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Hubo una época, los años setenta del pasado siglo, y un lugar, Nueva York, en que la ciudad se convirtió en un lienzo en blanco para una generación reprimida y descontenta con su entorno social. 

La manera de expresarse fue mediante firmas con espray por toda la urbe y cualquier lugar les valía, desde autobuses, fachadas, hasta las estaciones del metro de Manhattan. 

El pionero en hacerlo fue un joven griego llamado Demetrius, cuyo apodo era Taki 183 y, a aquellas manifestaciones rebeldes que eran únicamente firmas elaboradas, se les llamó grafitis.  Las pinturas pasaron a convertirse en murales con grandes dibujos y un marcado afán de denuncia urbana; y con el mismo carácter reivindicativo, surge el hip hop y, ambos,  emergen de manera destacada a nivel mundial en los años ochenta.

En cada mural que invade las calles del Bronx neoyorquino, hay un historia de dolor y sufrimiento; dibujos, en su mayoría, en honor a víctimas de la violencia de las bandas callejeras; una dura realidad plasmada en pinturas que dejan constancia de la decadencia y peligrosidad del distrito.  Manomatic es el español Adrián Pérez, diseñador gráfico y, como se define a sí mismo, escritor de grafitis. Sus imágenes de retratos hiperrealistas son su seña de identidad y lo hacen destacar entre los mejores artistas urbanos internacionales. 

Lo que al principio pensaba su familia que era una afición que le ocasionaría problemas, se acabó convirtiendo en un modo de trabajo con el que recorre medio mundo. 

Para él “el grafiti como tal, ilegal o alegal, nunca ha acabado de entenderse en la sociedad por su condición altruista, crítica o de llamada de atención. Si nos referimos al arte urbano,  grafiti y otras corrientes plástico-artísticas, se han aceptado por su  intencionalidad comercial y artística. Hoy en día el arte urbano no tiene fronteras, no hay ninguna ciudad que no desee tener buenas obras de arte en sus calles”.

Otro nombre de referencia es el de la formación Boa Mistura. Sus trabajos invaden su Madrid natal pero también ciudades desde Brasil, Noruega o Sudáfrica, hasta Panamá; destacando entre sus proyectos los versos que escribían en las aceras de la capital española.

Vivir del grafiti

Los hay que han hecho de esta afición un modo de vida mediante encargos; ese es el caso de los componentes de Graffiti Media, empresa responsable de encargos artísticos para multinacionales, televisiones e, incluso, la decoración de un avión Airbus A330 o el mural de una virgen en una parroquia.

Atrás dejan su pasado de grafiteros que firmaban por cuantos más sitios podían y, desde entonces, llevan más de seis años viviendo de trabajos para empresas o particulares. “Para las empresas es una manera creativa de diferenciarse y, para los particulares, un modo original de decoración”, aseguran.

Pero algunos no se conforman con pintar sin permiso fachadas, escaparates e, incluso, vehículos; y deciden hacer pintadas en zonas arqueológicas y monumentos históricos, algo que preocupa especialmente. 

Estos actos de delincuencia no son dibujos, sino firmas cualquiera poco elaboradas, realizadas por aficionados que poco tienen de artistas.  Así lo entiende “La Family”, una asociación de grafiti, dedicada a la difusión del arte urbano responsable desde el 2013. 

Sake, Mark, Beat y Nasty inculcan este arte a jóvenes y adultos, pero además realizan trabajos para ayuntamientos, particulares y marcas como Heineken o Jameson, entre otros. “Nunca me ha gustado el vandalismo, aunque el grafiti en sus inicios nació así, pero creo que eso ya quedó en el recuerdo y ha avanzado con todo tipo de estilos artísticos”, puntualiza Sake. Multas o la obligación de limpiar los grafitis, son algunas de las sanciones que imponen diferentes localidades. 

Otras medidas son proporcionar diferentes superficies municipales, aunque los conocedores del tema no lo consideran la mejor solución. 

Según Manomatic “no sirve de mucho o nada, aunque siempre vienen bien más muros. Estos problemas son solo una respuesta a una sociedad desigual  e insolidaria”. 

Una opinión también compartida por Graffiti Media, la cual asegura que  “el grafiti ilegal siempre va a existir porque hay gente a la que le gusta más eso que los murales y lo preferirán”. 

Sake, de La Family, reclama también “que los municipios nos apoyen realizando eventos, pagando bien a los artistas porque muchas veces vamos gratis solo por poder pintar”.

Habilidades en el uso del spray y no olvidarse de la rúbrica, son las claves para destacar en este arte urbano; y es que el grafiti bien entendido, no es cosa de vandalismo ni de adolescentes. Para Graffiti Media, “el grafiti más purista, es poner tu tags (alias), cuanto más veces mejor; sin preocuparte si a los demás les va a gustar. Es solo ego. Es diferente a los murales. Los verdaderos grafitis son las firmas”.  Aún así, aseguran que un grafiti, por muy ilegal que sea, debe respetar una serie de leyes “no hay que pintar en la firma de otro, ni en sitios que merezcan ser respetados. Por suerte la gente diferencia esas pintadas de lo que son grafitis”.

Mientras, lugares como Holanda, Bélgica, Brasil o Alemania, apuestan por esta estética urbana organizando festivales y eventos grafiteros; otros emprenden campañas antigrafitis como sucede en Toronto (Canadá), aunque son los menos. 

“Parece que hay una nueva onda donde se entiende el grafiti como arte; este es el inicio para que se reconozca  más”, asegura Sake.

Arte con denuncia social

Los murales pueden protestar contra los políticos corruptos, como las obras de Nairobi; o contra la represión de las mujeres afganas de la mano de Shamisa Hassani. 

“Cada artista en cada obra tiene un objetivo. En mi caso suelo trabajar temáticas sociales aunque no siempre es así”,  recalca Manomatic, quien ha realizado murales subastados para recaudar fondos benéficos para protectoras de animales; o su último proyecto en el Festival Hiphoppers por la Paz II , organizado por la Fundación Artística y Social Familia Ayara, la Embajada española y el Gobierno de Colombia.

Conocidas también son las obras de algunas mujeres grafiteras como la ecuatoriana, afincada en Nueva York, Lady Pink, cuyos trabajos tienen una gran carga feminista; Miss Van con sus mujeres barrocas o la estadounidense Maya Hayuk y sus creaciones sicodélicas.

Manomatic destaca que “el hecho de que sea menor el número de grafiteras hace referencia a una sociedad machista y patriarcal que les hace más difícil prosperar”.

Hay obras de grafiti como la “Madonna con niño”, creada por el francés Blek le Rat,  que ha sido reconocida como patrimonio cultural. Sucedía en Leipzig (Alemania) donde después de restaurarse, un cristal le protege ahora de cualquier estropicio.  Otros trabajos como los de Bansky, haciendo uso de la técnica de estarcidos con plantilla, se exponen en diferentes galerías siendo muy cotizados. 

“Tanto los artistas de escuela que ahora apuestan por desarrollarse en la calle como los grafiteros que evolucionan y tienen una calidad artística indudable, ponen el arte urbano a nivel de cualquier obra”, concluye Manomatic.

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