30 de enero de 2010


Fernando Silva, el hijo del “Comandante”
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“Río San Juan llenó mi alma de paisajes”

Por Edgard Barberena | Especiales

“Río San Juan llenó mi alma  de paisajes”
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Hijo de un liberal zelayista, quedó sin su madre cuando tenía seis años, conoció a profundidad el Río San Juan y llegó a ser el pediatra que abrió las puertas de lo que hoy es el programa de atención a los niños con cáncer en el Hospital La Mascota.

Poeta, novelista, lingüista, indigenista, médico además, tenemos ante nosotros al maestro Fernando Silva, uno de los mejores conocedores del habla nicaragüense, de sus giros, de sus tonalidades, capaz de darnos una cátedra del cantadito náhuatl y mangue, según los territorios donde hayan permanecido esas poblaciones, cuyos ritmos aún hoy, en el Siglo XXI, envuelven el español con que nos entendemos.

Tal es Silva, él mismo un gran contador de cuentos, frescos, murales verbales, donde la oralidad se mezcla con la mejor literatura, plasmando intensas imágenes de nuestro pueblo. Conozcamos algo de él, un poco de este granadino que vino al mundo el 27 de febrero de 1927 en el barrio Guadalupe. Su madre fue Concepción Espinoza y su padre Francisco Silva Guerrero.

Su progenitora fue una estudiosa y amiga de la clase intelectual de Granada. Por las tardes, en el barrio donde vivía doña Concepción, los vecinos se reunían para que ella les leyera novelas de todo el movimiento francés.

El padre del doctor Silva fue nombrado por el partido Liberal de Zelaya, director de Correos de Granada y ahí conoció a la progenitora de nuestro personaje cuando montaba su caballo de nombre “El Plumaje”.

Cuando nace Fernando, su padre estaba en una escaramuza y éste al darse cuenta llegó a escondidas a la casa a conocer al niño diciendo: ¡Qué bonito el muchachito!
Y mientras siguieron los vaivenes políticos, entre ellas la guerra constitucional, y precisamente en el desarrollo de la misma “mi padre conoce a Augusto C. Sandino”. Como su papá fue también ganadero, hubo ocasiones que entregó carne para alimentar a la gente del General de Hombres Libres. Su padre le contaba a Fernando las veces que se vio con el patriota.

Los pájaros “sisitotes”

Recuerda que en el patio de su casa había un lugar donde se mantenían dos pájaros de color amarillo con negro, de nombre “Sisitotes”, a los que en la mañana les abrían la puerta y ellos comenzaban a volar alrededor de su madre. Ella se ponía en los labios poquitos de comida y los pajaritos ahí comían.

Una cosa curiosa, la noche que ella (su progenitora) murió también se murieron los “sisitotes”.

Al narrar la desventura de quedar sin su madre a una edad tan temprana, expresa que esto hace que una persona ame con más avidez. “A mí me dio una apertura al mundo consciente e inconsciente, de mi gran cariño por las cosas más pequeñas, insignificantes, como un gusano o un bejuco; yo amo esas cosas”, dice Fernando.

La gran dicha de su vida

Un día, todavía pequeño, su padre tomó la lancha y se lo llevó al Río San Juan por lo que califica a su padre como un “gran Cifar del Lago de Nicaragua, porque gracias a él conoció todas las variedades de peces, el lenguaje y el amor de los marineros”.

Los amigos de su padre le consiguieron el puesto de gobernador del Departamento de Río San Juan, aunque le decían “Comandante”. Recuerda un gran rótulo que había en la casa de su padre: “Comandancia de Armas, administración de Aduanas y Anexos”, y abajo, el nombre de quien había hecho el cartel, “Firpo”.

Cargos públicos no se ejercían partidariamente

Dijo que su padre ejercía sus responsabilidades con mucho amor y “hay que ver una cosa muy curiosa, cómo era la autoridad en esos tiempos, porque habiendo liberales y conservadores, hombré, la autoridad estaba más cerca del hombre que del político, estaba más cerca de lo humano que de lo artificial, en vez de colocarse en una situación partidaria”.

“Irme al Río San Juan con mi padre fue una maravilla porque ese río representa para mí uno de los misterios más grandes de mi propia reflexión, en mi condición de que llego sin madre con una gran necesidad de amor y sólo con mi padre, con una razón muy fresca. Él me contaba que lo primero que pensó al morir mi madre, era no coartarme mi libertad, sino dejarme cierta libertad a alguna distancia y donde él no me impusiera nada”, dijo.

La belleza de la naturaleza del Río San Juan “sustituyó la falta de amor de mi madre, a mí se me llenó el alma de paisajes y eso lo he seguido, fuera de cualquier término creacionista; para mí la belleza me produce una sensación como orgánica, porque indudablemente yo vengo de esa profunda raíz: el paisaje te llena la falta del amor de la madre”.

“La naturaleza del Río San Juan es mi madre”, dice Silva, quien precisó que “cuando no puedo dormir un rato pienso en el río, lo que me da una quietud inmensa, como que si me llegara un aliento de dicha de un recuerdo verdaderamente dulce y encantador”.

Regresa a Granada

Poco tiempo después regresó a Granada para estudiar en el Instituto Nacional de Oriente. Después entró a la Universidad de Oriente a estudiar medicina. “Fue muy bello mi periodo de estudios universitarios, hasta que Somoza clausuró la universidad”, recordó.

