparcados por la noche sin ser usados” y cada uno de estos emplazamientos “mide unos 10 m2”, o sea la superficie de una minicasa, afirma Le-Mentzel.

“¿Qué pasaría si sustituyéramos estos 1.5 millones de coches por minicasas” en las que podrían vivir los refugiados?, se pregunta el arquitecto.

Como en muchas ciudades del mundo, Berlín sufrió en los últimos años un alza de los precios del sector inmobiliario que complica el acceso a la vivienda de la gente con pocos recursos.

Según Van Bo Le-Mentzel, su Tiny100 —nombre de la primera versión— constituye el principio de solución frente a esta crisis de la vivienda: se fabrica en parte con materiales reciclados y se alquilaría por 100 euros al mes.

Al arquitecto también le gustaría ver viviendas diminutas dentro de edificios más clásicos, como su Tiny100, para que todos, “ricos y pobres, estudiantes y empresarios” puedan vivir juntos.

Ali Fadi, un refugiado kurdo de Siria, no tiene en mente una minicasa, sino un trabajo. A falta de títulos que demuestren su formación, no lo ha conseguido todavía y espera que su participación en el proyecto le sirva de empujón.

En un almacén del sur de Berlín, otro miembro del equipo, Noam Goldstein, trabaja en su microvivienda: aparte del equipamiento normal de una casa, tendrá paneles solares, un inodoro seco (el que no usa agua) y un jardín fuera. Costará entre 12,000 y 15,000 euros y la mayor parte de los componentes serán reciclados, estima.

Amelie Salameh, una berlinesa de 23 años, está encantada con la experiencia: “la forma en la que fue concebida, los espejos, la luz abundante hicieron que nunca me sintiera encarcelada”, declara la joven que vivió tres semanas en una vivienda de 6 m2 con un salón, una alcoba, una cocina, una ducha y un retrete.

Incluso invitó a unos amigos a dormir en ella y a 13 personas a visitarla. “Basta con reflexionar sobre dónde se ponen las cosas y tener todo ordenado constantemente”. 

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