7 de abril de 2009 | 07:00:00


El otro lado de un apagafuego capitalino en jornada de Semana Santa
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Bombero de oficio, y de vocación su servicio


* Cuando el día viene calmo, temen lo peor, pero siempre están dispuestos a sacrificarse sin vacaciones
* Atenciones diversas en horarios complicados para un personal que se juega la vida entre heridos, fuego y familia
* Ambulancia, cuadrillas, patrulla, 12 soldados y diez bomberos, listos en despegue y aterrizaje de helicóptero de Ortega

Anita Cassese | Especiales

Bombero de oficio, y de vocación su servicio
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OSCAR SANCHEZ / END No se ha tomado las pastillas, ahora los bomberos tienen que socorrerlo: Con el paciente en la camilla, el bombero José Manuel Obregón, y un compañero, hacen el traslado al hospital.


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A José Manuel Obregón, un día demasiado tranquilo le causa temor. Y si se trata de un viernes como el pasado 27 de marzo, es peor, porque siempre tiene la sospecha de que “algo grave va a ocurrir”.

Obregón es coordinador del Departamento de Rescate de la Dirección General de Bomberos (DGB), y como todos los fines de semana, llega a la estación central a las ocho y media de la mañana. Revisa el equipo de trabajo, prepara su cama de descanso --por si tiene suerte, y puede reposar un poco entre emergencia y emergencia--, y aprovecha esas primeras horas para ver con qué ánimo vienen los compañeros.

Ubicada una cuadra al norte del Hospital Bautista, en Managua, esa estación es la mayor de las ocho que hay en la capital. Cuenta con tres ambulancias, cuatro camiones contra incendios, dos pipas, dos equipos de rescate y un carro escalera. En la zona que cubre, se encuentran muchos de los edificios estatales y entidades del gobierno.

Emergencias de colores

Una alarma sorprende a todos, a las 4:46 de la tarde. De forma automática, los bomberos lanzan una mirada a los bombillos instalados en el techo. Cada luz señala el tipo de unidad que tiene que salir a brindar asistencia. El rojo es para indicar incendio, el amarillo es un rescate y verde señala la salida de una ambulancia.

Esta vez, la señal es verde. Obregón corre hacia la ambulancia, se coloca a la par del volante, enciende la sirena, y escucha por el radio transmisor la causa y el lugar de la emergencia: crisis convulsiva, en el área de descarga del mercado “Roberto Huembes”.

Seis minutos más tarde, con el botiquín en una mano, se abre paso entre los puestos de mercado hasta llegar a un anciano encogido.

“¿Cuál es su nombre? ¿Qué edad tiene?”, pregunta Obregón. Respirando con dificultad, el señor responde, mientras alguien dice “estaba ahí sentado. De pronto se le bajó la presión”. Otro testigo agrega: “Padece de Parkinson y no se ha tomado las pastillas”.

Con el paciente en la camilla, Obregón y un compañero, salen del mercado bajo la mirada de los curiosos. Huele a frutas y queso. Niños corren detrás de los bomberos, imitando con sus voces el ruido de la sirena. Al escucharlo, a Obregón le escapa una sonrisa.

“Tranquilo, respirá tranquilo”

Camino hacia el hospital “Manolo Morales”, Obregón le coloca el saturador al paciente para medir la presión sanguínea. “Apúrate loco”, le dice el viejo. El bombero lo calma: “Tranquilo, respirá tranquilo”. Al regresar a la estación a las cinco y media de la tarde, murmura: “a esa edad, ya estos señores deberían de andar con los familiares en la calle”.

José Manuel lleva la mitad de su vida en este oficio. Tenía 17 años cuando pasó frente a una estación de bomberos, justo en el momento en que una cuadrilla salía despavorida para atender una emergencia. Eso lo motivó a preguntar qué tenía que hacer para ingresar a la academia.

Para su familia fue un impacto muy fuerte. Su mamá y su hermana se preocuparon muchísimo. Al hermano, todavía hoy lo llaman cariñosamente “un loco” por su elección de trabajo.

El Mitch como recuerdo

Pero es que, a José Manuel, siempre le ha gustado ayudar a las personas. Aún se acuerda de su primer rescate, en 1993. “Tenía muchos nervios. Un motociclista se había caído en la Cuesta El Plomo, a las ocho de la noche. Me dijeron ‘hay que bajar y buscarlo’. Yo tenía el conocimiento teórico, pero a la hora de bajar ahí, temblaba, entonces un compañero bajó conmigo”.

Desde entonces ha visto de todo. Todavía recuerda una de sus experiencias más conmovedora, en 1998, cuando formaba parte de la primera brigada nicaragüense para apoyar a Honduras, en el trabajo de rescate después del huracán Mitch.

“Me impactó ver la necesidad de la población. Sentir que no podés hacer nada. Tal vez mirabas al otro lado de un río, de unos cien metros de ancho, a una familia sobre un árbol y por la fuerza de la corriente, sabés que no podés cruzar a sacarla”, relata.

Obregón vive en la capital con su esposa, Rosa Alonso, y sus tres hijos de 12, 7 y 2 años. Conoció a su mujer ya siendo bombero, y el hecho de que ella era socorrista en la Cruz Roja Nicaragüense, ayudaba a que entendiera lo que significaba trabajar en una institución de servicio.

Sin embargo, no es un secreto que muchos compañeros hayan tenido problemas con la familia por los horarios extensos. Les toca cubrir turnos durante fines de semana, de hasta 72 horas, dos veces al mes. Durante la semana regular, cumplen turnos de 48 horas continuas, que se alternan con dos días de descanso. Cuando el bombero llega a casa, tal vez anhela dormir, mientras la familia quiere platicar o salir a pasear.

Los bomberos prevén y controlan incendios, pero también se mantienen en la primera línea de rescate cuando ocurren terremotos, inundaciones o huracanes. Socorren si alguien sufre una caída, padece de presión alta o necesita un defilibrador para atender ataques cardíacos. Auxilian cuando hay amenazas por cortocircuito, derrames de combustible, enjambres de abeja, o bien, rescatan caballos caídos en cauces, motociclistas accidentados, y hasta brindan seguridad a presidentes en aeronaves.

Todo… menos incendios

El mes pasado, los bomberos de la sede central salieron 199 veces de emergencia y 61 fueron por traslado de pacientes a un hospital, 22 por rescate y 15 por atención pre-hospitalaria. Sin embargo, apenas hubo 9 salidas por incendio, y 7 para sofocar fuegos de monte.

Es un sábado cualquiera y son las 8:36 de la noche. Un equipo de emergencia compuesto por una ambulancia, una patrulla de Policía y un vehículo de seguridad personal, además de una docena de soldados del Ejército de Nicaragua y diez bomberos, esperan la llegada en helicóptero del presidente Daniel Ortega, a su residencia ubicada en la zona del Parque El Carmen, en Managua.

A los bomberos les corresponde asistir durante el despegue y aterrizaje de la aeronave, previendo cualquier accidente. “Por un cambio de viento puede ser que la aeronave se caiga de manera lateral y se estrelle”, explica Obregón, quien aguarda desde las dos de la tarde en el interior de la ambulancia. Este vehículo de socorro, permanece en el lugar durante el tiempo que la familia presidencial se encuentra de viaje.

A pesar de que esta cobertura forma parte de las tareas de la dirección de bomberos, a algunos de éstos, le causa cierta ansiedad el tener que estar esperando horas y horas sin poder estar a disposición de la población. “Nuestra misión es salvar vidas, no andar cubriendo actos presidenciales”, manifiesta uno de los bomberos aburridos de esperar.

“Es el hospital de la Policía, quien debería de acondicionar una ambulancia, para no desligar a una de nuestras ambulancias”, añade un compañero, mientras activa la luz de aviso del camión de bombero. La aeronave se acerca, aterriza, la compuerta se abre, sale Daniel Ortega y, en la oscuridad, camina hacia la casa presidencial. Mientras esto ocurre, la otra ambulancia salió para trasladar a una muchacha diabética a un hospital.

En el trayecto de regreso a la estación, los bomberos atienden a una señora, herida en la cabeza por un pleito con su compañero de vida. La llevan de emergencia al Hospital Salud Integral. Momentos después, otro llamado de auxilio. Un motociclista accidentado y herido en la cabeza lo trasladan al Hospital “Lenín Fonseca”. A las 10:40 de la noche, atienden a otro motociclista accidentado y lo trasladan al Hospital Bautista.

“Esos cabrones, cómo se juegan la vida con estas motos. Muchos de los heridos andan todavía el brazalete de la discoteca en la muñeca”, comenta José Manuel, quien está recostado en la pared, en la entrada de la estación, con la camisa del uniforme azul oscuro, ahora por fuera. Enciende un cigarrillo. “En casa no fumo”, dice.

Reglas para atender

Cada una de las ocho estaciones de bomberos en Managua, cuenta con al menos una ambulancia. La Cruz Roja, en cambio, tiene dos filiales en toda la ciudad. Para evitar malentendidos y ahorrar recursos, dos reglas simples se impusieron: Quien llega primero avisa el otro para que ya no socorra. Si se presentan los dos, en un accidente múltiple, el primero en el lugar tiene el mando.

A las 11:14 de la noche, llamada de emergencia: un herido por botellazo en Repuestos Bóer, en el barrio Campo Bruce. “Empieza la noche”, dice Obregón, al subir al vehículo. Minutos después, encuentra al hombre sentado en el piso, con la cabeza, el pecho, el abdomen y los brazos completamente bañados en sangre: “Ese sí está grave”, dice.

“Me estoy muriendo”, dice el accidentado, y Obregón otra vez dice “tranquilo” y empieza a examinar la cabeza del herido sacando vidrios del cráneo. En el camino hacia el Hospital “Roberto Calderón”, el bombero no percibe el aroma enrarecido por la sangre, ni se quita las gotas de sudor en la frente. Se concentra únicamente en sostenerle las manos al herido y el vendaje en la cabeza.

Hasta la una y media de la mañana, José Manuel Obregón y su compañero siguen esperando frente al hospital. Tendrán que aguardar a que los médicos suturen los cortes en el cráneo del paciente con 63 puntadas, y entonces, desocupen la camilla de la ambulancia. Es que en la sala de emergencia no hay suficientes camas.

Al volver

De regreso, ya en la estación, Obregón pasa otra hora y media limpiando el vehículo y la camilla de la ambulancia. Cuando decide descansar un poco, es casi al filo de las tres de la madrugada.

El amanecer del domingo se asoma sin mayores incidentes. Es el último día de la semana, cuando se supone que todos deberían de descansar. Pero José Manuel no puede decir lo mismo. Aún tiene que estar atento a las emergencias, porque su turno no ha finalizado, sino hasta el lunes a las nueve de la mañana.

Recién despierto y con las señas de cansancio en su rostro, recibe a su esposa que muy temprano llega a dejarle un caliente nacatamal para desayunar. En la breve plática, el bombero aprovecha para preguntar por los niños. Finalmente, acompaña a su señora a tomar un taxi, y, al entrar de nuevo en la estación, se sienta en el comedor. Mira el nacatamal y comienza a comer. Quizás sea un breve descanso de los pocos que podrá tener en esta Semana Santa, cuando el licor y la parranda reinen en las calles y de nuevo tenga que acudir al llamado de la población.

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