Un tiempo se quedó en Granada porque no tenía dinero para costearse los estudios y estadía en la Universidad de León. Para esa ocasión ocurría una cosa muy curiosa que él califica de “dunderas” entre León y Granada, pleitos que se remontan a los partidos políticos de timbucos y calandracas. “Con unos familiares conseguí hospedarme en una casa de familia leonesa y fue en una funeraria”.

Se gradúa de médico en León y se viene para Managua. Era muy amigo de Charles Pierson, quien era de la embajada francesa. También desarrolló una buena amistad con el embajador francés Raymond Ponds, con quien consiguió una beca para ir a estudiar Pediatría a París. Se fue a Francia en 1956 y regresó en 1959.

París y “El perro que fuma”

Al principio le fue duro porque tuvo que aprender el francés. Dejó a su esposa embarazada de su hijo menor Fernando, “pero tuve una gran recepción y un gran cariño en Francia, pero también no voy a negar que hice vida bohemia en la capital francesa, porque había un grupo de muchachos que salíamos las noches de los viernes o los sábados para irnos a un lugar que se llamaba `El perro que fuma´”.

En París tenía un amigo actor de teatro. “Me di cuenta de una cosa curiosa, de que los ensayos eran violentos, tremendos, duros y exigentes. Hacen llorar al actor porque le exigen una pureza total y por eso me di cuenta de la grandeza del arte dramático”. Otra cosa curiosa es que en París conoció a Salomón de la Selva, “quien fue como mi tío ya que él me tuvo un gran cariño y así le conocí todos sus secretos. Era un hombre duro y suave a la vez, duro en el sentido de que era estricto en su pensamiento y blando en cuanto a su carácter: era muy amoroso”.

El Papa Juan XXIII

Nos cuenta que Salomón de la Selva se había hecho amigo en México del Papa Juan XXIII y desde París llamó telefónicamente al jefe de la iglesia católica en esa época. Dijo Silva que la jerarquía del Vaticano le prohibió al antiguo Cardenal Angelo Giuseppe Roncalli que comiera con Salomón de la Selva, pero “Juan XXIII ordenó que tenía que comer con él y así fue”.

En una ocasión, Salomón de la Selva se puso de acuerdo con el gran reformador de la Iglesia, quien lo iba a llamar en París y “ahí estaba yo. Me levanté al escuchar el timbre del teléfono para responder, pero el aparato lo tomó Salomón y así perdí la oportunidad de mi vida de haber hablado por teléfono con el Papa”.

En 1961, Fernando regresa a Managua y comenzó a ejercer su profesión. En Granada “un señor de apellido Carazo me había dejado un dinero y con eso construí una sala de pediatría”.

Cuando llegó la revolución del 79
Con el triunfo de la revolución sandinista, Fernando Silva admite: “Yo tuve una entrega total. Yo no tuve que ver nada con el derrocamiento de Somoza, porque yo tenía mi profesión y esto no le da chance a uno para andar en enredos, pero recibí muchos respetos y consideraciones”.

“Fui uno de los primeros especialistas en niños que vino (preparado en París) a Nicaragua y me entregué a la revolución, no como dicen en cuerpo y alma, sino en alma y en cuerpo para servir”, dijo.

Cuando anduve “de aquí para acá (durante el gobierno de los ochenta) me di cuenta de una cuestión profunda que provenía de la revolución: la fraternidad. Yo nunca había olido la fraternidad y nunca la había tenido en mis manos como si fuera una rosa: la fraternidad es la base de la libertad y la justicia”.

Trabajó en Ciudad Sandino, donde puso en función otros conocimientos que adquirió en una segunda visita que hizo a París, donde estudió Pediatría Social.

A Ciudad Sandino lo acompañaron a vacunar niños los escritores Eduardo Galeano, Juan Gelman y Gabriel García Márquez.

Posteriormente, lo colocaron como director del Hospital Infantil “La Mascota”, donde se encontró que los niños con leucemia se morían. En una viaje que hizo a Italia se encontró con un amigo de apellido Antonione, suegro del director de un hospital de Milán de apellido Masera. “Con él comenzamos a organizar el servicio contra el cáncer y leucemia en los niños”.

Su amigo italiano le dio 10 mil dólares y así constituyó una ONG “La liga nacional contra la Leucemia y el cáncer en los niños”, proyecto que después lo apoyaron otros galenos, así como un diputado socialista de Austria. “El legislador se sacó de su bolsa un cheque de 10 mil dólares. Así llegaron a Nicaragua especialistas italianos que apoyaron la construcción del departamento de Oncología y Leucemia del hospital infantil”.

Cuando propuso al Minsa el proyecto para construir la unidad en La Mascota, el funcionario que lo atendió le preguntó que si estaba loco para proponer eso, “pero salí riéndome y me pregunté: ¿Qué diferencia hay cuando un niño se está muriendo con diarrea y un niño que también se está muriendo con leucemia?”.

Fue diputado de la AN

Silva también llegó a ser diputado de la Asamblea Nacional en las elecciones generales de 1990, donde aprendió a conocer cómo se maneja el hombre dentro de una disciplina partidaria, aunque quedó inquieto. Después resultó electo como magistrado del Consejo Supremo Electoral, tema del que no quiso opinar, “porque ahí estuve hasta que aguanté”.
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