•   España  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Cuando nació el 6 de julio de 1935, Gyatso se llamaba Lhamo Dondhup. Su familia vivía en Amdo, en el Tíbet oriental, donde sus padres plantaban patatas, cebada y trigo sarraceno en una pequeña parcela arrendada, a menudo castigada por la sequía o las granizadas.

Es por ello que también tenían alguno que otro pollo y varias decenas de ovejas y cabras, según cuenta él mismo en su autobiografía “Libertad en el exilio”.

Pero su vida dio un giro de 180 grados cuando apenas levantaba unos palmos del suelo, al ser reconocido como la reencarnación del fallecido Thubten Gyatso, el decimotercer dalái lama.

Su nombre pasó entonces a ser Tenzin Gyatso y cambió los pollos y el campo por el estudio de meditación, religión y filosofía.

En 1950, siendo apenas un mozuelo y dos meses después de la entrada en Lhasa de las tropas chinas, asumió el poder político y espiritual del Tíbet.

“Allá a donde iba estaba acompañado de un séquito de sirvientes. Estaba rodeado de ministros del Gobierno y asesores envueltos en suntuosas túnicas de seda, hombres extraídos de las más eminentes y aristocráticas familias”, cuenta en su autobiografía.

En el libro, Gyatso describe su vida de dalái lama en el Tíbet como un sueño que le llevó a vivir en un palacio de mil habitaciones y a desfilar en un palanquín amarillo rodeado por centenares de monjes, caballos y policías.

“Siempre, toda la población de Lhasa, la capital, venía para tratar de verme cada vez que salía”, escribió el líder espiritual sobre una etapa de su vida que duraría apenas una década.

Del poder al exilio

Tras una fallida revuelta popular en Lhasa contra el dominio chino, en 1959 el dalái lama tuvo que cruzar el Himalaya a pie para exiliarse en el norte de la India.

Junto a él, se exiliaron otros miles de tibetanos y, al igual que ellos, el dalái lama se identifica desde entonces con un documento amarillo de refugiado.

La localidad en la que se estableció, Dharamsala, es hoy la sede del Gobierno tibetano en el exilio y por sus estrechas callejuelas se ven a menudo monjes con túnicas carmesí que descienden de los varios monasterios y se entremezclan con el olor a pan tibetano recién horneado.

Hace cuatro décadas, Gyatso comenzó a ganarse el reconocimiento del resto del mundo y en 1989 fue galardonado con el premio Nobel de la Paz.

En sus viajes, hoy es recibido por presidentes, primeros ministros y todo tipo de celebridades, pese a las amenazas de China a los países que deciden citarse con este “lobo con túnica de monje” –como lo definen-.

El panchen lama perdido

La búsqueda de un nuevo dalái lama es un trabajo arduo. Los llamados altos lamas, importantes figuras del budismo, meditan en el lago sagrado Lhamo La-Tso a la espera de que les aparezca alguna pista para encontrar a la reencarnación del líder espiritual. 

Una vez encontrado un posible candidato, se le pondrá una serie de pruebas, siendo la más famosa aquella en la que se ofrece al niño una serie de objetos entre los que debe elegir aquellos que pertenecieron a su predecesor. El tedioso proceso puede tomar años.

Y una figura clave en el mismo es el denominado panchen lama, la segunda figura religiosa más importante del budismo tibetano.

El problema es que el actual panchen lleva más de dos décadas desaparecido, lo que supone una gran traba para encontrar al sucesor de Gyatso, en caso de que decida reencarnarse de nuevo al morir.

En 1995, el dalái declaró unilateralmente a Gedhun Choekyi Nyima, nacido el 25 de abril de 1989, como undécimo panchen lama, pero el niño desapareció poco después, cuando tenía tan solo seis años. Desde entonces permanece en paradero desconocido.

El mismo año de la desaparición, el Gobierno chino nombró a su propio número dos del budismo tibetano, Gyaltsen Norbu.

El elegido chino ha sido criado y educado como tal por Pekín, pero los tibetanos no aceptan su autoridad y muchos le consideran un fraude.

Organizaciones de derechos humanos han reclamado una y otra el regreso de Nyima, presuntamente puesto bajo custodia por el Ejecutivo de Pekín, y diversas manifestaciones se producen cada año con el mismo fin.

Pekín rompió su silencio sobre el panchen perdido hace dos años. “Lleva una vida normal y no quiere ser molestado”, señaló en 2015 el funcionario gubernamental chino Norbu Dunzhub.

“La identificación del panchen lama elegido por el dalái lama hace veinte años es ilegal e inválida”, mantuvo entonces, en unas declaraciones sin precedentes, durante las que no ofreció, sin embargo, detalles sobre el paradero del joven.

La disputa entre Pekín y el dalái lama por la autoridad sobre la reencarnación de estas figuras abre la puerta a que haya dos próximos líderes supremos del budismo tibetano, uno nombrado por el Gobierno chino y otro por los exiliados.

Separación de poderes

Ante la incertidumbre sobre la viabilidad de una nueva vida en la Tierra, el 14 de marzo de 2011 el dalái lama hizo un anuncio que cambiaría el futuro del Gobierno tibetano en el exilio.

“Ningún sistema de Gobierno puede asegurar estabilidad y progreso si depende de una persona, sin apoyo y participación del pueblo en el proceso político. El gobierno de una sola persona es anacrónico e indeseable”, afirmó en un mensaje enviado al Parlamento.

Así anunciaba su decisión de abandonar su rol político y traspasar sus poderes a un líder elegido democráticamente.  Poco después, un profesor de Harvard se proclamaba primer ministro del Gobierno en el exilio o ‘kalon tripa’.

Lobsang Sangay, licenciado en Derecho, se convirtió en el tercero en poseer este cargo, pero el primero en contar con una carga de aquellas dimensiones.

Grandes dimensiones por tomar el relevo del dalái en política, ya que por el resto, lo cierto es que ningún país reconoce al Ejecutivo en el exilio.

Al igual que el dalái lama, Sangay no demanda un Tíbet independiente: se conforma con que las autoridades chinas acepten la libertad religiosa y el respeto a los derechos humanos en este histórico desierto junto a los Himalayas. El pasado año, Sangay volvió a salir elegido en unos nuevos comicios.

La vida sin el Dalái

“Perder al dalái lama será un golpe para los tibetanos. Estamos luchando por nuestra supervivencia y, sin el dalái lama, será más difícil, pero la lucha continuará”, dijo a Efe el representante del líder budista en Nueva Delhi, Tempa Tserin.

“Tíbet tiene una historia de 2,000 años y el dalái lama solo ha gobernado durante 400”, mantuvo, optimista.

Sin embargo, para el activista tibetano Tenzin Tsundue, el futuro del Tíbet dependerá de “China, las otras potencias internacionales y de los seis millones de tibetanos, si el dalái lama y su liderazgo en la lucha por la autonomía del Tíbet desaparecen”.

Otros, como la profesora de la Universidad de Delhi, Avanti Bhattacharya, creen que la figura del primer ministro en el exilio, aún con sus actuales poderes, lo tendrá difícil  cuando ni el Gobierno de Pekín reconoce su autoridad.

“El dalái lama trató de dar continuidad al poder político con un primer ministro no religioso, pero tras su muerte será muy complicado para el político”, sentenció la experta, en declaraciones a Efe. Además, le preocupa que tras la muerte del dalái se radicalice la situación y la violencia, hasta ahora esporádica, se convierta en la salida elegida por el Tíbet.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus