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Zahraa Abdi, que huyó de Somalia por la violencia, encontró refugio en Siria y decidió quedarse a pesar de la guerra que empezó en 2011, ya que en su país el conflicto parece aún más espantoso.

“En Siria, la muerte sigue reglas. En Somalia, golpea en cualquier lugar y en cualquier momento, es imposible escapar”, dice la mujer de unos cuarenta años, que ocupa junto a sus tres hijos una pequeña habitación en un barrio de Damasco.

Como Zahraa Abdi, más de 55,000 extranjeros que huyen de la violencia hallaron refugio en Siria. La mayoría se instaló antes de que comenzara el conflicto que desgarra este país de Medio Oriente.

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A pesar de la guerra que dejó más de 330,000 muertos desde 2011, y obligó a más de la mitad de la población siria a abandonar sus hogares, estos refugiados no piensan regresar a sus países.

“En Siria hay bombardeos pero también hay regiones donde se puede hallar refugios. En Somalia los hombres armados entran en las viviendas y matan a sus habitantes”, continúa Zahraa Abdi.

La mujer decidió dejar un suburbio de Mogadiscio en 2012 tras la muerte de su hija de diez años, violada y asesinada a cuchilladas. Optó por Siria, un país en guerra para el que no necesitaba visa.

“Quiero solo seguridad para mis hijos”, dice recordando que Somalia está sumida en el caos desde hace más de 25 años.

Vive con las ayudas de la oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur), y para mejorar su situación cocina para sus vecinos.

“La guerra nos persigue”

La gran mayoría de los refugiados instalados en Siria son iraquíes, unos 31,000. Solo tuvieron que cruzar la frontera. Les siguen los afganos (1,500) y los sudaneses, sursudaneses y somalíes (1,500 en total).

En una modesta iglesia repleta de gente de Jaramana, un suburbio de Damasco, Faten, de 45 años, salmodia cantos religiosos en árabe y en inglés, acompañado por decenas de refugiados que se reúnen aquí cada semana.

Junto a ellos, Alex Amazia, de 69 años, le acompaña con una guitarra. Ella llegó de Irak, él de Sudán del Sur. Se encontraron en Siria y se casaron.

“La maldición de la guerra nos persigue”, ironiza Faten, una cristiana caldea que huyó de Bagdad en 2007, en plena guerra religiosa.

Su hermana trabajaba entonces en las cocinas de las fuerzas estadounidenses desplegadas en Irak. Su familia comenzó a recibir amenazas, como pintadas acusándolos de traidores y disparos contra su vivienda.

“Cuando prendieron fuego a nuestra casa supimos que era el fin, que debíamos partir”, cuenta Faten, con pelo rizado recogido y maquillaje discreto. “Partimos, con mi hermano y mi hermana, sin llevar nada, caminando descalzos para no hacer ruido”, recuerda.

‘Harta’ 

Alex, su marido, instalado en Siria desde hace 18 años tras huir de la guerra civil en Sudán, está en una situación complicada. Con la secesión de Sudán del Sur en 2011 se quedó sin documentación válida, ya que Damasco no reconoce el nuevo Estado.

“A pesar de las difíciles condiciones de vida en Siria, la situación en Sudán del Sur es atroz e incomparable”, asegura Alex.

Pero el conflicto en Siria alcanzó a algunos de estos refugiados, que lo vivieron en carne propia.

Como Ruqaya Omar, una somalí de 60 años que cuenta que vive la guerra “como cualquier sirio”.

Instalada en un primer momento en Harna, en los alrededores de Damasco, decidió mudarse a la capital, donde casi no hay combates, cuando se intensificaron los enfrentamientos entre el régimen y los rebeldes.

“Estuvimos sitiados escuchábamos ruidos de combates, somalíes murieron”, recuerda. “Pero nunca sentí el mismo miedo que en Somalia. Allá cualquiera corre el riesgo de terminar degollado”.

De vez en cuando acaricia el rostro de Mohamed, 26 años, su único hijo sentado a su lado, que los hace vivir dando clases particulares de inglés a los niños del barrio.

Sin embargo llegó a su límite. “Estoy harta de la guerra. Los años que me quedan por vivir me gustaría pasarlos con mi hijo en cualquier lugar del mundo, pero en un país en donde no hay guerra”

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